Martirio de Policarpo

Por Arcadio Sierra Díaz - 23 de Abril, 2007, 16:13, Categoría: General

PRIMER EXCURSUS DEL CAPÍTULO II

MARTIRIO DE POLICARPO

OBISPO DE ESMIRNA

(Carta incluida en las obras de Ireneo, discípulo de Policarpo)

La iglesia de Dios que habita como forastera en Esmirna, a la iglesia de Dios que vive forastera en Filomelio, y a todas las comunidades, peregrinas en todo lugar, de la santa y universal Iglesia:

Que en vosotros se multiplique la misericordia, la paz y el amor de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo.

I. Os escribimos, hermanos, la presente carta sobre los sucesos de los mártires, y señaladamente sobre el bienaventurado Policarpo, quien, bien así como quien pone el sello, hizo cesar con su martirio la persecución. Y es así que todos los acontecimientos que le precedieron podemos decir no tuvieron otro fin que mostrarnos nuevamente el Señor Su propio martirio, tal como nos lo relata el Evangelio. 2. Policarpo, en efecto, esperó a ser entregado, como lo hizo también el Señor, a fin de que también nosotros le imitemos, no mirando sólo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos. Porque obra es de verdadero y sólido amor no buscar sólo la propia salvación, sino también la de todos los hermanos.

II. Ahora bien, bienaventurados son sólo aquellos martirios que se han cumplido conforme a la voluntad de Dios; porque es necesario que, guardando la debida cautela, atribuyamos a Dios la fuerza contra todos los tormentos.

2. Y, en efecto, ¿quién no admirará la nobleza de nuestros mártires, su paciencia y el amor a su Dueño? Ellos sufrieron, lacerados por los azotes, hasta llegar a distinguirse la disposición de la carne dentro de las venas y de las arterias, de suerte que los mismos espectadores se movían a lástima y rompían en lamentos; los mártires, en cambio, se levantaron a tal punto de nobleza, que ninguno de ellos exhaló un ¡ay! Ni un gemido, con lo que a todos nosotros nos demostraban que, en aquel momento de tortura, los nobilísimos mártires de Cristo habían emigrado fuera de su carne o, más bien, que el Señor mismo, puesto a su lado, conversaba amigablemente con ellos. 3. Y sostenidos por la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos terrenos, pues por el sufrimiento de una sola hora se preparaban al gozo de la vida eterna. El mismo fuego de los inhumanos atormentadores les resultaba refrigerante, pues tenían ante los ojos las claras y eternas mansiones que jamás perecen, y con los ojos del corazón contemplaban ya los bienes reservados a los que valerosamente resisten; bienes que ni oído oyó ni ojo vio ni corazón de hombre alcanzó, mas a ellos se los mostraba el Señor como a quienes no eran ya hombres, sino ángeles.

4. Igualmente, también los que fueron condenados a las fieras sufrieron tormentos espantosos, tendidos que fueron sobre conchas marinas y sometidos a otras formas de variadas torturas. Pretendía el enemigo, a ser posible, obligarlos a renegar de la fe a fuerza de continuo tormento.

III. Muchos fueron, en efecto, los artificios que el diablo puso en juego contra ellos; mas ¡gloria a Dios! Contra ninguno prevaleció. Porque fue así que el nobilísimo Germánico sobreesforzó con su constancia la cobardía de los demás. Él fue quien más ilustre combate sostuvo con las fieras. Porque, tratando el procónsul de persuadirle y diciéndole que tuviera lástima de su edad, él mismo azuzó a la fiera para que se arrojase contra él, pues quería cuanto antes verse lejos de una vida sin justicia y sin ley como la que los paganos llevan. 2. En este punto, pues, toda la muchedumbre, maravillada de la valentía de la raza de los cristianos, que ama y rinde culto a Dios, prorrumpió en alaridos: "¡Mueran los ateos! ¡A buscar a Policarpo!"

