La Iglesia de Jesucristo

Por Arcadio Sierra Díaz - 23 de Abril, 2007, 19:44, Categoría: General

LA IGLESIA DE JESUCRISTO

UNA PERSPECTIVA HISTÓRICO-PROFÉTICA

ARCADIO SIERRA DÍAZ

1998

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Elpresente blog contiene: "La Iglesia de Jesucristo, Una Perspectiva Histórico-Profética", "Los Vencedores y el Reino Milenial" y "Los Concilios Ecuménicos, Glosas al Margen".

Enlaces: Estudios homiléticos - Vida espiritual - Exégesis histórico-profética - Soteriología - Palabras de vida - Crónicas testimoniales - Vida de la Iglesia

Pueden comunicarse con el autor por medio de los siguientes e-mail: arcamarina@hotmail.com

cristiasidia@gmail.com

CONTENIDO

Prefacio

Capítulo I - EFESO

La carta a Efeso - Panorámica sobre el fundamento de la Iglesia - Una Iglesia unida - El Reino de Dios - El candelero - Una Iglesia llena de amor - Los apóstoles

Herejías tempranas: a) Ebionitas, b) Docetismo, c) Gnosticismo.

El amor es sufrido y paciente - Efeso se desliza - Los nicolaítas - Oídos sordos - Recompensa para los vencedores - La continuidad apostólica

Excursus del Capítulo I: Carta de Ignacio a los Esmirnios

: Carta de Ignacio a los Esmirnios

Capítulo II - ESMIRNA

La carta a Esmirna - Trago amargo - Ricos en la pobreza - Sinagogas de Satanás

Herejes y herejías: a) Marción, b) Sabelianismo, c) Montano y los montanistas, d) El maniqueísmo, 68.

Las diez persecuciones: 1) Nerón, 2) Domiciano, 3) Antonino Pío, 4) Marco Aurelio, 5) Septimio Severo, 6) Maximino Tracio, 7) Decio, 8) Galo, 9) Valeriano, 10) Dioclesiano..

Constantino el Grande - El daño de la segunda muerte

La patrística: a) Clemente de Alejandría, b) Orígenes, c) Gregorio Taumaturgo, 81.

Escuelas teológicas: a) de Alejandría, b) de Antioquía, c) de Asia Menor, d) del Norte de África.

Los apologistas: a) Cuadrato, b) Arístides, c) Epístola a Diogneto, d) Justino Mártir, e) Melitón, f) Apolinar de Hierápolis, g) Atenágoras, h) Milciades, i) Teófilo, j) Taciano, k) Minucio Félix, l) Hermias.

Los polemistas: a) Ireneo,b) Tertuliano.

Excursus del Capítulo II: I. Martirio de Policarpo - II. Epístola a Diogneto

: I. Martirio de Policarpo - II. Epístola a Diogneto

Capítulo III- PERGAMO

La carta a Pérgamo - El trono de Satanás - Matrimonio con el mundo - La Iglesia morando en la tierra - El edicto de tolerancia - La doctrina de Balaam - El camino de Balaam - El error de Balaam - Constantino el Grande - Consolidación de los nicolaítas - La Iglesia llamada a cortar con el mundo - El ascetismo

Grandes exponentes de la patrística: a) Eusebio de Cesarea, b) Atanasio de Alejandría, c) Los Capadocios: Basilio el Grande, Gregorio de Niza y Gregorio Nacianceno, d) Ambrosio de Milán, e) Jerónimo, f) Juan Crisóstomo, g) Agustín de Hipona.

Herejías en Pérgamo: a) Donato y el donatismo; b) Arrio y el arrianismo; c) Apolinar y el apolinarismo; d) Pelagio y el pelagianismo; e) Nestorio y el nestorianismo.

El maná escondido - Transición entre Pérgamo y Tiatira

Excursus del Capítulo III - Edictos imperiales

- Edictos imperiales

Capítulo IV - TIATIRA

La carta a Tiatira - Torre alta - Obras en la apostasía - Mujer dominante - Babilonia la grande - Raíces del cesaropapismo - Los fraudes píos y la feudalización del papado - El cesaropapismo en el cenit - Algunas paradojas del papado romano - La corona pontificia - El clero - La inquisición - El Índice - Los Jesuitas

Escolasticismo: a) Anselmo, b) Abelardo, c) Hugo de San Víctor, d) Pedro Lombardo, e) Buenaventura, f) Alberto Magno, g) Tomás de Aquino, h) Juan Duns Escoto, i) Guillermo de Occam.

Las indulgencias - La condición de Tiatira no mejorará - El juicio de la gran ramera - El remanente de Tiatira - El ladrillo y la piedra - Los vencedores de Tiatira

Los prerreformadores: a) Francisco de Asís, b) Pedro de Bruys, c) Enrique de Lausana, d) Arnoldo de Brescia, e) Los Valdenses, f) Los Cátaros, g) Los Albigenses, h) Juan Wycliffe, i) Juan Huss, j) Jerónimo Savonarola.

Excursus del capítulo IV - Donación de Constantino

- Donación de Constantino

Capítulo V - SARDIS

La carta a Sardis - Los escapados de Tiatira - Comienza la restauración de la casa de Dios - Lutero y la Reforma - Las indulgencias para San Pedro - El conflicto con Roma - La Dieta de Worms - Las obras imperfectas de Sardis

El origen de las "iglesias nacionales": a) En Alemania, b) En Suiza, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino, c) En Francia, d) En Escocia, e) En Inglaterra.

La paz de Westfalia - Como ladrón en la noche

Las grandes denominaciones: a) Anabaptistas, b) Menonitas, c) Puritanos, d) Bautistas, Carlos H. Spurgeon, e) Cuáqueros, f) Presbiterianos, g) Metodistas, Jorge Withefield, Juan Wesley, David Livingstone.

Ecumenismo - Vestiduras sin mancha - Los vencedores de Sardis - Pietismo

Excursus del capítulo V: I. Taxa Camaræ. II. Las 95 Tesis de Lutero. III. Las tesis del Arminianismo vs. Calvinismo

: I. Taxa Camaræ. II. Las 95 Tesis de Lutero. III. Las tesis del Arminianismo vs. Calvinismo

Capítulo VI - FILADELFIA

La carta a Filadelfia - Amor fraternal - Una puerta abierta - Precursores de la restauración - La moderna historia de José

Cuatro características judaizantes: 1. El sacerdocio intermediario - 2. El código escrito - 3. El templo físico - 4. Las promesas terrenales

La hora de la prueba - Los Hermanos - Juan Nelson Darby - Benjamín Wills Newton - La corona de Filadelfia - Columnas en el templo - La restauración en China - Watchman Nee - En América

Excursus del capítulo VI: Testimonio de los hermanos

: Testimonio de los hermanos

Capítulo VII - LAODICEA

La carta a Laodicea - El juicio del pueblo - Filadelfia degradada - La iglesia tibia - La desventura de la jactancia - Oro refinado en fuego - El Señor castiga a los que ama - El Señor está a la puerta - Los vencedores de Laodicea - Epílogo

Bibliografía

P R E F A C I O

Antes de que finalizara el primer siglo de la era cristiana ya había iglesias locales en muchas ciudades de algunas de las naciones aledañas a la cuenca del Mediterráneo, como Judea, Samaria, Galilea, Siria, Grecia, Macedonia, Egipto y el norte de África, Roma, en las regiones de la antigua Mesopotamia, Media; pero sobre todo en el Asia Menor; y lo curioso es que de todas ellas el Señor quiso escoger preferentemente a siete, en el tiempo en que el apóstol Juan fue confinado en la isla de Patmos, a fin de estampar en sendas cartas las profecías referentes al curso de la historia que eventualmente viviría la Iglesia de Jesucristo, y que Juan registra magistralmente en los capítulos 2 y 3 de Apocalipsis. En cierta forma, el profundo contenido profético de estas siete cartas ha sido subestimado, y de ahí el desconocimiento que, sobre el particular, ha obstaculizado el entendimiento de lo que es la Iglesia de Jesucristo, en su sentido escritural y verdadero. Esas siete iglesias fueron escogidas en Asia Menor como prototipos de siete diferentes períodos proféticos de la historia de la Iglesia, de tal manera que las características locales e históricas de cada una de ellas en ese tiempo, simbolizan el desarrollo de determinado período profético de toda la Iglesia en esta era hasta que el Señor regrese, tema que queremos abordar panorámicamente en el presente estudio histórico-profético y arquetípico. En las siete cartas encontramos la historia completa de la Iglesia hasta el fin de esta era. Tengamos en cuenta que el Apocalipsis es un libro eminentemente profético, y que las siete cartas de Apocalipsis son siete profecías (compare Apocalipsis 1:3 y 22:18).

Cuando decimos la Iglesia, de ninguna manera nos referimos a alguna de las organizaciones religiosas históricas, aun cuando infundadamente pretendan exhibir títulos de legitimidad apostólica o reclamen derechos sucesorios y de antigüedad, ostenten el nombre que ostenten, pues la Iglesia de Jesucristo no se confunde ni se identifica con ninguna de las organizaciones religiosas terrenales, aunque dentro de algunas de esas organizaciones de la cristiandad haya pueblo de Dios. El Señor jamás tuvo el propósito de crear una organización jerárquica con cobertura imperial, mundial, nacional, o provincial; no. Si esa fuese la realidad, seguramente que Él se hubiese dirigido a esa organización y a su "representante visible". El Señor se dirigió a siete iglesias representativas y tipológicas, en sendas localidades del Asia Proconsular. Lo que generalmente se ha llamado cristiandad, involucra cierto grado de vaguedad en cuanto a la comprensión de la verdadera Iglesia del Señor. Tanta vaguedad encierra el término "cristiandad", que dentro de sus mismas caducas estructuras religiosas, acontecen las más aberrantes divisiones, sorprendentes odios, guerras, persecuciones y contradicciones; no obstante, en la comunidad cristiana, Dios ha suscitado hombres y mujeres a los cuales les ha revelado Su voluntad, les ha dado luz y guía para su momento histórico-profético y su entorno cultural, con miras a la edificación de la unidad de Su Cuerpo.

En cada época de la marcha de la humanidad, Dios trabaja para que surja una perspectiva nueva, nuevos acontecimientos son añadidos, de acuerdo al período profético que corresponda, porque Dios es también el Señor de la historia, pues está establecido que de la historia de la Iglesia de Jesucristo nadie puede poner el punto final. No es nuestra intención exponer los hechos sólo bajo la perspectiva histórica, sino también y con mayor afianzamiento desde el punto de vista profético, porque no nos limitamos a desglosar el acontecer histórico, sino que nuestras raíces beben las aguas prístinas de la Palabra de Dios, la cual es eminentemente profética, eterna y verdadera, digna además de toda confianza. La Palabra de Dios es inmutable, infalible y no está sujeta a modificaciones; de esto no hay que tener la menor duda. Los principios bíblicos están vigentes como el primer día, no obstante que en la historia han sido oscurecidos por tradiciones eclesiásticas de la cristiandad profesante. Los principios bíblicos son subestimados en aras de la prosperidad material, el poder temporal y el reconocimiento de los hombres.

Del futuro, el historiador no puede ofrecer más que conjeturas; en cambio el profeta de Dios está seguro y convencido de los planes y propósitos del Señor, para todos los tiempos. Que lo diga un Daniel en Babilonia, un Jeremías en Jerusalén y un Juan en Patmos. Pero debemos ser justos al aclarar que la historia y la profecía se entrelazan, pues Dios tiene un plan profético para la historia, plan que ha revelado con lujo de detalles a lo largo de toda Su Palabra.

La encarnación del Verbo de Dios y la obra de Cristo en la cruz son los acontecimientos históricos más importantes para la Iglesia, y durante los cuatro primeros siglos de esta era se consolidó el registro canónico de esos hechos, pero el proceso de entendimiento de la Iglesia acerca de la revelación divina, incluidos esos hechos tan importantes, no tuvo el suficiente desarrollo en su oportunidad, sino al contrario, sufrió serios retrocesos en el curso de la historia, y con el tiempo la Iglesia perdió algunas cosas que recibió en el depósito, tratando a su vez de justificar esa pérdida suplantando los principios de Dios con argumentos de factura humana. Pero Dios..., ¿iba a permitir que todo se perdiera? De ninguna manera. El Señor ha venido trabajando para que todo lo perdido se recupere y se lleve a la práctica de la Iglesia el fruto del pleno entendimiento de todo el depósito de Dios.

La historia del cristianismo corre paralela con la de la humanidad; pero más que la historia del cristianismo, es nuestro interés ir tras las huellas del reino de Dios, visto bajo la perspectiva de la Iglesia del Señor, lo cual no se puede lograr sino con los ojos de quien ha nacido de nuevo, porque el reino de Dios no es de este mundo, y no puede ser reconocido por los de este mundo, aun cuando está delante de sus ojos. No importa que se trate de un lego o un intelectual, un doctor en teología, o alguien que represente los intereses de la cristiandad nominal en cualquiera de sus facciones. Para ver el reino de Dios es requisito indispensable pertenecer a él. El evangelio nos dice que Jesús se regocijó en el espíritu por esta realidad, y por eso le dijo al Padre: "Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños" (Lucas 10:21). Llegó el momento en que los sabios de este mundo intentaron tomarse el control y el gobierno de la Iglesia de Jesús por la supremacía de su sabiduría, pero Dios enloqueció la sabiduría de este mundo, para que nadie por medio de esa sabiduría enloquecida pudiese llegar a Dios, sino por medio de lo que los sabios, intelectuales y filósofos de esta era tratan de desechar tildándolo de locura, esto es, el evangelio y el verdadero propósito de Dios con el hombre y la creación, el cual nos revela la auténtica sabiduría de Dios, Su Hijo Jesucristo.

No es el propósito del presente trabajo abundar en datos y detalles históricos, sino apenas los suficientes para demostrar el cumplimiento histórico de la palabra profética. Para el mundo grecorromano y su interpretación filosófica, la historia no era más sino una serie de ciclos repetitivos enmarcados en un destino incierto y por determinación de la ciega suerte, como una tediosa y pesimista manera de ver el destino humano. En contraste, para el cristiano la historia comienza en Génesis con la creación del hombre por la mano de Dios, y ha de continuar conforme los parámetros trazados en la Palabra de Dios, hasta que se cumpla la triunfal consumación de todo, y el gobierno de Dios tenga su expresión milenaria, dándole así un significado diferente a la historia. Cuando eventualmente ocurra el fin de la historia, habrá amanecido para la Iglesia.