IV. Hubo, sin embargo, uno, por nombre Quinto, frigio de nación, llegado recientemente de Frigia, que, viendo las fieras, se acobardó. Pero es que éste se había denunciado a sí mismo, y aun indujo a algunos otros a presentarse espontáneamente al tribunal. A éste, pues, logró el procónsul, tras muchas importunaciones, persuadirle a jurar por el César y sacrificar. De ahí, hermanos, que no aprobemos a los que de sí y ante sí se presentan a los jueces, puesto que no es esta la doctrina del Evangelio.

V. Por lo que se refiere a Policarpo, hombre digno de toda nuestra admiración, en primer lugar, oído que oyó cómo se le reclamaba para la muerte, no se turbó, sino que estaba decidido a no salir de la ciudad; sin embargo, la mayoría de los hermanos le aconsejaron que se escondiera en las afueras. Se retiró, pues, a una finca que no distaba mucho de la ciudad, y allí pasaba el tiempo con unos pocos fieles, sin otra ocupación, día y noche, que orar por todos, y señaladamente por las iglesias esparcidas por toda la tierra. Cosa, por lo demás, que tenía siempre de costumbre.

2. Y fue así que, orando una vez, tres días antes de ser prendido, tuvo una visión en que se le presentó su almohada totalmente abrazada por el fuego. Y volviéndose a los que estaban con él, les dijo: "Tengo que ser quemado vivo."

VI. Como persistieran las pesquisas para dar con él, tuvo que trasladarse a otra finca, y momentos después se presentó la guardia. Como no le hallaran, prendieron a dos esclavos, y uno de ellos, sometido a tormento, declaró su paradero. 2. Era ya de todo punto imposible seguir oculto, una vez que los que le traicionaban pertenecían a los domésticos mismos. Por su parte, el jefe de la policía, que, por cierto, llevaba el mismo nombre que el rey de la pasión del Señor, Herodes, tenía prisa por conducir a Policarpo al estadio, para que éste alcanzara su suerte, hecho partícipe de Cristo, y los que le habían traicionado sufrieran su merecido, es decir, el castigo del mismo Judas.

VII. Llevando, pues, consigo al esclavo, un viernes, hacia la hora de comer, salieron los pesquisadores -todo un escuadrón de caballería-, armados con las armas del caso, como si salieran tras un bandido. Y llegados que fueron, a hora ya tardía, le hallaron acostado ya en una habitacioncilla del piso superior. Todavía hubiera podido Policarpo escaparse a otro escondrijo, pero se negó diciendo: Hágase la voluntad de Dios.

2. Conociendo, pues, por el ruido que se oía debajo, que habían llegado sus perseguidores, bajó y se puso a conversar con ellos. Maravillándose éstos, al verle, de su avanzada edad y de su serenidad, no se explicaban todo aquel aparato y afán por prender a un viejo como áquel. Al punto, pues, Policarpo dio órdenes de que se le sirviera de comer y beber en aquella misma hora cuanto apetecieran, y él les rogó, por su parte, que le concedieran una hora para orar tranquilamente. 3. Ellos se lo permitieron, y así, se puso a orar tan lleno de gracia de Dios que por espacio de dos horas no le fue posible callar. Estaban maravillados los que le oían, y aun muchos sentían remordimiento de haber venido a prender a un anciano tan santo.

VIII. Una vez que, finalmente, terminó su oración, después que hubo hecho en ella memoria de cuantos en su vida habían tenido trato con él -pequeños y grandes, ilustres y humildes, y señaladamente toda la universal Iglesia esparcida por la redondez de la tierra-, venido el momento de emprender la marcha, le montaron sobre un pollino, y así le condujeron a la ciudad, día que era de gran sábado.

2. Se toparon con él en el camino el jefe de la policía Herodes y su padre Nicetas, los cuales, haciéndole montar en su coche y sentándole a su lado, trataban de persuadirle, diciendo: "¿Pero qué inconveniente hay en decir: "César es el Señor" (en griego, Kyrios Kaisar (Κὺριος χασαρ)), y sacrificar y cumplir los demás ritos y con ello salvar la vida?"

Policarpo, al principio, no les contestó nada; pero como volvieron a la carga, les dijo finalmente: "No tengo intención de hacer lo que me aconsejáis."

3. Ellos, entonces, fracasados en su intento de convencerle por las buenas, se desataron en palabras injuriosas y le hicieron bajar precipitadamente del coche, de suerte que, a medida que bajaba, se hirió en la espinilla. Sin embargo, sin hacer caso de ello, como si nada hubiera pasado, caminaba ahora a pie animosamente, conducido al estadio. Y era tal el tumulto que en éste reinaba, que no era posible entender a nadie.

IX. Al tiempo que Policarpo entraba en el estadio, una voz sobrevino del cielo que le dijo: "Ten buen ánimo, Policarpo, y pórtate varonilmente." Nadie vio al que esto dijo; pero la voz la oyeron los que de entre los nuestros estaban presentes. Seguidamente, según le conducían al tribunal, se levantó un gran tumulto al correrse la voz de que habían prendido a Policarpo. 2. Venido, en fin, a presencia del procónsul, éste le preguntó si él era Policarpo.

Respondiendo el mártir afirmativamente, trataba el procónsul de persuadirle a renegar de la fe, diciéndole:

Ten consideración a tu avanzada edad -y otras cosas por el estilo, según es costumbre suya decir, como: "Jura por el genio del César. Muda de modo de pensar; grita: ¡Mueran los ateos!"

A estas palabras, Policarpo, mirando con grave rostro a toda la chusma de paganos sin ley que llenaban el estadio, tendiendo hacia ellos la mano, dando un suspiro y alzando sus ojos al cielo, dijo:

Sí, ¡mueran los ateos!

3. Jura y te pongo en libertad. Maldice a Cristo. Entonces Policarpo dijo:

Ochenta y seis años hace que le sirvo y ningún daño he recibido de Él; ¿cómo puedo maldecir de mi Rey, que me ha salvado?

X. Como nuevamente insistiera el procónsul, diciéndole:

Jura por el genio del César. Respondió Policarpo:

Si tienes por punto de honor hacerme jurar por el genio, como tú dices, del César, y finges ignorar quién soy yo, óyelo con toda claridad: Yo soy cristiano. Y si tienes interés en saber en qué consiste el cristianismo, dame un día de tregua y escúchame.

2. Respondió el procónsul:

Convence al pueblo. Y Policarpo dijo:

A ti te considero digno de escuchar mi explicación, pues nosotros profesamos una doctrina que nos manda tributar el honor debido a los magistrados y autoridades, que están por Dios establecidas, mientras ello no vaya en detrimento de nuestra conciencia; mas a ese populacho no le considero digno de oír mi defensa.

XI. Dijo el procónsul:

Tengo fieras a las que te voy a arrojar si no cambias de parecer.

Policarpo respondió:

Puedes traerlas, pues un cambio de sentir de lo bueno a lo malo, nosotros no podemos admitirlo. Lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo.

2. Volvió a insistirle:

Te haré consumir por el fuego, ya que menosprecias las fieras, como no mudes de opinión.

Y Policarpo dijo:

Me amenazas con un fuego que arde por un momento y al poco rato se apaga. Bien se ve que desconoces el fuego del juicio venidero y del eterno suplicio que está reservado a los impíos. Mas, el fin, ¿a qué tardas? Trae lo que quieras.

XII. Mientras estas y otras muchas cosas decía Policarpo, le veían lleno de fortaleza y alegría, y su semblante irradiaba tal gracia que no sólo no se notaba en él decaimiento por las amenazas que se le dirigían, sino que fue más bien el procónsul quien estaba fuera de sí y dio, por fin, orden a su heraldo, que, puesto en la mitad del estadio, diera por tres veces este pregón:

¡Policarpo ha confesado que es cristiano!

2. Apenas dicho esto por el heraldo, toda la turba de gentiles, y con ellos los judíos que habitaban en Esmirna, con rabia incontenible y a grandes gritos, se pusieron a vociferar:

Ese es el maestro del Asia, el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, el que ha inducido a muchos a no sacrificarles ni adorarlos.

En medio de este vocerío, gritaban y pedían al asiarca Felipe que soltara un león contra Policarpo. Mas el asiarca les contestó que no tenía facultad para ello, una vez que habían terminado los combates de fieras. 3. Entonces dieron todos en gritar unánimemente que Policarpo fuera quemado vivo. Y es que tenía que cumplirse la visión que se le había manifestado sobre su almohada, cuando la vio, durante su oración, abrasarse toda, y dijo proféticamente, vuelto a los fieles que lo rodeaban: "Tengo que ser quemado vivo."