Arcadio Sierra Díaz

1. Éfeso (1a. parte)

Por Arcadio Sierra Díaz - 23 de Abril, 2007, 19:17, Categoría: General

Capítulo I

É F E S O

SINOPSIS DE ÉFESO

Panorámica sobre el fundamento de la Iglesia

La encarnación del Verbo de Dios - Su ministerio terrenal con Sus discípulos - Su pasión, muerte, resurrección, ascensión y venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

La Iglesia primitiva

Los siete candeleros de oro de finales del primer siglo - El Cuerpo de Cristo unido en su expresión local: una sola asamblea en cada ciudad - La apariencia del reino de los cielos.

Fundamentos legítimos y fraudulentos

Los apóstoles: los verdaderos y los falsos - Primeras herejías: Ebionismo, docetismo, gnosticismo - Las primeras persecuciones.

El comienzo del desliz

Decae el primer amor - Los ágapes se contaminan - Aparición de las obras de los nicolaítas - Raíces del clericalismo.

Los vencedores de Éfeso

Primera recompensa: comer del árbol de la vida.

LA CARTA A EFESO

"1Escribe al ángel de la iglesia en Efeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto: 2Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; 3y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. 4Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. 5Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y has las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido. 6Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco. 7El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios" (Apo. 2:1-7). (*1)

(*1) El Apocalipsis fue escrito en tiempos del emperador Domiciano, alrededor del año 95 d.C.

Panorámica sobre el fundamento de la Iglesia

La antigua ciudad jónica de Efeso estaba situada en la costa oriental del mar Egeo, y llegó a ser la próspera capital de la provincia romana de Asia Menor, en los tiempos en que el Señor quiso que fuese marco privilegiado de la obra misionera del equipo apostólico de San Pablo. En esta bella ciudad había un famoso puerto, pues se trataba de un centro comercial de la región. Allí se encontraba una de las siete maravillas del mundo antiguo, el Artemisión, o templo de la plurimamaria Artemisa, la gran diosa de la fecundidad de Asia Menor, muy estimada por los efesios, de acuerdo con el contexto de Hechos 19:23-41. Por eso era llamada esta ciudad "Guardiana del Templo". La cultura de esta importante ciudad antigua era la herencia indiscutible del mundo grecorromano de la época. Cada uno de los nombres griegos de estas localidades refleja la condición espiritual de la respectiva iglesia. Se dice que el significado de Efeso es "deseo ardiente, deseable", lo que tiene que ver con que al final del período primitivo la Iglesia aún era deseable para el Señor; también significa "soltar", así como "aflojado" o "descansado", aspecto que tiene mucho que ver con esa característica de haber dejado, la iglesia del Señor en la localidad de Efeso, su primer amor. En el matrimonio suele ocurrir eso. Nos interesa mucho ese vivo retrato que nos hace Juan de las condiciones reales e históricas del candelero en la localidad de Efeso, porque allí vemos tipificadas las peculiaridades del final del primer período profético, de los siete que caracterizan a la Iglesia de Jesucristo, en los eventos comprendidos entre la gloriosa resurrección del Señor y Su segundo advenimiento. Pero más que el aspecto local de la iglesia como casa de Dios, en esta perspectiva histórico-profética nos interesa enfocar las prefiguraciones de las distintas etapas del vital desarrollo del Cuerpo de Cristo a su paso por los siglos en los anales de nuestra era, incluídos su nacimiento, sus sufrimientos, su cautiverio, y los pasos que ha venido dando el Señor para la restauración total de la expresión de la unidad de Su Cuerpo. A menudo vemos en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que hechos reales e históricos alegorizan y tipifican situaciones, hechos, condiciones y sentidos más profundos y espirituales, en el marco de los propósitos eternos de Dios.

¿En qué radica la importancia de estudiar la Iglesia del Señor en su etapa primitiva? ¿Qué interés puede tener para nosotros conocer la "génesis" de la Iglesia después de veinte siglos? Mucho y en gran manera, porque por medio de ese conocimiento podemos comprender mejor la perfecta voluntad de Dios para con Su Iglesia; la naturaleza de la Iglesia, su auténtica y original estructura, características, gobierno, metodología, condiciones muy diferentes de las actuales, pues con el correr del tiempo el hombre determinó olvidarse, apartarse, alejarse de las normas, directrices y ejemplos establecidos por Dios en Su Palabra, muchas veces desconociéndolos, ignorándolos o tergiversándolos; como si el libro de los Hechos hubiese perdido vigencia. La iglesia primitiva, conforme se desenvuelve en el libro de los Hechos, es el patrón o modelo de Dios para Su Iglesia, válido para todos los tiempos. Es una falacia pensar que las normas de la Iglesia de Jesucristo deban cambiar y ajustarse a determinados cambios cronológicos, y que hoy haya que estudiar y poner en práctica nuevas estrategias introducidas por el ingenio humano, como si el modelo auténtico y original de Cristo para Su Iglesia ya fuese anacrónico para los tiempos que vivimos. Toda vez que el Señor nos da la oportunidad de conocer mejor la verdadera y normal Iglesia de Cristo, podemos apreciar en su justa medida la forma en que los hombres se alejaron de ella.

El primer período profético de la Iglesia del Señor, con sus subperíodos apostólico y postapostólico, comienza cuando el Señor da sus últimas instrucciones en el Monte de los Olivos después de Su resurrección, y asciende al Padre a fin de enviar el Consolador que había prometido, período que culmina al finalizar el primer siglo de la era cristiana, en los tiempos en que el anciano apóstol Juan finalizara su escritura del libro de Apocalipsis en la isla de Patmos. Una vez acontecida la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia en el día de Pentecostés, se cumplen las palabras del Señor de que estaría siempre con la Iglesia, guiándola, enseñándola, transformándola, llenándola de poder y sabiduría, y es así como aquellos humildes pescadores fueron guiados por Dios desde Jerusalén a transtornar el mundo entero. Dios, desde toda la eternidad, desde antes de que el mundo fuese, tiene Sus propósitos con la creación, con la tierra en particular, y especialísimamente con el hombre, y esos propósitos los tiene en Su Hijo Unigénito. La Palabra de Dios dice que Dios nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él, para que se cumplieran en nosotros esos propósitos, para lo cual fuimos predestinados. ¿Cuáles propósitos? El Padre hizo la creación para Su Hijo y se propuso reunir todas las cosas en Cristo, y nosotros hemos sido predestinados para que fuésemos hechos conformes a la imagen de Cristo. Todos los escogidos estamos llamados a conformar la Iglesia, la cual es también el Cuerpo de Cristo, y Él es la Cabeza. La Iglesia de Jesucristo es asimismo el verdadero templo de Dios, y para eso fue creado el hombre, para que conozca a Dios, lo represente; para que Dios se incorpore en el hombre por Su Espíritu y, como Iglesia, el hombre lo exprese.

También el hombre fue creado por Dios con miras a prepararle una esposa para Su Hijo, la cual será levantada sin mancha ni arruga (cónfer Efesios capítulos 1,3,4,5; Romanos 8:29,30), o sea, gloriosa y limpia de todo contagio del hombre viejo. Por medio de la obra de Su Amado Hijo, Dios quiso dispensarse al hombre; ha sido Su deseo y propósito entregarse a Sí mismo al hombre corporativo, para ser contenido primero por el hombre, ese ser tripartito, creado por Dios dotado de espíritu, alma y cuerpo, y luego ser expresado corporativamente por la Iglesia. La Iglesia estaba en el plan de Dios antes de que creara al hombre. El Hijo, llegado el tiempo determinado por el Padre, vino a esta tierra y se encarnó por obra del Espíritu Santo en María, una humilde virgen hebrea de la familia de David, y para ello por su propia voluntad tomó forma de siervo, vaciándose, despojándose, desnudándose de todas Sus prerrogativas como Dios; lo que se llama en griego la kenosis; asumiendo así las limitaciones inherentes a la humanidad, como verdadero hombre. Con ese anonadamiento, Cristo se sometió a una condición de inferioridad. Y así vivió y creció, en obediencia al Padre, en Nazaret de Galilea, cuando el César Tiberio Augusto reinaba sobre todos los dominios del Imperio Romano, aquella cuarta bestia sanguinaria y terrible, espantosa en gran manera, que le había sido revelada a Daniel por Yahveh en visiones en tiempos del cautiverio babilónico (cfr. Daniel 7:7,19-23).

Llegado el momento, a la edad de treinta años fue bautizado en el Jordán; luego llamó a sus discípulos, de entre los cuales escogió a doce, a los que también llamó apóstoles. Pero lo curioso es que para esa escogencia no necesariamente tuvo en cuenta a la clase sacerdotal de su nación; no consultó el asunto con el sumo sacerdote, sino con Su Padre; no escogió sus inmediatos colaboradores de entre la tribu de Leví y la familia de Aarón, sino que se fue a la orilla del mar de Galilea y llamó primero a cuatro pescadores de profesión, a Simón a quien llamó Pedro y a su hermano Andrés, hijos de Jonás, en Betsaida, Galilea; a Juan y a Jacobo (llamado el Mayor), hijos de Zebedeo y Salomé, naturales también de Betsaida, a quienes encontró remendando las redes, y les dijo que desde ese momento serían pescadores de hombres, y quienes más tarde recibieron de Jesús el nombre de "hijos del trueno". Después llamó a Felipe, natural de Betsaida; a Bartolomé, también llamado Natanael; en Capernaum invitó a seguirle asimismo a Mateo, llamado también Leví, un recaudador de impuestos en Judea por cuenta de los romanos; a Tomás el Dídimo, quien más tarde dudó del acontecimiento de la resurrección del Señor hasta que lo vio y tocó Sus llagas; a Jacobo (llamado el Menor) hijo de Cleofas y María (prima de la madre de Jesús); a Judas llamado Tadeo; a Simón llamado Zelote o Cananeo, y a Judas Iscariote, hijo de Simón, natural de Kariot, quien era el administrador de los fondos del grupo del Señor y el cual más tarde llegó a traicionarle. Con la compañía íntima de ese reducido grupo, y seguido muchas veces por otros discípulos y una gran multitud, Jesús predicó las buenas nuevas del evangelio del reino de Dios, para luego de tres años y medio ser juzgado por las autoridades políticas y religiosas tanto de su nación como de la potencia dominante, en Jerusalén y ser crucificado en el monte Calvario o de la Calavera, en las afueras de la ciudad, en donde derramó Su sangre y ofrendó Su vida por la Iglesia.

Al tercer día resucitó, siendo el primer día de la semana se levantó de la tumba, y después de transcurrir cuarenta días, ascendió a los cielos, al trono del Padre y envió al Espíritu Santo, el Paracleto, como lo había prometido, hecho ocurrido en el día de la fiesta de los judíos llamada de Pentecostés o quincuagésima y que en el tiempo del Antiguo Testamento era conocida como la fiesta de las semanas o de la siega de los frutos de la tierra, de modo que el Consolador descendió con poder sobre la Iglesia apostólica cincuenta días después de la resurrección del Señor, y esos 120 hermanos que estaban reunidos representaban las primicias de la siega de Cristo, a los cuales El les entregaba las primicias del Espíritu, arras de nuestra herencia celestial. Ese día de Pentecostés ocurrió a fines de la primavera del año 30 d.C., en el cual el Espíritu Santo vino a darle a la Iglesia la vida misma de Cristo. En ese primer Pentecostés de la Iglesia empezó el pueblo de Dios a recoger una gran cosecha, y esa labor aún no ha terminado, pues ese glorioso Pentecostés que había sido preparado y prometido, también se ha prolongado, porque el Espíritu Santo siempre ha estado habitando en la Iglesia, comenzando por los apóstoles del Señor Jesús, hasta el más humilde siervo de Cristo que habite en esta tierra en estos días.

Una Iglesia unida

Así como el Génesis es el libro de los principios, donde se siembran las semillas de la revelación divina, Apocalipsis es el libro de la consumación de todas las cosas; un libro profético por antonomasia en donde el Señor descorre el velo de los acontecimientos finales, pues precisamente el término apocalipsis significa quitar el velo, revelación, la revelación de Jesucristo, verdadero autor y objeto de este maravilloso libro. Sus primeros tres capítulos se destacan y se diferencian debido a que tratan acerca de las siete cartas que el Señor ordena a Juan que escriba a sendas iglesias históricas de igual número de localidades en Asia Menor. La primera es dirigida a Efeso:

"Escribe al ángel de la iglesia en Efeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto:" (Ap. 2:1).

Aunque la carta está dirigida al ángel de la iglesia de la localidad de Efeso, sin embargo, es también para la iglesia, para todos y cada uno de los creyentes del Señor, y además para cada iglesia constituida en las diferentes ciudades y aldeas de mucha parte del mundo grecorromano. En ese tiempo el cuerpo del Señor era expresado en una perfecta unidad y comunión espiritual en cada localidad donde hubiere redimidos por la preciosa sangre del Señor. Los santos no se habían dividido en sectas separatistas frutos de la carnalidad. Eso sucedió en siglos posteriores, y es lo que el Señor está corrigiendo en la época presente. No importa que los hombres se opongan a este trabajo de restauración del Señor. El edificio debe ser construido conforme el modelo de Dios. ¿Quién es el ángel de la iglesia local? No hay entre los exégetas un acuerdo sobre el particular. Dice John Nelson Darby: "El ángel es el representante místico de alguien que no está presente en la escena. Así pues, esta palabra siempre es empleada aun en los casos cuando no se trata, de una manera positiva, de un mensajero celeste o terrestre. Lo vemos en las expresiones "el Ángel de Jehová", "sus ángeles" (hablando de los niños), "el ángel de Pedro" (John Nelson Darby. Estudio sobre el Libro de Apocalipsis. La Bonne Semence, 1988. Pág. 31).

Este mismo punto de vista lo vemos en la siguiente exposición de F. F. Bruce:

"Los ángeles de las iglesias deben entenderse a la luz de la angelología del Apocalipsis -no como mensajeros humanos o ministros de las iglesias, sino como celestial contraparte o personificación de las diversas iglesias, cada uno de los cuales representa a su iglesia en el aspecto en que se hace responsable de la condición y conducta de la respectiva iglesia-. Podemos compararlos con los ángeles de la naciones (Daniel 10:13,20; 12:1) y de individuos (Mateo 18:10; Hechos 12:15)" (F. F. Bruce [Revelation, en A Bible Commentary for Today, Pickering and Inglis, 1979, pág,1682]. Citado por Matthew Henry, en su comentario Bíblico).