XIII. La cosa, pues, se cumplió en menos tiempo que el que cuesta contarlo, pues al punto se lanzó el populacho a recoger de talleres y baños madera y leña seca, dándose, sobre todo, los judíos manos a la labor con el singular fervor que en esto tienen de costumbre.

2. Preparada que fue la pira, habiéndose Policarpo quitado todos sus vestidos y desceñido el cinturón, trataba también de descalzarse, cosa que no hubiera tenido que hacer antes, cuando todos los fieles tuvieran empeño en prestarles este servicio, porfiando sobre quién tocaría antes su cuerpo. Porque, aun antes de su martirio, todo el mundo le veneraba por su santa vida.

3. En seguida, pues, fueron colocados en torno a él todos los instrumentos preparados para la pira. Mas como se le acercaran también con intención de clavarle en un poste, dijo:

Dejadme tal como estoy, pues el que me da fuerza para soportar el fuego, me la dará también, sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos, para permanecer inmóvil en la hoguera.

XIV. Así, pues, no le clavaron, sino que se contentaron con atarle. Él entonces, con las manos atrás y atado como un carnero egregio, escogido de entre un gran rebaño preparado para holocausto acepto a Dios; levantados sus ojos al cielo, dijo: "Señor Dios omnipotente: Padre de tu amado y bendecido siervo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de Ti, Dios de los ángeles y de las potestades, de toda la creación y de toda la casta de los justos, que viven en presencia tuya: 2. Yo te bendigo, porque me tuviste por digno de esta hora, a fin de tomar parte, contado entre tus mártires, en el cáliz de Cristo para resurrección de eterna vida, en alma y cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo: ¡Sea yo con ellos recibido hoy en tu presencia, en sacrificio pingüe y aceptable, conforme de antemano me lo preparaste y me lo revelaste y ahora lo has cumplido, Tú, el inefable y verdadero Dios. 3. Por lo tanto, yo te alabo por todas las cosas, te bendigo y te glorifico, por mediación del eterno y celeste Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu siervo amado, por el cual sea gloria a Ti con el Espíritu Santo, ahora y en los siglos por venir. Amén".

XV. Apenas hubo enviado al cielo su amén y concluida su súplica, los ministros de la pira prendieron fuego a la leña. Y en aquel punto, levantándose una gran llamarada, vimos un prodigio aquellos a quienes fue dado verlo; aquellos, por lo demás, que hemos sobrevivido para poder contar a los demás lo sucedido.

2. El caso fue que el fuego, formando una especie de bóveda, como la vela de un navío henchida por el viento, rodeó por todos lados como una muralla el cuerpo del mártir, y estaba en medio de la llama no como carne que se asa, sino como pan que se cuece o cual oro y plata que se acendra al horno. Y a la verdad, nosotros percibimos un perfume tan intenso cual si se levantara una nube de incienso o de cualquiera otro aroma precioso.

XVI. Comoquiera que fuese, viendo los sin ley que el cuerpo de Policarpo no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al confector, que llegara a darle el golpe de gracia, hundiéndole un puñal en el pecho. Se cumplió la orden y brotó de la herida tal cantidad de sangre que apagó el fuego de la pira, y la turba gentil quedó pasmada de que hubiera tal diferencia entre la muerte de los fieles y la de los escogidos. 2. Al número de estos elegidos pertenece Policarpo, varón sobre toda ponderación admirable, maestro en nuestros mismos tiempos, con espíritu de apóstol y profeta, obispo, en fin, de la iglesia de Esmirna. Y es así que toda palabra que salió de su boca o ha tenido ya cumplimiento o lo tendrá con certeza.