La carta la envía el Señor; Juan es apenas un amanuense en este caso. A cada una de las iglesias se presenta en forma diferente, identificándose de acuerdo con la condición de cada una. A Efeso le escribe el que tiene las siete estrellas en su diestra, y anda en medio de los siete candeleros de oro; es el Señor Jesucristo mismo diciéndole a la iglesia que Él tiene en Sus manos las riendas de Su Iglesia, tiene total autoridad y control sobre la Iglesia, a la cual gobierna, guía, exhorta, alimenta, da vida, corrige, construye, alienta, con Su sola potestad. El Señor sujeta firmemente las siete estrellas, en señal de que es el dueño y señor de las iglesias; se pasea en medio de los candeleros, en señal de constante vigilancia. Como la luna alumbra con la luz solar, la iglesia alumbra en la oscuridad de la noche con la luz del Señor, y Él tiene también estrellas en Su diestra, ángeles celestiales, que ayudan a la Iglesia. Esas estrellas también simbolizan los hermanos espirituales que tienen la responsabilidad del testimonio de Jesús. Estamos en las seguras y poderosas manos del Señor; el Señor cuida de Su Iglesia; eso significa que nadie nos puede arrebatar de Su diestra. El Señor Jesús no puede estar menos sino en medio de la Iglesia, el Sumo Sacerdote siempre presente en ella, porque sin Él no puede existir Iglesia, y eso es muy alentador. La Iglesia es Su morada y también Su Cuerpo y Él es la Cabeza, y, por tanto, está enterado permanentemente de todos los eventos en todos los lugares, tanto en el tiempo como en el espacio. Es responsabilidad de la iglesia local dar testimonio del Señor Jesús por el Espíritu Santo ante los hombres, para que los hombres conozcan a Dios por el testimonio de la iglesia. El testimonio y la expresión de Jesús es la Iglesia, y Cristo es el Testigo de Dios. Pero téngase en cuenta que la Iglesia universal se expresa en las iglesias locales.

Juan nos dice que el Señor Jesucristo es Dios, cuando afirma que "...estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna" (1 Juan 5:20). Pero desde siempre el diablo ha querido desvirtuar la persona del verdadero Jesús, y aún en la actualidad, muchas personas, movimientos, organizaciones, doctrinas y diversas escuelas de opiniones, predican a un Jesús diferente al que predicaron Juan y el resto de los apóstoles. En los tiempos en que andaba con sus discípulos, un día les preguntó: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas" (Mateo 16:13,14). Además, algunas personas tuvieron a Jesús simplemente como el hijo del carpintero del pueblo; otros lo tenían como un agente de Beelzebú, príncipe de los demonios. ¿Es hoy diferente el panorama? Es peor; aumenta la gama de diferentes Jesús.

Hay personas que se inclinan por llamarle el Hijo de María, algunos lo tienen por un gran político, pero Jesús nunca quiso tener nada que ver con métodos políticos, y jamás se enredó en los negocios de este mundo. Otros han proclamado que fue el primer comunista, o un guerrillero de la línea de los zelotes; otros lo han ubicado en el extremo opuesto afirmando que fue un integrante de la secta de los esenios; y aun otros han querido capitalizar diciendo que Jesús fue un espiritista o gran maestro gnóstico, que adelantó estudios esotéricos en la India o en el misterioso Egipto. Pero, además de Juan, Pedro también recibe revelación del Padre, cuando proclama, diciéndole al Señor: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mt. 16:16).

El reino de Dios

Leemos en Mateo 6:10: "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra". ¿Qué significa esto? Desde la caída del hombre en el Edén, en la tierra dejó de hacerse la perfecta voluntad de Dios, pues el hombre le entregó la soberanía de la tierra a Satanás al obedecerle; y los hijos de desobediencia, la descendencia adámica siguieron la corriente de este mundo; corriente que no es según Dios, sino conforme a Satanás, el espíritu rebelado, el cual usurpó lo que era de Dios. De esta manera la voluntad de Dios no pudo hacerse así en la tierra como en el cielo. Y precisamente el Verbo de Dios fue encarnado, entre otras cosas, para traer el dominio celestial a la tierra. Adán perdió el dominio, y Cristo, el nuevo Adán, vino a recobrarlo, como verdadero hombre, de conformidad con la economía de Dios; y entonces sí sea hecha la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. El señor Jesús es el nuevo Rey, y de Sus seguidores, los que han vencido ya viven la realidad actual del reino de los cielos. De manera que quienes amemos ese establecimiento del reino de los cielos en la tierra, debemos orar que se manifieste, primeramente en tu persona, y en segundo lugar en toda la tierra, hasta que la tierra sea completa y totalmente recobrada para Dios y Su Cristo, y que se haga la perfecta voluntad de Dios en toda la tierra.

Dice la Biblia que "después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado" (Mar. 1:14,15). La expresión reino de Dios no significa exactamente lo mismo que reino de los cielos, pues el reino de Dios es el reino en el sentido amplio, desde la eternidad hasta la eternidad, y el reino de los cielos es apenas una parte, la que se inicia con la Iglesia en el día del Pentecostés y que comprende la era de la Iglesia y del milenio. Para entrar en el reino de Dios hay que nacer de nuevo; es la regeneración (Juan 3:3,5); en cambio para participar del reino de los cielos hay que cumplir ciertos requisitos proclamados por el Rey en el sermón del monte. Antes de la venida de Juan el Bautista, el reino de los cielos no había llegado. Los ciudadanos del reino de los cielos se caracterizan fundamentalmente por ser pobres en espíritu, porque la Palabra de Dios dice que de ellos es el reino de los cielos. Jesús comenzó su predicación diciendo que el reino de Dios se había acercado; es decir, ya se estaba manifestando el poder de Dios sobre los hombres, porque cuando Cristo vino lo trajo consigo, y los demonios estaban siendo privados de su funesto poder sobre los hombres. Pero el que no nace de nuevo, quien no haya experimentado la regeneración espiritual, quien no haya recibido la vida de Dios en su espíritu por la obra redentora de Cristo y por la acción del Espíritu Santo, no puede percibir el reino de Dios, no puede entrar y pertenecer a él; ni siquiera verlo, porque no es una institución visible, sino una posesión interior, en su manifestación actual. El actual aspecto del reino de Dios es la Iglesia. "Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros" (Lc. 17:20-21). No es posible confundir ni identificar el reino de Dios con ninguna organización eclesiástica; pues aunque ya es una realidad, sin embargo, es asimismo una esperanza para la edad futura, el reino milenario, en el cual Cristo y los creyentes vencedores reinarán sobre todas las naciones.

De acuerdo con la escala de valores, el mundo se interesa por las cosas materiales, las riquezas, las posesiones, el confort, el lujo, los festivales patronales, lo superfluo; pero, por contraste, el Señor dice que es tan importante el reino de los cielos, que nuestro afán debería concentrarse en buscarlo primordialmente, antes que al vestido, la comida, por muy esenciales que sean en nuestro diario existir. Dice la Palabra de Dios que una persona no ha empezado realmente a vivir y a poseer vida eterna y abundante, mientras no pertenezca al reino de Dios. Para ver el reino de Dios es necesario estar ubicado en cierta posición, en una perspectiva espiritual adecuada; hay creyentes que no han ajustado esa posición y su visión es confusa.

¿Cómo se caracterizan los que pertenecen al reino de Dios? Para comprenderlo mejor puedes estudiar todo el Sermón del Monte, en los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio según San Mateo, y en especial en las bienaventuranzas. El Sermón del Monte describe la actual realidad del reino de los cielos, que está en nosotros. Algunos misterios concernientes al reino de Dios los encuentras en las siete parábolas de Mateo 13. Esas parábolas describen la apariencia del reino de los cielos; aspecto que se cumple en la cristiandad nominal actual. La Palabra que proclama el reino y es sembrada en el corazón de los hombres; el enfrentamiento entre las dos simientes: la de la mujer, Jesús, y la de la serpiente, el trigo y la cizaña; en un desarrollo anormal de la apariencia del reino, comienza como la más pequeña de las semillas y se convierte en un árbol grandioso donde anidan las aves del cielo. Es un tesoro escondido, o una perla preciosa y excepcional, que para adquirirla el Señor vende todo lo que tiene y en la cruz compra la tierra, la redime, para obtener este tesoro, la Iglesia, para el reino; y al final habrá una escogencia entre los hombres, entre los malos y los justos para la posesión del reino de Dios, lo cual es de gran gozo. Para entender estas parábolas hay que tener en cuenta que la Iglesia de Jesucristo jamás estará compuesta por la mayoría del mundo, sino por un pequeño remanente redimido; y aun de los redimidos, sólo participarán en el reino milenial los vencedores. En todas las razas de la tierra, incluyendo los judíos, los auténticos seguidores de Dios y de Su Cristo siempre han sido unos pocos. El Señor llama a Su Iglesia, manada pequeña. "No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino" (Lc. 12:32).

El mundo está en abierta oposición al reino de Dios, debido a que el mundo entero está bajo el maligno. Una persona que siga la corriente del príncipe de este mundo no puede poseer el reino de Dios, a menos que sea a través de un nuevo nacimiento; saliendo del mundo y de su oscuridad satánica. Desde el punto de vista objetivo e histórico, ¿por qué el judaísmo y el Imperio Romano determinaron llevar a Jesús hasta la muerte? Sencillamente porque esas dos organizaciones veían en el Señor un peligro para su propia subsistencia estructural. Los representantes legales tanto del sistema religioso del judaísmo como del poder político del Imperio, percibían que si Cristo hubiera sido seguido fiel, firme y masivamente por todas aquellas multitudes que lo asediaban, esas dos organizaciones estaban condenadas a desaparecer. Aunque hace dos mil años empezó con Jesús el reino de Dios en el ámbito de la Iglesia, sin embargo, ha de manifestarse dispensacionalmente; será el reino de mil años como lo describen los capítulos 24 y 25 de Mateo, y la historia sin duda llegará a su culminación, pues es necesario que Dios juzgue a la humanidad y se manifieste eventualmente Su soberanía y Su reino entre los hombres. Los primeros discípulos del Señor también compartían la expectativa del pueblo judío contemporáneo acerca de la instauración del reino en Israel, y convencidos de que el Señor era el Mesías esperado, antes de la eventual ascensión de Jesús al Padre, le plantearon esa pregunta, "Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" (Hch. 1:6). Pero el Señor juzgó que no era oportuno hablarles en ese momento sobre ese tema, pues era algo que sólo el Padre sabía; y más bien que se ocuparan de ser Sus testigos por toda la tierra. Incluso aún después del día de Pentecostés, la iglesia apostólica creía en el inminente retorno del Señor a instaurar el reino de Dios.

El candelero

El Señor Jesús anda en medio de los siete candeleros de oro. El número siete significa la plenitud; es el número que Dios usa para indicar totalidad en Su obra, que El no deja nada incompleto ni quiere nada incompleto; eso simboliza a la totalidad de todas las iglesias locales en todos los lugares y a lo largo de toda la historia, y el Señor Jesús anda en medio de todos los candeleros. Hay que tener en cuenta que cuando esta carta fue escrita se estaba terminando el período de Efeso y en ambos casos, tanto la iglesia en la localidad de Efeso, como el primer período profético de la Iglesia habían empezado a decaer, a deslizarse de ese nivel alto, de esa plenitud a la cual el Señor había elevado a la Iglesia en el día de Pentecostés. ¿Qué significa esa expresión? ¿Qué representa el candelero de oro? En el verso 20 del capítulo 1 nos da la respuesta, cuando afirma:

"El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias".

Eso significa que la iglesia de Jesucristo en cada localidad está tipificada por un candelero, en las cuales El se mueve, como Cabeza que es; el candelero se relaciona con el testimonio. Una iglesia en Efeso, un candelero en Esmirna, otro en Pérgamo, otro en Jerusalén, otro en Valledupar, otro en Bucaramanga, así como otro en Teusaquillo, otro en Usaquén, en el marco del Distrito Capital (*2), etc. En una localidad no puede aparecer más de un candelero. Una sola iglesia en cada localidad, jamás dividida en varios grupos o congregaciones o supuestas "iglesias", porque el candelero que hizo Moisés en el desierto constaba de seis brazos y una caña central, pero era de una sola pieza, pues la caña y los brazos terminaban en sendas lamparillas, que a su vez eran alimentadas por el aceite de un solo depósito y sostenido todo en un solo pie, porque Jesucristo es el único fundamento de la Iglesia. Existe como un solo candelero en la iglesia local, pero la suma de todos los candeleros forman la Iglesia universal; de ahí el número siete, que significa plenitud.

(*2) Valledupar y Bucaramanga son las capitales de los departamentos colombianos del Cesar y Santander, respectivamente. Teusaquillo y Usaquén son localidades de las que integran a Bogotá, Distrito Capital de Colombia, América del Sur.

El candelero estaba dentro del tabernáculo (el Cuerpo de Cristo), pero el candelero en sí es la expresión local del Cuerpo del Señor. En el tabernáculo había un solo candelero, más tarde, en el templo de Salomón había diez candeleros (*3), y eso muestra que los candeleros se están multiplicando; ahora el Señor se dirige a siete candeleros, número de plenitud; y en cada localidad el Señor está estableciendo un candelero, y anda en medio de ellos cuidándolos, alimentando el depósito con más aceite (Su Espíritu), para que no se apaguen y alumbren en medio de la oscuridad del mundo. En el tabernáculo se tipifica la unidad del candelero, en el templo de Salomón la multiplicación de los candeleros, y en Apocalipsis la plenitud. En el candelero está tipificada la Trinidad de Dios: El oro representa la naturaleza de Dios Padre, por ser el oro el metal más precioso. El Hijo es representado en la forma que se le da a esta naturaleza divina, pues Él es la imagen de Dios, y el Espíritu Santo está tipificado en el aceite que alimenta las lamparillas para que alumbren, pues la Iglesia es la luz del mundo (cfr. Éxodo 25:31-40; Mateo 5:14-16; 1 Corintios 12:12). Para eso descendió el Espíritu Santo.

(*3) El 10 es el número de las naciones; significa que la Iglesia es sacada de todas las naciones de la tierra, de todas las etnias, de todas las lenguas, pero es representada por un candelero en cada localidad.

El Señor está edificando Su Iglesia, y en la Biblia, desde el libro de Éxodo, el candelero está relacionado con esa edificación de Dios. El candelero por su estructura es una unidad colectiva. En este tiempo es necesario que los creyentes reciban revelación a fin de comprender este misterio de los siete candeleros de oro, y ver las iglesias locales, las cuales conjuntamente forman la Iglesia universal. No encontramos en el Nuevo Testamento ni un solo versículo en que el Espíritu Santo autorice y permita a los apóstoles edificar "iglesias" de apóstoles en particular, o de misioneros o pastores, o de ninguna otra índole o doctrina, que no sea la iglesia de Jesucristo unificada en cada localidad. Una iglesia local es una iglesia integrada por todos los hijos de Dios en una ciudad, localidad, pueblo, villa, vereda, unidos en actitud inclusiva, en el amor y en la comunión del Espíritu, que tengan por única Cabeza al Señor Jesús, que participen de un mismo pan y que obedezcan un solo presbiterio. La Iglesia no es construida con madera, ladrillos y piedras naturales, sino con piedras vivas, cuya verdadera vida es Cristo.

"Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos" (Fil. 1:1). He ahí una iglesia local normal. A excepción de algunas dirigidas a ciertas personas, las cartas neotestamentarias fueron dirigidas a las iglesias locales, y el libro del Apocalipsis fue escrito para ser enviado a las iglesias locales. Hay mucha desorientación cuando no se comprenden estas cosas. La Biblia no registra otro tipo de iglesia que no sea las iglesias locales. El predicar el evangelio y establecer iglesias locales fue el trabajo que el Espíritu Santo asignó al apóstol San Pablo y su equipo de apóstoles, desde el momento en que fue apartado para la obra en compañía de Bernabé en la localidad de Antioquía, de acuerdo con el contexto de los capítulos 13 y 14 del libro de los Hechos. Cuando el pueblo hebreo recibe la orden de Dios de tomar un cordero por familia para sacrificarlo con motivo de la gran salvación y liberación de la esclavitud egipcia, ese corderito inmolado en la fiesta de la pascua, era una figura perfecta, admirable y magnífica, de Cristo crucificado por amor de nosotros; y el caso es que no fue un solo cordero por toda la congregación de los hijos de Israel, sino un cordero por familia, para tipificar, dentro de los detalles de la gran maqueta veterotestamentaria de la Iglesia, que cada familia comiendo el cordero con hierbas amargas, expresaba la iglesia local alrededor del Cordero de Dios, dentro del marco de la Iglesia de Jesucristo, iglesia unida en cada localidad, reunida en el nombre del Señor Jesús por la comunión del Espíritu Santo. Los israelitas no se reunieron alrededor del cordero con otro pretexto, ni persona, ni objeto, ni mandato, ni centro, ni sistema, ni doctrina, ni ordenanza, ni determinación particular, ni nombre que no fuera el ordenado por Jehová. Cada familia era la expresión local del pueblo de Dios, así como la iglesia de cada localidad es la expresión local de la Iglesia del Señor, y a ninguna familia le fue dado inmolar más de un cordero. Asimismo ahora también en la Iglesia solamente participamos de un pan no fraccionado y dividido, sino un único y mismo pan, para alimentarnos de Él y mantenernos en una santa comunión con Él, porque ese es el testimonio de Dios. La Iglesia de Dios es una; ni un solo hueso del cuerpo del Señor fue quebrado.

Una Iglesia llena de amor

"2Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; 3y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre y no has desmayado" (Apo. 2:2, 3).

Es absolutamente innegable que la profunda experiencia pentecostal de la Iglesia apostólica, la cambió radicalmente, iluminándole el entendimiento a los hermanos acerca de las verdades de Dios; pudieron ver con claridad lo que realmente era el reino de Dios; fueron transformados en verdaderas criaturas nuevas; Dios proveyendo un odre nuevo para que contenga y preserve Su vino nuevo; fueron llenos de poder espiritual, de la autoridad representativa de Dios, sabiduría divina, poder de convicción; fueron confirmados los dones, ministerios y operaciones en el ámbito individual para el servicio corporativo, y empezaron a alumbrar las lámparas comenzando desde Jerusalén. El Señor resalta las buenas obras y virtudes de la iglesia en Efeso; el arduo trabajo, la paciencia, que los movía a difundir las buenas nuevas, a perfeccionar a los santos, a esmerarse por el cuidado de las necesidades de los santos pobres, a fomentar la unidad del Cuerpo y la edificación de la casa de Dios. La iglesia en Éfeso no se descuidaba en el trabajo para el Señor. También era sufrida y paciente. En esos primeros tiempos la Iglesia corporativamente obraba movida por los estrechos vínculos del amor de Dios, del amor ágape, el amor que los creyentes deben sentir los unos por los otros, y la unidad en el Espíritu. Tengamos claro que el Señor siempre nos ama. Lo crucial es que nosotros le amemos a Él, y que ese amor permanezca, que no se desvanezca; cuando nuestro primer amor no se afloja, entonces hay vida, y el amor nos proporciona las condiciones para alimentarnos del árbol de la vida, que es Cristo; y cuando en la Iglesia hay vida, entonces hay luz, la luz del candelero. El asunto está en nosotros, no en el Señor. Cuando la iglesia primitiva se reunía, a menudo celebraban un ágape, en el cual también partían y comían el pan y bebían de la copa en memoria del Maestro, porque Él había ordenado que se hiciera esto hasta que Él volviese. Ellos comían el pan de la unidad, y el Señor quiere que nosotros hoy sigamos participando de aquel mismo y único pan; no un pan fraccionado y sectario, porque hacemos parte de un solo Cuerpo. La Palabra de Dios nos da testimonio de esa unidad de vida y de ese obrar, por la vida del Señor en Su Iglesia.

"32Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. 33Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. 34Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, 35y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad" (Hch. 4:32-35).

Durante el subperíodo apostólico, la Iglesia se caracterizaba por su absoluta obediencia a la voluntad del Señor glorificado. Ya al final de ese período, la Iglesia aún era deseable al Señor, y Dios había encontrado fidelidad y obediencia entre los redimidos, en contraste con la infidelidad y rebelión de las criaturas comenzando en el cielo con Lucero, el querubín protector, quien a su vez había hecho caer en el mismo pecado a toda la humanidad a través de la primera pareja. En la historia, había encontrado Dios un hombre obediente, Abraham, y a través de él formó al pueblo de Israel, pero ese pueblo también le falló. Finalmente la Iglesia le fue obediente, viviendo la comunión del Espíritu, la vida corporativa, de manera que el testimonio de los hermanos constituía en ese tiempo una poderosa influencia por medio de la cual transtornar el mundo. Era una Iglesia laboriosa; todos daban testimonio del evangelio; todos se esforzaban porque estaban llenos del amor de Dios y amaban al Señor y a Su obra, y el Señor se manifestaba con la realización de grandes prodigios y milagros. La Iglesia no tenía faltas; cuando alguien osó incurrir en egoísmo, avaricia y falsedad, inmediatamente cayó muerto. Reinaba el gozo en la comunión y en el cuerpo se vivía el interés por ayudar a los más necesitados, los santos pobres.

En ese tiempo aún la Iglesia estaba integrada en su totalidad por judíos, con la excepción de algunos prosélitos que, como Nicolás el diácono y el etíope eunuco, se trataba de gentiles que inicialmente se habían convertido a la fe de los judíos, y ahora habían creído en el Señor Jesús por la predicación de los apóstoles, como aparece en el libro de los Hechos en el día de Pentecostés (cfr. Hechos 2:10). No obstante estos y otros ejemplos, las declaraciones de las Escrituras y las propias palabras del Señor en sus instrucciones finales, ninguno de ellos podía ni siquiera imaginarse que los gentiles pudiesen llegar a ser admitidos; aún no había sido plenamente revelado el misterio sobre la Iglesia, que "los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio" (Ef. 3:6). Fue conflictivo para muchos de los primeros cristianos tener claridad sobre si la Iglesia se configuraba como una secta más dentro del judaísmo, o una asamblea independiente y distinta. De ahí la razón por la cual el apóstol Pedro necesitase de una visión del Señor y la insistencia del Espíritu Santo para que se sometiera a ir a la casa de Cornelio, el centurión romano, para predicarle el evangelio junto con toda su familia, el cual se registra en el libro de los Hechos como el tercer gentil convertido.

Es necesario aclarar que es comprensible que en los albores de la Iglesia, alguna facción ultra judía, sobre todo de la secta de los fariseos, pretendiera que no podía haber salvación fuera de Israel, y con mucha energía pregonaban que los discípulos gentiles debían observar todas las reglas de la ley judaica, como lo del sábado como día de descanso, circuncidarse, la distinción entre los alimentos limpios y los impuros, etcétera, como medio para justificarse ante Dios. A raíz de esta fuerte controversia, se vio amenazada la unidad de la Iglesia, por lo cual fue necesario que en el año 50 d. C. se celebrase un concilio con los apóstoles y ancianos en Jerusalén, por medio del cual llegaron a un sabio acuerdo, por el momento, bajo la iluminación del Espíritu Santo, pues la ley sólo ata a los judíos, y no a los gentiles creyentes en Cristo. Una parte destacada de los cristianos, entre ellos Pablo, insistían que si los discípulos de Cristo se sometían a observar la ley, despreciaban la gracia de Dios en Cristo y caían de ella, dando muestras de no entender la esencia misma del evangelio (cfr. Hechos capítulo 15 y Gálatas 5:1-6). La Iglesia del Señor Jesús es para toda raza y nación y no exclusiva para los judíos. Era necesario, además, que la Iglesia no pareciera como una de las sectas del judaísmo, o una más de las múltiples religiones que pululaban por todo el imperio romano. No obstante la Escritura registra que el trabajo de zapa de los judaizantes continuó por mucho tiempo en varias localidades como las de la región de Galacia, con las consecuencias que presenciamos incluso en el día de hoy.

Por ser en su mayoría de raza judía los santos de la iglesia en Jerusalén, acostumbraban en ciertas horas del día ir al templo a orar, como lo hicieron Pedro y Juan, sin embargo, es notorio que desde su nacimiento la Iglesia se reunía en las casas para celebrar la Cena del Señor, su reunión principal, como lo consigna Hechos 2:46: "Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón". Ellos fueron iluminados por el Espíritu Santo para comprender que el verdadero templo de Dios es la Iglesia, compuesta por los santos redimidos; que no debían darle importancia a los edificios hechos por los hombres. El diácono Esteban lo explicó delante del sumo sacerdote y los ancianos del Sanedrín de Israel, cuando dijo: "...si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano..." (Hec. 7:48), y esto le valió haber sido apedreado hasta el martirio. Más tarde, pasada una generación, el Señor permitió que el templo de la obsoleta religión judía, fuese destruido totalmente, sin que hasta el momento de escribir estas cuartillas (1997) haya sido nuevamente construido.

En ese ardoroso subperíodo apostólico, quien iba a la vanguardia de la Iglesia del Señor, indiscutiblemente era el apóstol Pedro; defendiéndola, extendiéndola, representado la autoridad y el poder del Señor en todos los frentes del desarrollo de la Iglesia. Este hecho de ninguna manera significa que el apóstol Pedro haya sido papa, o que haya recibido del Señor algún encargo de tipo político o gubernativo. El mismo declara que no fue papa, cuando escribe a los santos expatriados de la dispersión en la región del Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, diciéndoles: "Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo..." (1 Pe. 5:1). Aquí la palabra anciano significa también, y así es traducida en diferentes versiones, presbítero, pastor, obispo; sin que necesariamente se constituyera en el obispo de obispos. El papado es una institución italiana de origen pagano, desarrollado en los albores de la Edad Media, que dista mucho de tener raíces en la Biblia y en la revelación dada por el Señor, de manera que un hombre de la talla espiritual de Simón Pedro, lejos está de haber sido el primer papa romano. Aun entre el tiempo en que vivió Pedro y el inicio del papado en Roma, media alrededor de unos cinco siglos. Estaremos ahondando sobre este tema en el capítulo IV, cuando estemos estudiando el período de Tiatira.

Con el ministerio de Pablo, el apóstol del mundo no judaico y especialmente el mundo helenista, en la segunda mitad del primer siglo, se desarrolló la enseñanza de las grandes y profundas doctrinas y dogmas de la Iglesia cristiana. En su tercer viaje misionero vino hasta Efeso, en donde permaneció por más de dos años enseñando cada día en la escuela de un discípulo llamado Tiranno, constituyendo así a Efeso como centro neurálgico de la obra, cuyos resultados fueron manifiestos no sólo en la iglesia de esa localidad, sino también en la propagación del evangelio por toda la provincia de Asia, en donde estaban ubicadas las siete iglesias de Asia que son objetos de sendas cartas en Apocalipsis, asunto que estamos examinando. Indudablemente en ese tiempo la iglesia en la localidad de Efeso pasaba por un período de gran madurez espiritual, tanto que alrededor del año 64, Pablo, bajo la inspiración del Espíritu Santo, le escribió una de las cartas más profundas que haya podido escribir.

Los apóstoles

De acuerdo con los versículos 2 y 3, la iglesia de Efeso recibe palabras de aprobación del Señor, y uno de los motivos es debido a que ellos probaron en su tiempo a los que se decían ser apóstoles y en realidad no lo eran, sino que habían comprobado que eran falsos. Los hallaron mentirosos, hipócritas, con la apariencia de piedad propia de los maestros relacionados con el gnosticismo, los cuales ya empezaban a contaminar las iglesias con sus errores. También nos indica que además de los doce, el Espíritu Santo ya había constituido otros apóstoles, entre los cuales se camuflaban algunos falsos, para sembrar la confusión y el engaño. ¿Qué significa ser un apóstol? La palabra apóstol viene del griego apóstolos (απόστολος), que significa enviado o apartado para. Conforme a la Palabra de Dios, los apóstoles son los que Dios escoge y envía a fin de que trabajen en Su obra, siguiendo los lineamientos de Su soberana voluntad e iniciativa. Las tres Personas de la Trinidad se han encargado de enviar apóstoles.

El Padre envió a Su propio Hijo, el Señor Jesús, quien fue el primer Apóstol (cfr. Hebreos 3:1). Así como el Padre envió al Hijo, el Señor llama y envía a Sus doce apóstoles al trabajo que Dios ha determinado previamente (Juan 20:21; Efesios 2:10). El Padre los toma del mundo, y siendo de propiedad del Padre, se los da al Hijo, quien a Su vez los envía (Juan 17:6). De manera que la primera y más importante característica de un verdadero apóstol de Jesucristo, es que no es voluntario; no se ha hecho apóstol por su propia voluntad, sino que es enviado por Dios. Ahí tenemos el ejemplo en los doce que el Señor escogió, pues ni aun Matías, el que reemplazó a Judas Iscariote, se ofreció voluntariamente, sino que el Espíritu Santo lo confirmó, según Hechos 1:15-26.