XVII. Mas el diablo, rival nuestro, envidioso y perverso, el enemigo declarado de la raza de los justos, viendo no sólo la grandeza del martirio de Policarpo, sino su vida irreprochable desde el principio, y que estaba ya coronado con la corona de la inmortalidad, ganado el premio del combate que nadie le podía ya disputar, dispuso de tal modo las cosas que ni siquiera nos fuera dado apoderarnos de su cuerpo, por más que muchos deseaban hacerlo y poseer sus santos restos. 2. El caso fue que sugirió el demonio a Nicetas, padre de Herodes y hermano de Alce, que suplicara al gobernador no se nos autorizara para retirar el cadáver del mártir; "No sea -se decía- que esa gente cristiana abandone a su Crucificado y empiecen a rendir culto a éste". Los judíos eran los que sugerían tales cosas y hacían fuerza en el caso, ellos, que montaron guardia cuando nosotros íbamos a recoger el cuerpo de la pira misma. Mas ignoraban unos y otros que nosotros ni podremos jamás abandonar a Cristo, que murió por la salvación del mundo entero de los que se salvan; Él, inocente, por nosotros pecadores, ni hemos de rendir culto a otro ninguno fuera de Él. 3. Porque a Cristo le adoramos como a Hijo de Dios que es; mas a los mártires les tributamos con toda justicia el homenaje de nuestro afecto como a discípulos e imitadores del Señor, por el amor insuperable que mostraron a su rey y maestro. ¡Y pluguiera a Dios que también nosotros llegáramos a participar de su muerte y ser condiscípulos suyos!

XVIII. Como viera, pues, el centurión la porfía de los judíos, poniendo el cuerpo en medio, lo mandó quemar a usanza pagana. 2. De este modo, por los menos, pudimos nosotros más adelante recoger los huesos del mártir, más preciosos que piedra de valor y más estimados que oro puro, los que depositamos en lugar conveniente. 3. Allí, según nos fuere posible, reunidos en júbilo y alegría, nos concederá el Señor celebrar el natalicio del martirio de Policarpo, para memoria de los que acabaron ya su combate y ejercicio y preparación de los que tienen aún que combatir.

XIX. Tal fue el martirio del bienaventurado Policarpo, quien, habiendo sufrido, con once hermanos más de Filadelfia, martirizados en Esmirna, él sólo es señaladamente recordado por todos, de suerte que hasta los mismos paganos hablan de él por todas partes. Él fue, en efecto, no sólo maestro insigne, sino mártir eminente; de ahí que todos deseen imitar un martirio sucedido según la enseñanza del Evangelio de Cristo. 2. Y ahora, después de haber derrotado por su paciencia al príncipe inicuo de este mundo y recibido así la corona de la inmortalidad, glorifica jubiloso, en compañía de los apóstoles y de todos los justos, al Dios y Padre omnipotente y bendice a nuestro Señor Jesucristo, Salvador de nuestras almas, piloto de nuestros cuerpos y pastor de toda la universal Iglesia esparcida por la redondez de la tierra.

XX. Nos habíais pedido que os relatáramos con todo pormenor lo sucedido; pero hemos tenido que limitarnos, por ahora, a un resumen de lo principal, que os mandamos, por obra de nuestro hermano Marción. Ahora, pues, una vez que vosotros os hayáis enterado, tened la bondad de remitir esta carta a los hermanos del contorno, a fin de que también ellos glorifiquen al Señor, que es quien se escoge a los que quiere de entre sus siervos. 2. Al que es poderoso para introducirnos a todos por gracia y dádiva suya, en Su reino eterno, por medio de Su Siervo, Su Unigénito Jesucristo, a Él sea gloria, honor, poder y grandeza por los siglos.

Saludad a todos los santos. A vosotros, el saludo de todos los aquí presentes, y en particular de Evaristo, el amanuense, con toda su familia.

XXI. El bienaventurado Policarpo (69-155) sufrió el martirio el segundo día del mes Jántico, siete antes de las calendas de marzo (22 de febrero de 155. N.E), día de gran sábado, a la hora octava. Fue prendido por Herodes, bajo el sumo sacerdocio de Felipe de Trales y el proconsulado de Estacio Cuadrado, reinando por los siglos nuestro Señor Jesucristo. A Él sea gloria, honor, grandeza, trono eterno de generación en generación. Amén.

PADRES APOSTÓLICOS, Edición bilingüe, Daniel Ruíz Bueno. BAC, Madrid, 1985. Págs. 672-687.

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