El Señor Jesús ascendió al Padre, pero envió al otro Consolador, al Espíritu Santo, quien desde ese tiempo retomó la responsabilidad de nombrar a otros apóstoles con el encargo de continuar con el trabajo de la obra de Dios iniciada por el Señor y los doce, en la edificación y crecimiento del Cuerpo. Existen algunas escuelas de pensamiento en el campo teológico que sostienen que fuera de los testigos de la resurrección del Señor, no hay más apóstoles; pero de acuerdo con la Palabra del Señor, por ejemplo los versos 11 y 12 del capítulo 4 de Efesios, los sucesores de los doce son ministros de la edificación del Cuerpo de Cristo, asunto este que nos lo enseña claramente también la Palabra en Hechos 13:2 y siguientes, cuando el Espíritu Santo aparta y envía a Saulo y a Bernabé a la obra del Señor, y a quienes también se les llama apóstoles (Hechos 14:4,14). Los ministerios de Efesios 4:11, incluido el apostolado, existen y existirán en la Iglesia del Señor, para el trabajo de capacitación y perfeccionamiento de los santos, a fin de que todos nos ocupemos en "la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo" (Ef. 4:12-13). No debemos ignorar que el Señor está trabajando para que esa unidad se perfeccione y se refleje en nuestro tiempo. Ahora bien; en el libro de los Hechos de los Apóstoles, así como en las cartas del apóstol Pablo, encontramos a menudo evidencias de que el Espíritu Santo había constituido a muchos otros hermanos como obreros de Dios, enviados a efectuar la obra a la que El previamente los había llamado; pero el asunto es que empezaron a aparecer falsos apóstoles, que incluso recorrían las iglesias de la obra, entre los cuales es posible que se encontraran los judaizantes, quienes pretendían que los santos procedentes de los gentiles, se esclavizaran a guardar ciertos ritos de la ley judía como la circuncisión y el observar las fiestas religiosas judías; esto, además de pervertir el evangelio de Cristo, produjo perturbación entre ellos, ya que, como es de suponer, denigraban de Pablo, diciendo que no era un auténtico apóstol, según ellos, porque no hacía parte de los doce y alegaban que Pablo no predicaba el legítimo evangelio. Con base principalmente en esas consideraciones, Pablo escribió la epístola a los Gálatas, y por otro lado hace la defensa de su apostolado en los capítulos 11 y 12 de la segunda epístola a los Corintios.

"13Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. 14Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. 15Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras" (2 Co. 11:13-15).

De acuerdo con el contexto de los capítulos 11 y 12 de la segunda epístola del apóstol San Pablo a los Corintios, falsos apóstoles los hubo desde la iglesia primitiva, y que al ser falsos no son enviados por Dios sino que son ministros de Satanás; y ahí confirma que sus características principales, entre otras, por las cuales se pueden detectar, es que se glorían en la carne, se enaltecen en sus conocimientos, se engríen en sus posiciones; que desean ser exaltados y glorificados, muchas veces predicando un evangelio diferente; más que al hombre, buscan lo que tiene el hombre; prefieren más recibir que dar, y ser atendidos y regalados; destacan su necedad; les gusta esclavizar a los santos, imponiéndoles cargas doctrinales y económicas que ellos mismos no pueden soportar; los devoran, y es tan fuerte todo eso, que los tratan como si les dieran de bofetadas. La iglesia primitiva, por lo menos en su etapa apostólica, supo descubrirlos a tiempo, y eso fue encomiado por el Señor.

1. Éfeso (2a. parte)

Por Arcadio Sierra Díaz - 23 de Abril, 2007, 17:55, Categoría: General

É F E S O

(2a. parte)

Herejías tempranas

Dentro de la actividad de los falsos apóstoles bien puede tenerse en cuenta la difusión de errores doctrinales y herejías para confundir a los santos. Antes que terminara el primer siglo, ya algunos estaban negando que Cristo hubiera venido en carne, ya prefigurando movimientos herejes con las ideas y principios relacionados con el judaísmo, el docetismo y el gnosticismo. En su obra "La Refutatio", Hipólito de Roma (el primer llamado antipapa) refuta las ramas filosóficas griegas que dieron origen a herejías. Dice el hermano Witness Lee que "el enemigo, Satanás, ha usado tres puntos principales para dañar la Iglesia: la religión judía, la filosofía griega y la organización humana. Estas son las fuentes principales de las divisiones, la ruina y la corrupción de la Iglesia" (WITNESS LEE, La Historia de la Iglesia y de las Iglesias Locales. Living Stream Ministry, 1991, pág, 8). Aquí solamente nos limitaremos a exponer sucintamente las principales herejías que se perfilaban en contra de la unidad de la Iglesia, de la doctrina de los apóstoles y de la prístina verdad de la Palabra de Dios en el período de Efeso, y que en el segundo siglo fomentaron mayores fuentes de división.

Ebionitas

Es difícil describir con objetividad lo relacionado con los ebionitas. A manera de ilustración anotamos la existencia de una línea de opinión que nos enseña que se trata de una secta integrada por los seguidores de Ebión, judío de Samaria del siglo I, que negaban la filiación divina de Jesús, considerándolo un mero hombre, un profeta, un vocero de Dios, como lo eran los grandes profetas hebreos del pasado, de extraordinaria sabiduría y poder, adoptado por Dios; que negaban el nacimiento virginal, y que sólo aceptaban el evangelio de Mateo, al cual consideraban dirigido a los hebreos, y aun de él suprimían algunos capítulos. La copia que ellos usaban de este evangelio tenía ciertas desviaciones típicas ebionitas, como la de que Jesús era hijo de José y María. Una de las columnas de la Hexapla de Símaco, líder ebionita, era esta versión del evangelio de Mateo.

Por otra parte se dice que Ireneo utilizó por primera vez el término ebionitas para referirse a unos judeocristianos que vivían al este del Jordán. También es probable que ese nombre, ebionita, se derive del hebreo ebyon (pobre) y que guarda alguna relación de origen con la iglesia de Jerusalén anterior al año 70 d. C., la cual se trasladó a Pella, ciudad gentil al este del Jordán, y allí sobrevivió por algún tiempo, atendiendo a la recomendación del Señor Jesús en Mateo 24:15-18. Algunos observan que con el discurrir del tiempo, sus descendientes, por falta de contacto con el resto de la Iglesia, concibieron algunas ideas heterodoxas acerca de la encarnación. Hay que tener en cuenta que dentro de los cristianos que salieron de Jerusalén había un grupo de hermanos que hacía parte de los fariseos relacionados con el sínodo de Hechos 15, que pretendían obligar a los cristianos gentiles a guardar la ley.

Pero se puede afirmar que los ebionitas hacían parte de esas minorías de judaizantes que se aferraban a que los discípulos de Jesús deberían quedar dentro del redil judaico. Los ebionitas estaban como se dice, entre la espada y la pared porque eran considerados por los judíos como apóstatas, y a lo mejor, por su actitud cerrada y exclusivista, no eran muy bien vistos por los cristianos gentiles. Curiosamente, una facción de la iglesia local de Jerusalén, liderada por Jacobo, hermano del Señor Jesús, tendía hacia este punto de vista dentro del proceso de judaización y el esclarecimiento de los fundamentos cristianos. Destacamos que Jacobo llamaba Señor a Jesús. Los ebionitas repudiaron a Pablo, declarándolo apóstata de la ley, lo mismo que a sus escritos por cuanto sus epístolas reconocían a los gentiles como cristianos (cfr. Hechos 21:17-27). Pero probablemente a raíz de las enseñanzas de Pablo y a la epístola a los Gálatas, llegaron a comprender que las prácticas del judaísmo no eran obligatorias para los cristianos gentiles. Algunos escritores los mencionan como nazarenos, y entre ellos hubo escritores que afirmaban que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios, y que Sus enseñanzas eran superiores a las de Moisés, pero que los cristianos judíos debían observar las leyes judaicas relativas a la circuncisión, la observancia sabática, y los alimentos. Algunos de ellos aceptaban el nacimiento virginal de Jesús, pero otros, tal vez los "ebionitas gnósticos", propagaban la doctrina de que el Señor era Hijo de José y María, que al bautizarse, fue cuando el Cristo descendió sobre el hombre Jesús en forma de paloma, proclamando luego al desconocido Padre, pero que el Cristo, quien no debía sufrir, se alejó de Jesús antes de Su crucifixión y resurrección. Del ebionismo surgieron varias ramas heréticas que alimentaron el unitarismo y alguna variedad del gnosticismo.

Otros datos acerca de los ebionitas se encuentran en la historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea. Son de corte ebionita algunos escritos primitivos como los llamados evangelios apócrifos de los ebionitas y nazarenos, y las llamadas Homilías Pseudoclementinas (atribuídas a Clemente de Roma). Estos documentos dieron pie a la escuela modernista de Baur de Tubingia, para su interpretación dialéctica del cristianismo primitivo. Sin lugar a dudas, los modernos "mesiánicos" son los abanderados de las ideas ebionitas.

Docetismo

El docetismo, palabra que viene del griego doceiko, "apariencia", dokeo, "parecer", consistía en la opinión de que Jesucristo, el Hijo de Dios, realmente no se hizo carne, sino que sólo pareció hacerlo; que no es verdadero hombre, sino en apariencia, negando así la encarnación y, por consiguiente, la expiación y la resurrección. Por Eusebio sabemos que Cerinto, hereje docetista y gnóstico de Asia Menor, fue en Efeso un opositor del apóstol Juan. De ahí que Juan enfatice reiteradamente las palabras carne y sangre escribiendo contra esta herejía, y declare que "todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo" (1 Juan 4:3). El origen de esta herejía está en una mezcla de la filosofía griega con las religiones orientales. Ignacio de Antioquía hace mención de esta herejía, anotando: "...y los sufrió verdaderamente, así como verdaderamente se resucitó a sí mismo, no según dicen algunos infieles, que sólo sufrió en apariencia. ¡Ellos sí que son la pura apariencia! y, según como piensan, así les sucederá, que se queden en entes incorpóreos y fantasmales" (IGNACIO DE ANTIOQUIA, Carta a los Esmirniotas, II,1, BAC,1985).

Cerinto, con sus principios gnósticos, enseñaba que el mundo no había sido creado por el único y supremo Dios, sino por un demiurgo. Negaba que la persona del Señor Jesús fuese a la vez divina y humana. Decía que Jesús había sido sólo un hombre común y corriente al cual, en el acto del bautismo en el Jordán, en el momento en que descendió el Espíritu Santo en forma de paloma, fue cuando descendió el Cristo espiritual, el Logos o Verbo divino, y con base en estas premisas lo que seguía era negar la encarnación del Verbo y desvirtuar de paso Su crucifixión, afirmando que en la crucifixión solamente habría sufrido Jesús, el humano, pues Cristo, como Dios, era impasible y no podía padecer. También hay corrientes gnósticas que afirman que el Verbo divino volvió al hombre Jesús en la cruz, cuando exclamó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?". El apóstol Pablo contradijo también la herejía de Cerinto en la epístola a los Colosenses, al igual que el apóstol Juan, tanto en su evangelio como en la primera epístola. Las Escrituras dicen que "el Verbo fue hecho carne", y eso significa que la preexistente Persona divina del Hijo estaba con el Padre desde antes de la fundación del mundo, que es consustancial con el Padre y de su misma esencia, porque en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios, y aquel Verbo se hizo carne.

En la formación y desarrollo de estos errores, tuvo mucho que ver la filosofía griega. De acuerdo con el pensamiento helenista, sobre todo por los principios del platonismo y neoplatonismo, había una rígida separación entre el espíritu y la materia. Contrastando con la tradición judaica, y en particular con las enseñanzas del Señor Jesús, esas disciplinas filosóficas consideraban la materia, incluyendo la carne, como mala, y el puro espíritu como bueno, de donde concluían que el hombre debía emancipar su espíritu de la contaminación de la carne, lo que generó conflictos con las enseñanzas de la encarnación y la crucifixión. También se refleja un gran daño en la posterior aparición del ascetismo y el pseudomisticismo, que no son otra cosa sino rudimentos del mundo.

"20Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos 21tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques 22(en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? 23Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne" (Col. 2:20-23).

Gnosticismo

Movimiento filosófico-religioso surgido en tiempos de la Iglesia primitiva, compuesto de diversas sectas y alimentado en una gran variedad de manantiales, como las filosofías griegas y corrientes religiosas de tipo orientalista, armas con las cuales Satanás quiso destruir la Iglesia del Señor desde sus raíces. El gnosticismo recibió contribuciones del dualismo órfico y platónico, dualismo persa, las religiones de los misterios, la astrología mesopotámica y la religión egipcia. Es probable que haya tenido su origen en Asia Menor, que algunos consideraron como un foco de ideas fantásticas de la mente de griegos místicos y desequilibrados. Pero hay consenso en la opinión de que un personaje prominente en la creación del gnosticismo, es Simón el Mago. La Palabra de Dios en el libro de los Hechos de los Apóstoles afirma que Simón ejercía la magia en Samaria antes de profesar su conversión, pero se registra asimismo que fue acusado por Pedro de haber querido comprar el poder de dar también el Espíritu Santo al imponer las manos. De acuerdo con una tradición se tiene conocimiento de que Simón fue el iniciador de algunas derivaciones espurias del cristianismo.

El gnosticismo es un movimiento altamente sincretista, y entre los sistemas filosóficos griegos, fue el platonismo el que más influyó para dar un barniz intelectualoide a ese fenómeno del gnosticismo; y el neoplatonismo fue la base para la unión de la filosofía con la religión, con el resultado de que la religión empezó a ser enseñada saliéndose de los esquemas puramente religiosos, envuelta en mitos de origen pagano. También tienen raíces en el panteísmo estoico, lo cual está relacionado con los espíritus del mundo, o elementales del cosmos, todo lo cual encuadra con la llamada "nueva era". Su nombre se origina por la pretensión de ellos de decir que poseían una gnosis o conocimiento secreto sobre el origen del universo y el destino del hombre. Enfocan su no bien definida doctrina a través de una cosmogonía que enseña que el mundo es el resultado de la intervención del Demiurgo (algunos lo identifican con el Dios del Antiguo Testamento) de rango inferior al Ser Supremo (el Dios del Nuevo Testamento). Enseñando asimismo que entre el Ser Supremo y el mundo material intermediaban una serie escalonada de entidades (eones) que emanaban de Él, entre los cuales estaban los arcontes o poderes demoníacos que habitaban los planetas, y quienes gobernaban el universo. Esto tiene que ver mucho con la astrología y la gran mentira de los horóscopos, pues ellos enseñan que los hombres, en tanto que permanecen en este mundo, están sometidos a los planetas, o sea, a los arcontes. Todo esto, como es de suponer, para echar por tierra todo lo relacionado con la salvación por medio de Jesucristo.

Los gnósticos sostienen que los hombres solamente pueden salvarse de su miserable condición mediante la Gnosis o conocimiento de su verdadera naturaleza; una especie de luz mística interna. Que ese conocimiento es superior a la fe sencilla de los creyentes. Entonces, ¿quién es Cristo para los gnósticos? Para ellos el Señor no es el Unigénito de Dios, el Verbo Eterno, sino apenas uno de los eones más conspicuos de la Divinidad absoluta, una de esas emanaciones de Dios, una especie de fantasma, afirmando que vino a salvar a los hombres no con Su sacrificio expiatorio, sino a través del conocimiento (gnosis) que nos trajo de parte de Dios. La filosofía gnóstica se basaba en la distinción moral de los griegos entre materia y espíritu, considerando así que la materia era intrínsecamente mala, y por tal razón, no podía concebirse una auténtica encarnación del Verbo, sino aparente. Lo mismo que afirmaba Cerinto, pero con otras palabras u otro enfoque. La carta de Pablo a los Colosenses es decisiva para rebatir las doctrinas gnósticas, este espantoso engaño, y en donde se insiste con mucha claridad en la divinidad esencial de Cristo.

"12...con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; 13el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, 14en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. 15Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. 16Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. 17Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; 18y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; 19por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, 20y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz" (Col. 1:12-20).

"3...en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. 4Y esto lo digo para que nadie os engañe con palabras persuasivas. 5Porque aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu estoy con vosotros, gozándome y mirando vuestro buen orden y la firmeza de vuestra fe en Cristo" (Col. 2:3-5).

También por los escritos del apóstol Juan nos enteramos que en las iglesias primitivas hubo muchos cristianos de tendencia gnóstica entre los cuales había señaladas manifestaciones de falsos dones carismáticos, hasta que fueron expulsados de la comunidad cristiana por herejes. Otros se organizaban en congregaciones aparte, con sus peculiares ritos, incluso hasta asemejar clubes de misterios, tan comunes en el Imperio Romano, provenientes a su vez de misterios anteriores, griegos, egipcios y mesopotámicos. Pero Juan nos advierte:

"1Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. 2En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; 3y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo. 4Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo" (1 Juan 4:1-4).

La gnosis es una amalgama de creencias y dogmas de origen orientalista bajo un barniz bíblico. Afirman que el sentido alegórico de la Escritura es más importante que el literal, por lo cual sólo puede ser entendida por una élite de "iniciados", es decir, los que poseen esa iluminación especial de que hablan. Han incorporado tradiciones esotéricas como la metempsicosis o transmigración de las almas, que no es otra cosa que la falsa doctrina llamada reencarnación. También incluyen la astrología babilónica, el dualismo persa, la cábala judía, y el hermetismo de Hermes Trimegisto de Egipto. Se dice que el maniqueísmo fue prácticamente una secta gnóstica. El historiador cristiano Eusebio de Cesarea, en su Historia Eclesiástica, nos dice que en los albores del cristianismo hubo muchos cristianos de tendencia gnóstica o abiertamente gnósticos, dentro de los que se cuentan Cerinto (de Asia Menor, siglo I); del siglo II tenemos a Basílides (de Alejandría), Bardesanes, Valentino (de Alejandría), Marción (del Ponto), Ptolomeo y Heracleón (154-180), discípulo de Valentino. Pero esa información la obtiene Eusebio de los tratados dejados por Ireneo, quien escribió sus obras Contra los herejes (Adversus Hæresus), para refutar las desviaciones gnósticas y defender la pureza del depósito dejado por el Señor.

Otros que en su oportunidad se opusieron al gnosticismo fueron Tertuliano con sus obras La Prescription y Contra Marción, Hipólito de Roma con su obra La Refutatio, y Epifanio de Salamina, cuya obra clave fue "Panærión". En los siglos posteriores, el gnosticismo llegó a tomar tanta fuerza, que hasta Clemente de Alejandría fue influido en el pensamiento por algunos de sus postulados. En la práctica, los gnósticos son antinomianistas por excelencia. El antinomianismo (*4) tiende a sacar consecuencias falsas de Romanos 6:15. Ahora estamos bajo la gracia, pero eso no significa que nos es permitido desobedecer la ley. No nos salvamos por cumplir la ley, sino que la cumplimos por la gracia del Espíritu que mora en nosotros.

(*4) Antinomianismo viene de anti, contra, y nomos, norma, ley. Herejía de los que se oponen a la ley. Pero el antinomianismo es lo puesto a la herejía del legalismo; es decir, convertir en libertinaje la gracia.

El amor es sufrido y paciente

La Palabra declara enfáticamente que Dios es amor, un amor sublime que se revela en Su Hijo, Jesucristo, y que consiste en darse a Sí mismo totalmente, y el ideal de la Iglesia se encamina a la plena expresión y realización de este amor en cada uno de los santos, y asimismo corporativamente. Cuando la Iglesia es impulsada por este amor, en la unidad y la vida en el Espíritu, nada la detiene para el cumplimiento de la obra de Dios, ni aun la persecución. La iglesia, desde sus primeros días en Jerusalén, fue objeto de persecución y sufrimiento, cárceles y martirios. El libro de los Hechos narra con lujo de detalles los padecimientos de Pedro y Juan y la gran persecución que se desató en el tiempo en que dirigentes religiosos como Saulo de Tarso persiguieron a los santos; como el caso del primer mártir, el diácono Esteban. Más tarde, el mismo Saulo, convertido ya en el apóstol Pablo y en nueva criatura, fue objeto de mucho sufrimiento, pues desde el primer viaje recibió en su carne los embates de la violencia, a tal punto que en la ciudad de Listra lo apedrearon con tanta saña, que le arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto. A causa de la persecución, muchos creyentes fueron esparcidos por diferentes ciudades y pueblos, pero a donde quiera que iban, predicaban el evangelio y establecían la iglesia en cada localidad: Damasco, Samaria, Antioquía, Jope, Cesarea. La iglesia primitiva era sufrida y tenía paciencia porque estaba llena del amor de Dios. Esa es la máxima prueba del poder espiritual.

En este campo se destaca también el caso de Jacobo, hermano de Juan, quien en el curso de una persecución en la cual también encarcelaron al apóstol Pedro, fue muerto a espada en Jerusalén por orden del rey Herodes Agripa I, nieto de Herodes el Grande, quien a su vez murió comido de los gusanos sentado en su tribunal, en el año 44 d. C. (cfr. Hechos capítulo 12.). No debe confundirse este Jacobo con el hermano del Señor, que se dice fue el primer dirigente de la iglesia en Jerusalén, y que fue muerto por orden del sumo sacerdote Anán en el año 62, conforme lo afirma Flavio Josefo, cuando dice: "Siendo Anán de este carácter, aprovechándose de la oportunidad, pues Festo había fallecido y Albino (el nuevo procurador romano) estaba en camino, reunió el sanedrín. Llamó a juicio al hermano de Jesús que se llamó Cristo; su nombre era Jacobo, y con él hizo comparecer a varios otros. Los acusó de ser infractores a la ley y los condenó a ser apedreados" (FLAVIO JOSEFO, Antigüedades de los Judíos, CLIE, Tomo III, libro XX, capítulo IX,1). Una de las primeras y más famosas persecuciones fue la desatada por Nerón, el peor y más cruel de todos los emperadores romanos. Se dice de él que para desvirtuar el rumor de que había mandado a incendiar a Roma, culpó de ello a los cristianos, pues eran acusados por sus contemporáneos de odio hacia la raza humana. Muchos gustaron el martirio despedazados por los perros después de haber sido envueltos en pieles de animales; otros fueron crucificados, o envueltos en llamas, como antorchas vivas, para iluminar un circo en los jardines privados del emperador, que hoy son el asiento de los palacios del Vaticano. Hay una tradición que dice que el apóstol Pablo fue decapitado en la misma ciudad en el año 64 d.C., por órdenes de Nerón. No obstante que sobre el apóstol Pedro se ha venido afirmando que fue decapitado en Roma en el año 67 d. de C., también por orden de Nerón, no hay evidencia bíblica que diga que él estuvo en Roma.

Éfeso se desliza

"4Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. 5Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido".

Al analizar la iglesia histórica en la ciudad de Efeso, simultáneamente lo estamos haciendo con la condición del período profético correspondiente a los albores de la Iglesia del Señor, y tenemos delante de nosotros una Iglesia enamorada del Señor, de Su obra; una Iglesia en perfecta comunión en el Espíritu, llena de amor por el Señor y hacia los hermanos, viviendo en la unidad en el Espíritu; aún estaba lejos de perderse la vida corporativa de la Iglesia y la obediencia absoluta a la voluntad de Dios; una Iglesia llena de gozo en la comunión de los santos y la vida interior; un período en el cual había un solo candelero en cada localidad y se vivía la unidad de la iglesia local; se conservaba fresco el odre nuevo que Dios había provisto para Su vino nuevo; se vivía el señorío de Cristo, el kyrios (Κριος), la autoridad espiritual y el apostolado.

Pero después de la muerte del apóstol Pablo, empezó a cernirse sobre la Iglesia lo que algunos suelen llamar "la edad sombría"; ora por las continuas persecuciones, ora por el vacío de información sobre ese período subapostólico. Mas lo verdaderamente sombrío radica en que la Iglesia empezó a deslizarse, a decaer; el primer amor se fue enfriando en la segunda generación, y del avivamiento inicial no quedaba sino las obras, pues a menudo puede darse el caso de que haya mucha actividad sin que realmente se ame al Señor, y al Señor lo que le agrada es el trabajo de nuestro amor, porque "si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy" (1 Co. 13:2). Más le interesa al Señor que se le ame y se le obedezca, que el afán excesivo de hacer muchas cosas externas, en las cuales a veces se ufana la carne y se infla el ego. Eso viene a constituir una traición al Señor. El Señor no quiere que le hagamos nada sin amor; Él quiere nuestro corazón; que le amemos más a Él que a Su obra. Unos treinta años antes, el apóstol Pablo les había escrito a los hermanos de Éfeso: "1Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, 16no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones" (Ef. 1:15,16). Cuando una iglesia local no mantiene el testimonio de Dios en el mundo, su candelero es quitado. Efeso cayó de su nivel original y fue bajando tanto que le fue quitado el candelero de su lugar hasta que dejó de ser una ciudad cristiana para convertirse en un centro musulmán. En Apocalipsis, no hay palabras que indiquen que el candelero de Éfeso había de continuar existiendo hasta la segunda venida del Señor Jesús. Igual sucede con Esmirna y Pérgamo. Ese período histórico-profético corre con la misma suerte de la ciudad de Efeso, cuya importancia se perdió en los anales históricos, y en el lugar que ocupó se levanta hoy una aldea turca.

Al deslizarse, la Iglesia empezó a dejar su primer amor. ¿Cuál es ese primer amor? No puede ser el amor del cuerpo, el erótico, biológico y carnal, que viene del griego eros; tampoco puede ser el amor entre esposos, ni entre los hermanos, entre amigos, el afectivo, del alma, del griego psiqué, sino el amor derivado de una tercera palabra griega, agape (αγάπη) y ésta de agapao (amar), la clase de amor manifestado por Dios en Cristo, y por Cristo al darse a sí mismo. Agape designa el amor que los creyentes sienten por Dios, y los unos por los otros. El amor es uno de los dones más excelentes que nos ha dado el Señor. Al hablar del primer amor, la palabra griega que se traduce primer es la misma que en otros textos se traduce mejor, como en Lucas 15:22. De modo que debemos amar al Señor con lo mejor y más excelso de nuestro amor. Recuerda, reflexiona, de dónde has caído; vuelve en ti, como el hijo pródigo (Lucas 15:17).

En la Iglesia primitiva, y se da noticia de esto sobre todo en Jerusalén y Corinto, la Cena del Señor ocupaba un lugar prominente en la vida común de la Iglesia; y la Palabra deja entrever que había una comida o cena fraternal, el ágape, o "fiesta del amor", que los primeros cristianos celebraban juntos antes de la Cena del Señor. Es posible que Pablo mismo las hubiese fomentado en la iglesia de la localidad griega de Corinto, a juzgar por el contexto de 1 Corintios 11:17-34. Ignacio de Antioquía y la Didache mencionan esta comida en relación con la santa cena, a pesar de que Pablo había indicado ya que no formaba parte de la ordenanza que el Señor Jesús instituyó, sino que al contrario era susceptible de abusos que debían ser evitados. A estas comidas cada uno traía sus propios alimentos y bebidas, y los mejor aprovisionados no solían compartir con los hermanos que traían poco o nada. Desafortunadamente, y para pena de Pablo, con el tiempo surgieron abusos graves en estas fiestas, porque a raíz de lo anterior se fomentó en ellas la glotonería, inmoralidad, y algunos se iban borrachos y otros, por contraste, se iban con hambre. Como si empezaran las disputas entre los ricos y los pobres en el seno de la Iglesia del Señor. A fines del siglo I se celebraba ya la cena del Señor sin ser precedida por ninguna comida.

"20Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. 21Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga. 22Pues qué, ¿no tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen nada? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo. 27De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. 28Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. 29Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. 30Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. 31Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; 32mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo. 33Así que, hermanos míos, cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros. 34Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio. Las demás cosas las pondré en orden cuando yo fuere" (1 Co. 11:20-22, 27-34).

"Estos son manchas en vuestros ágapes, que comiendo impúdicamente con vosotros se apacientan a sí mismos; nubes sin agua, llevadas de acá para allá por los vientos; árboles otoñales, sin fruto, dos veces muertos y desarraigados" (Jud. 12).

Es más probable que el texto de 2 Pedro 2:13 sea "engaños" en vez de "ágapes" en algunas versiones, no obstante el contexto habla siempre de comilonas. Precisamente debido a estos abusos fue desapareciendo la fiesta, al menos como celebración al lado de la Cena del Señor. Sin embargo, se ha ido recuperando entre algunas agrupaciones cristianas, como entre los hermanos Moravos en el siglo xviii, de donde Juan Wesley la introdujo a los primeros metodistas, particularmente entre pequeños grupos. Hoy se practica de manera especial en las iglesias del Señor de cada localidad ya recuperadas y no vinculadas a organizaciones denominacionales, el candelero en cada localidad. "Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos" (Cantares 8:7).

La iglesia en la localidad de Efeso llegó a crecer hasta alcanzar un alto grado de madurez espiritual y fidelidad al Señor. Pablo le dedicó suficiente tiempo de su ministerio, ocupado principalmente en enseñar en la escuela de la obra, y más tarde, desde su prisión, le llegó a escribir una de sus más profundas epístolas, en donde se ocupa de algunos misterios y revelaciones relacionadas con la persona de Cristo, y de la Iglesia como casa de Dios. Esa carta carece de reprensiones, no se necesitaron en su momento. Pablo se interesó mucho por la obra del Señor entre los efesios, y durante su última visita por la región, en vista de que no podía llegar hasta Éfeso, desde Mileto mandó llamar a los ancianos de la iglesia, y entre otras cosas les dijo: "28Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. 29Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. 30Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos" (Hech. 20:28-30). A finales del siglo primero, cuando el anciano apóstol Juan escribía las visiones del Apocalipsis en Patmos, la iglesia de Efeso había caído de su posición original.

Es ilustrativo el caso de la iglesia en la localidad de Corinto. Tanto había degradado la Iglesia en la pérdida de su primer amor, que encontramos en Corinto una muestra muy diferente a la de su posición original en Jerusalén. Hasta oídos de Pablo llegó la noticia de la situación de la iglesia de Corinto en Grecia, a tal punto que en el año 55 d. C, desde Efeso les escribe la que se conoce como la primera epístola a los Corintios, en la cual el problema que aboca primero es el amago o intención de división que se cernía sobre esa iglesia local. "10Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. 11Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. 12Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo" (1 Co. 1:10-12). Estaba amenazada la unidad de la iglesia, y la causa era la falta de amor entre los hermanos. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. En el verso siguiente Pablo les dice: "¿Acaso está dividido Cristo?". De acuerdo con el contexto de la carta, eso estaba ocurriendo allí sencilla y llanamente por la carnalidad y falta de madurez de los hermanos, pero concretamente el mal se originaba por la falta de amor, como se los aclara en el capítulo 13.

En tiempos en que Clemente de Roma les escribe su epístola a los Corintios, ya se había protocolizado otra división en esa iglesia (CLEMENTE DE ROMA, Epístola a los Corintios XLVII:1-7). La Palabra de Dios no autoriza sino que condena enfáticamente toda insinuación siquiera de división en Su Iglesia, porque eso destruye la unidad de Su Cuerpo. No hay siquiera indicios en la Palabra de Dios de que los diferentes y legítimos equipos apostólicos del primer período de la Iglesia, o algunos de los apóstoles a título personal, pretendieran constituir "misiones" cismáticas y denominaciones, que fuesen ejemplos de prototipos y patrones para legitimar las divisiones de los últimos siglos. Aunque el Señor Jesús le diera poca atención a una organización permanente y a la institución de un gobierno central, es innegable y bíblica la realidad de la comunión apostólica y el amor fraternal de los santos desde los albores de la Iglesia. El ideal propuesto por el Señor para Su Iglesia en el Nuevo Testamento fue el de la unidad inclusiva.

A renglón seguido, el Señor conmina a la iglesia de Efeso a que recuerde de dónde cayó, cuál era el nivel que ocupaba al principio, que mire la causa por la cual se deslizó, que mire todo lo que se había perdido; trata de ayudarla a volver a esa posición primigenia, pues ya empezaban a verse ciertas consecuencias negativas. El candelero tiene un depósito, y ese depósito estaba empezando a perderse. El libro de los Hechos de los Apóstoles y las epístolas de Pablo y los apóstoles dan testimonio del estado original de ese depósito dejado por el Señor para Su Iglesia. El Señor invita a la iglesia a que se arrepienta y a que haga las primeras obras, las obras en amor, pues todo lo que se hace sin amor no sirve de nada. La invita a que vuelva a serle fiel; se pueden hacer muchas cosas sin serle fiel al Señor, y sin tener en cuenta que Cristo es el Señor, el que debe ordenar las cosas conforme Su voluntad. Se pueden estar haciendo muchas cosas en la Iglesia sin que necesariamente esté interviniendo el Señor. En caso de que la iglesia no se arrepintiese, el Señor procedería a quitar el candelero de Efeso. Esa iglesia sería disciplinada por el Señor, pues el candelero es la iglesia, y el Señor está en medio de los candeleros. Sin la presencia del Señor, del Espíritu Santo, no puede haber luz en el candelero, y en esa forma no se puede hacer la obra de Dios ni dar el testimonio de Su presencia. Históricamente lo primero que empezó a perderse en la Iglesia del Señor fue el primer amor. A menudo descuidamos el amor al Señor por amar Su obra, en lo cual hay el peligro de confundir los términos, y en vez de tenerla por "Su obra", nos tienta el pensar que es "nuestra" obra, y empieza la carne a requerir alabanzas. ¿Para qué quiere el Señor una gran obra pero sin amor? Si abandonamos el primer amor al Señor, es inevitable que sobrevengan las degradaciones. Sin amor no hay vida, y sin vida no hay luz. El Señor no quiere que Su novia no lo ame, ni que esté muerta, caminando en tinieblas.

En la medida en que finalizaba el período apostólico, se iban sazonando en el panorama judío algunos hechos que cambiarían por mucho tiempo la historia del pueblo terrenal que Dios escogió para manifestarse y bendecir al mundo, trayendo consigo consecuencias que repercutirían también en la Iglesia. No mucho después que la Tierra Santa sucumbiera bajo el dominio del Imperio Romano, en el año 42 a.C., empezó a surgir un fuerte resentimiento entre los judíos en contra de Roma, en forma tal que una generación después de la crucifixión del Señor Jesús, aquel odio maduró tanto, que degeneró en una estruendosa sublevación en el año 66 d.C., que trajo como resultado la destrucción de ciudades y enormes matanzas por parte de las tropas romanas al mando del general Vespasiano, quien fue llamado a Roma para ocupar el trono imperial, dejando al frente del ejército en Palestina a su hijo el general Tito. Como las cosas empeoraban, después de un prolongado sitio, finalmente, en el año 70 d.C., ocurrió la destrucción de Jerusalén y del templo judío, bajo el mando de Tito, cumpliéndose así lo dicho por el Señor: "¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada" (Mat. 24:2). Esta profecía del Señor advirtió a los hermanos, para que pudiesen salir a tiempo de la ciudad, antes que sucumbiera, y este hecho sirvió para que se rompiera toda relación entre el judaísmo y la Iglesia, pues en los primeros años, en el Imperio Romano tenían a la Iglesia como una secta más de la religión judía. La voluntad del Señor fue la de que se estableciera una clara diferenciación entre Israel y Su Iglesia; que no se confundiera el tipo de la adoración con la adoración misma, ni la sombra de las cosas con la realidad misma. La nación de los judíos fue destruida, hasta el día 15 de mayo de 1948, fecha en que se produjo su restauración como el moderno estado de Israel.

La intención inicial del general Tito no era destruir la hermosa ciudad de Jerusalén, ni mucho menos al portentoso templo, pero la tozudez de los judíos y sus escaramuzas desde las murallas, lo obligaron a tomar la decisión de atacar tan fieramente, que sobrevino lo peor. Relata el historiador judío Flavio Josefo, testigo presencial de este histórico evento, que Tito había dado la orden de no destruir el templo, aun cuando hubiese sido tomada la ciudad, pero dentro de las tropas de asalto pudo más el hambre de apoderarse de todo ese oro y riquezas del templo que, accidentalmente, fue provocado un voraz e incontrolable incendio que dio lugar a que todo ese oro se fundiera, introduciéndose entre los intersticios de las grandes piedras de las paredes del templo, lo que obligó a los ávidos soldados a ir arrancando y derribando piedra tras piedra, a fin de sacar el codiciado oro que con el fuego se había derretido. El templo de Jerusalén no ha sido reconstruido desde su destrucción en el año 70 d. C. hasta el día de hoy, aunque profética y eventualmente deberá ser construido antes de la venida del Señor, en el mismo lugar que ocupa el templo musulmán llamado la Mesquita de Omar o Cúpula de la Roca. Se dice que usando esas antiguas piedras del auténtico templo jerosolimitano, con el tiempo los judíos construyeron el famoso Muro de las Lamentaciones en el mismo recinto, y lo único que actualmente se conserva de él, al que acuden los judíos clamando por la venida del Mesías. Durante el sitio a Jerusalén por parte de los ejércitos del Imperio Romano al mando del general Tito, pudo haber sucedido algo similar a lo ocurrido en el sitio de la ciudad santa por Nabucodonosor y su ejército babilónico, alrededor de seis siglos y medio atrás. En ambos casos los sitiadores no tenían en primera instancia el propósito de destruir la ciudad y el templo, pero los judíos se resistían, pensando que por la presencia del templo en medio de la ciudad, Dios no permitiría que los incircuncisos penetraran en ella y la destruyeran junto con el templo y saquearan todo. También alimentaron la creencia de que Israel estaba destinado a conquistar y dominar al mundo entero, y que eso los hacía inexpugnables. El templo de Jerusalén fue quitado; lo mismo ocurrió con el candelero en Éfeso. Los judíos llegaron a amar más su religión y sus intereses que a Dios; los creyentes primitivos se fueron degradando, perdiendo el testimonio del Señor. Si abandonamos nuestro primer amor, perdemos nuestro testimonio y el candelero es quitado.

Los nicolaítas

"6Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco".

El Señor vuelve a complacerse con la iglesia de Efeso y la alaba de nuevo, como diciéndole que le agrada que aborrezca lo que Él aborrece, las obras de los nicolaítas. ¿Quiénes son los nicolaítas? El término nicolaíta, viene del griego "nikoláos", de las raíces nikaos, gobernante, dirigente, guía, también tiene la connotación de conquistar o vencer, y laite o laos (λαός), gente común, secular, pueblo, laicado; de la cual se deriva la palabra laico, significando, pues, "los que vencen al pueblo", o los que ejercen autoridad sobre el pueblo, los que vencen a los laicos, personas que se tienen por superiores a los creyentes comunes; es ese afán de ejercer autoridad y dominio sobre el pueblo, formando así un tipo de hierarquía (Hierarquía es gobierno de la casta sacerdotal). De donde se deduce que aquí el Señor condena la aún incipiente tendencia en la Iglesia, de crear un partido de personas ambiciosas que se erijan por encima de las demás, ávidas de poder, y que a la postre habrían de crear un sistema clerical divisorio y exclusivista, formando así dos grupos en la Iglesia: uno minoritario, elitista y encumbrado, llamado clero, y otro integrado por la gran masa de los santos, el laicado, gobernado y sometido por el primero, jerarquía que vemos tomar fuerza en los sistemas del catolicismo y el protestantismo, estorbando así la economía de Dios. Eso lo aborrece el Señor de la Iglesia. El Señor aborrece los ambiciosos de poder al estilo Diótrefes. Aun en el pueblo hebreo, Dios quiso que Su pueblo fuese todo un reino de sacerdotes (Éxodo 19:6), pero debido a la adoración al becerro, perdieron ese privilegio, y fue escogida la tribu de Leví para que lo ejerciera (Éxodo 32; Deuteronomio 33:8-10). Respecto de los nicolaítas, dice Matthew Henry:

"Es, pues, posible que se trate de una secta de "iniciados" (gnósticos), que pretendían establecer una división del pueblo de Dios en castas, lo cual había de derivar, andando el tiempo, en el establecimiento de la casta sacerdotal dentro de la Iglesia oficial del Imperio; esto había de comportar los ritos y ceremonias que abundan en todas las religiones mistéricas, como puede verse aún en la Iglesia Romana, y más todavía en la llamada Ortodoxia. Mezclando el ceremonialismo judío con la filosofía griega, tenemos ya una secta que combina el entusiasmo espiritual con el relajamiento moral; mucha fantasía religiosa mezclada con despreocupación ética; orgullo y vanidad de mística retórica y de carácter "superior" que, en realidad, introducía en la Iglesia el egoísmo, la soberbia, el descuido del amor fraternal; en fin de cuentas, la misma ortodoxia estaba también en peligro. ¿Cómo defenderse de tales enemigos? Nos lo dice claramente la palabra de Dios: "Mis ovejas oyen mi voz", dice el Señor (Juan 10:27). Y el propio Juan nos dice: "Vosotros tenéis la unción del Santo y conocéis todas las cosas... Lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros... Os he escrito esto sobre los que os engañan" (1 Juan 2:20, 24, 26)".éis la unción del Santo y conocéis todas las cosas... Lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros... Os he escrito esto sobre los que os engañan" (1 Juan 2:20, 24, 26)". (Matthew Henry. Comentario Bíblico del Apocalipsis. CLIE. 1991. Pág.: 334).

La Iglesia de Jesucristo toda es sacerdotal, y la impuesta clase clerical mediadora perjudica el sacerdocio universal de los creyentes. El Señor no tolera que nadie se enseñoree de Su Amada, la que Él compró con Su sangre. El libro de los Hechos y las cartas de Pablo determinan el gobierno de la iglesia local en manos de un presbiterio o grupo de ancianos u obispos (pastores). No obstante, se advierte que en el período de Efeso sólo se conoce ciertos esfuerzos personales, como el caso de Diótrefes (cfr. 3 Juan 9,10), de ejercer autoridad sobre los santos; pero hay indicios de que al final del primer siglo y concretamente en el segundo, alrededor del año 125, tal vez en un intento de imitar el ceremonialismo judío, empezó a darse la inclinación de elevar a un obispo sobre sus compañeros ancianos, asunto este que paulatinamente condujo al clericalismo, en detrimento de la auténtica dependencia del Señor y del sacerdocio de todos los santos. La institucionalización de la tribu de Leví y la familia sacerdotal de Aarón, no fue la intención inicial de Dios en el pueblo hebreo, y en el Nuevo Testamento Dios vuelve a Su propósito original (cfr. 1 Pedro 2:5,9; Apocalipsis 1:6; 5:10). Hoy se fomenta el clericalismo en el sistema babilónico y sus ramas.

A comienzos del siglo segundo, Ignacio, obispo de la iglesia de Antioquía, registra el hecho que ya se estaba dando en algunos lugares con relación a la errónea diferenciación entre obispo y presbítero. Ignacio, en el curso de su viaje a Roma como prisionero, rumbo al martirio, escribió cartas a varias iglesias locales, casi todas en Asia Menor (Efeso, Magnesia, Tralia, Filadelfia, Roma, Esmirna, y a Policarpo), en las cuales encontramos la cita más antigua sobre la distinción entre obispo y presbítero. Allí por primera vez aparece lo que se estaba dando de colocar jerárquicamente al obispo por encima de los presbíteros y declarando que el obispo (lo nombraba en singular) era el representante de Dios el Padre, y que los presbíteros son el sanedrín de Dios, la asamblea de los apóstoles. (Favor leer la carta de Ignacio a los Esmirniotas en el excursus al final de este capítulo). Con el tiempo esto degeneró en la nefasta división entre clero y laicos. Se fue introduciendo la jerarquía en la Iglesia. Se fue estableciendo y generalizando sutilmente esa "vanidosa" forma episcopal de gobierno, la cual llegó a ser dominante y universal. Es posible que hasta el final del período de Esmirna hayan persistido las dos modalidades, la del obispo de una sola iglesia local, y la del obispo que obraba como si tuviera el derecho de dirigirse con autoridad a las iglesias en otras localidades. Se dice que después del año 150 d. C., los concilios eran celebrados únicamente con esta clase particular de obispos, y lógicamente que las leyes eran dictadas sólo por ellos. Muchos alegan un acervo de razones para que esto sucediera, pero ante las razones del Señor no hay justificación alguna. ¿Como cuáles razones esgrimen? Entre otras, como el crecimiento y extensión de la Iglesia, las persecuciones, hacerle frente al surgimiento de sectas, herejías y divisiones doctrinales. Pero debemos en justicia dejar constancia que durante los períodos de Efeso, Esmirna, y mucha parte de Pérgamo, ningún obispo reclamó para sí autoridad de carácter universal sobre el resto de los obispos y de la Iglesia entera, como más tarde lo hizo el obispo de Roma.

Conforme a la Palabra de Dios, un obispo (en griego episkopos, supervisor) no es de mayor jerarquía que un anciano. Tomemos nuevamente el ejemplo de Hechos 20, en el cual el apóstol San Pablo llama ancianos a los dirigentes de la iglesia de la localidad de Efeso; y a esos mismos ancianos, en el verso 28 les llama obispos y también pastores, porque les dice: "Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar (oficio de pastores) la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre". Los líderes de las iglesias locales son los ancianos, constituidos por los apóstoles de la obra (Hechos 14:23; Tito 1:5), sin que ello signifique que ocupan jerárquicamente una posición más encumbrada. Los legítimos pastores son aquellos hermanos más maduros espiritualmente de la iglesia local, quienes, por su madurez y visión más amplia de Cristo, se constituyen en desinteresados y humildes servidores de sus hermanos. El Señor Jesús fue enfático cuando afirmó:

"25Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. 26Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, 27y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; 28como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Mt. 20:25-28).

El anciano u obispo no debe enseñorearse de la iglesia del Señor, sino supervisarla y vigilarla en el amor del Señor. La iglesia apostólica se distinguía porque en cada iglesia local no había uno sino varios obispos (episkopoi) o presbíteros (presbuteroi), que eran los mismos ancianos o pastores, pues se trataba de títulos que se daban a los mismos oficiales, como lo atestigua la Biblia en Hechos 20:17,18; Tito 1:5,7; 1 Timoteo 5:17; 1 Pedro 5:1; Filipenses 1:1; la primera de Clemente a los Corintios, capítulos 42, 44 y 57. También Jerónimo, Agustín de Hipona, el papa Urbano II (1091) y Pedro Lombardo admitieron que en su origen obispos y presbíteros eran sinónimos, pero con el tiempo fue el hombre cambiando las cosas de Dios, y el concilio de Trento (1545-1563) se encargó de que esta verdad fuese convertida en una herejía. Ha habido una interpretación errónea en cuanto a algunos versos de Hebreos 13. En el 7 dice: "Acordaos de vuestros pastores, (*5) que os hablaron la palabra de Dios...". En el 17 dice: "Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta...". En el 24 dice: "Saludad a todos vuestros pastores...". En primer lugar se observa que siempre se habla en plural al referirse a pastores; como cuando Pablo escribe a la iglesia de la localidad macedónica de Filipos, y en el saludo les dice: "Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos". Esto es saludable porque evita asimismo que un solo individuo se enseñoree de la iglesia, como se ve actualmente en ciertas congregaciones. En segundo lugar, volviendo a Hebreos, esa obediencia de los santos a sus pastores de ninguna manera debe ser ciega, sino que debe tratarse de una sujeción a la luz de los postulados del evangelio; una obediencia en la comunión espiritual, en la cual tome parte activa el Espíritu Santo; una obediencia iluminada y guiada inteligentemente por el Espíritu del Señor, en el conocimiento del amor de Cristo, lo cual se hace corporativamente. Cualquier sujeción forzosa y jerarquizada en la Iglesia, es abominable al Señor.

(*5) En Hebreos 13:7,17 y 24, el original griego para la palabra pastores usa hegouménon, que significa "guías" o "dirigentes". Por la frase que sigue en el verso 7 se deduce que la expresión no puede limitarse sólo a los pastores (los que gobiernan), sino también a los maestros, los que enseñan.

El clericalismo de los sistemas religiosos cristianos es una mezcla de elementos del judaísmo con algunos rasgos de la organización sacerdotal de la religión babilónica, con sus distintas variantes culturales. No hay que desconocer que Babilonia es la cuna de la religión satánica, y todo lo que proviene de Satanás va enrumbado a desvirtuar los principios del Señor para Su Iglesia. En la religión babilónica, con sus variantes egipcia, griega, romana, etcétera, había una casta sacerdotal dominante. En el judaísmo hubo una organización sacerdotal temporal, que fue cambiada por un sacerdocio eterno, que incluye a la Iglesia. En la legítima Iglesia del Señor no existe el clericalismo, pues todos somos sacerdotes. El apóstol Pedro lo manifiesta con suma claridad en 1 Pedro 2:5, así:

"...vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo".

Otros textos que corroboran y confirman esta afirmación los podemos tomar en Apocalipsis 1:6 y 5:10:

"...y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén".

"...y nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra".

No hay lugar a duda alguna de que no es la voluntad del Señor que en Su Iglesia haya posiciones y rangos clericales, ni mucho menos que los hombres se enseñoreen de algo tan importante para el Padre, como es la Iglesia, la Esposa que El se propuso conseguirle a Su Hijo. La autoridad en la Iglesia es el Espíritu Santo. Cuando el anciano de la iglesia se arroga esa autoridad emanada de su cargo, acarrea consecuencias desastrosas en la grey del Señor. Se ha confundido el ministerio, trabajo o servicio de pastor con un cargo revestido de una autoridad mal interpretada y peor aplicada, debido a que se ha reemplazado la norma bíblica por la interpretación humana (cfr. Colosenses 2:20-22).

En las iglesias locales, los ancianos presiden, pastorean, enseñan, guían, pero no gobiernan con señorío, pues esa clase de gobierno conlleva cierta cuota de poder, y el poder quiere controlarlo todo, convirtiéndose en abuso del poder, tratando con dureza a las ovejas. Hay que tener en cuenta que todo poder tiende a personalizarse y a enseñorearse. Es un principio claro del Señor que en Su Cuerpo no haya distinción entre clérigos y laicos. En la época en que se reunió el concilio de Jerusalén, alrededor del año 50 d. C., en la Iglesia no había distinción aún entre ministros y laicos. Allí dice que "se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer este asunto" (Hechos 15:6). Dice el apóstol San Pedro en su primera epístola 5:1-3:

"1Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: 2Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; 3no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey".

Esto lo escribe, bajo la inspiración del Espíritu Santo, el hombre que el catolicismo romano proclama como el primer papa; sistema jerarquizado, clerical y enseñoreador por excelencia. Mas lastimosamente no sólo ese sistema adolece de esos encumbramientos, sino los diferentes sistemas religiosos dentro de la cristiandad, que se han desmembrado del sistema madre, heredando, como es de suponer, muchas de sus formas externas, incluyendo metodologías, liturgias, clericalismos y sistemas eclesiológicos extra bíblicos. Aunque los primeros pasos firmes se dieron en el siglo segundo, período de Esmirna, sin embargo, la carta a la iglesia de Efeso nos indica que ya se levantaban hombres interesados en que se empezara a perder la igualdad entre los hermanos, y se empezara a deteriorar el sacerdocio de todos los santos. La Iglesia del Señor comenzó cuando existía la esclavitud institucional aun entre los santos; pero tanto el esclavo como el amo eran iguales en la iglesia y delante del Señor. Eventualmente podía darse en cualquiera de las iglesias locales que el esclavo fuese obispo mientras que el amo no. Si observas detenidamente los sistemas religiosos cristianos de hoy, verás que en el catolicismo romano persiste el sacerdocio, en las iglesias nacionales y denominaciones institucionalizadas existe el sistema clerical y en las iglesias congregacionales e independientes, el sistema pastoral.

Oídos sordos

"7El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios".

Hay un adagio popular que dice: "No hay peor sordo que el que el que no quiere oír", y algo de eso encierra el contexto de la vez que el Señor enseñaba usando la parábola del sembrador, y al final de la exposición de la misma, dice: "9El que tiene oídos para oír, oiga". Cuando Sus discípulos le pidieron alguna explicación tanto de la parábola como del por qué le hablaba por parábolas a la multitud, una de las razones que les responde el Señor es "13...porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. 14De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis, 15porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane" (Mt. 13:9, 13-15).

La frase: "El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias", es una constante que aparece en todas y cada una de las siete cartas que estamos desglosando. ¿Por qué se repite esta frase y aparece la palabra iglesias en plural? Porque estas siete cartas de Apocalipsis no necesariamente están dirigidas sólo a las iglesias históricas en las localidades de Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea, sino también a todas las iglesias que estén viviendo la misma situación y características que aparecen en cada una de estas iglesias de Asia Menor, a través del tiempo, como también es una profecía que nos dice que esas mismas condiciones históricas y en un lugar geográfico, prevalecieron en determinada época de toda la Iglesia. Pero acontece que a través de la historia sí se han tenido oídos para oír, pero no se ha oído la voz del Señor, y la Iglesia empezó a perder paulatinamente esos principios de vida corporativa provistos y revelados por el Señor en Su incorporación a la Iglesia. En este mismo orden de ideas, parece ser que se ha sembrado la semilla en terreno rocoso. El Señor le habla a las iglesias, no a denominaciones, sectas, religiones o grupos particulares. Si el cristiano no lo toma bajo esta perspectiva, corre el riesgo de no oír ni entender lo que habla el Espíritu. Si tienes capacidad para oír, podrás ver muchas cosas espirituales. Primero hay que oír la voz de Dios, y luego se tiene la visión de Dios. El Espíritu no habla a una iglesia única en particular ni a las que no lo son. El Espíritu habla a Su verdadero candelero en cada localidad. En el candelero se oye la voz del Señor, y por eso se puede ver lo que Dios está haciendo en Su Iglesia conforme Su economía. La casa de Dios tiene su propia economía; y la economía de Dios tiene que ver con la administración de Su casa, y es necesario que esa administración produzca el efecto que Dios desea, conforme Sus propósitos eternos. En griego, la palabra oikonomía se compone de oiko, que significa casa, hogar, y nomia, norma o ley; la ley de la casa o norma del hogar. Debemos obedecer esas normas de la casa de Dios. Hay muchas congregaciones denominacionales que erróneamente a sí mismas se llaman iglesia local, y eso se debe a que no han tenido oídos ungidos para oír lo que está hablando el Señor en Su Palabra.

De acuerdo con lo anterior cabe preguntar, ¿qué dice aquí el Espíritu Santo, que el Señor invita a las iglesias a oír? El Señor dejó un depósito y los hombres empezaron a olvidarse de ese depósito y a alejarse de la voluntad del Señor para su Iglesia. El depósito es todo el conjunto doctrinal revelado, así como las promesas, las esperanzas y los privilegios que comporta la condición cristiana. El depósito encierra la vida, el dogma y vivencia del andar de la Iglesia. Dice en 2 Timoteo 1:12-14: "12Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día. 13Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. 14Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros". Y en Judas 3, se habla de "que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos", significando el conjunto de creencias o enseñanzas consideradas básicas para el cristiano.

El Señor quiere que trabajemos con Él para la recuperación de la unidad del candelero en cada localidad. El Señor dice que constantemente está observando la obra de las iglesias; que está atento a si hay autenticidad en lo que nos anima a servirle, si lo hacemos con amor, con ese bendito y gran amor con que Él obra en nosotros y nos da todo, pues cuando el motor o fuerza que nos mueve a servirle al Señor, es el amor hacia Él y no a nosotros mismos, la gloria de El y no la nuestra, Sus intereses y no los nuestros, exaltarlo a El y no a nosotros mismos, esa es la obra que le agrada. También dice que tiene en cuenta nuestro sufrimiento y nuestra paciencia ante las adversidades, y que eso no significa que nos abandona a nuestra suerte. El Señor tiene palabras aprobatorias sobre el sufrimiento en la Iglesia; pero el cristianismo contemporáneo desprecia el sufrimiento, lo rehuye, y en cambio proclama y se ocupa de la prosperidad en esta tierra, el poder coyuntural. Pablo le escribe a Timoteo: "3Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. 12Si sufrimos, también reinaremos con él" (2 Ti. 2:3,12). Asimismo se advierte que el Señor de un solo plumazo descarta la moderna teología de la prosperidad, cuando dice a sus discípulos: "24Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 25Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. 26Porque ¿qué aprovechará el hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?" (Mt. 16:24-26). También el Señor nos abre los ojos ante los falsos obreros; que volvamos al primer amor de donde nos deslizamos.

La Iglesia como Cuerpo del Señor no tiene arraigo ni intereses terrenales, sino espirituales y celestiales, pero en el curso de la historia los papeles se fueron cambiando y la escala de valores se modificó de tal manera, que las personas perdieron el oído espiritual, y empezaron a no entender el lenguaje de Dios. Llegó el momento en que se olvidaron las verdades bíblicas y se reemplazaron por las tradiciones, los estatutos y reglamentos de los hombres, invalidando la Palabra de Dios. En la iglesia primitiva empezó la oruga a comerse la viña del Señor, pero en el curso de los siguientes períodos de la Iglesia, "lo que quedó de la oruga, comió el saltón, y lo que quedó del saltón, comió el revoltón; y la langosta comió lo que del revoltón había quedado" (Joel 1:4).

Recompensa para los vencedores

Otra frase constante en las siete cartas es: "Al que venciere". El Espíritu habla a las iglesias, o sea, a la Iglesia como un todo, pero la Iglesia no oye y falla, se va deslizando, desmejorando. Entonces el Señor se dirige a las personas individualmente para que se esfuercen y venzan, sean victoriosas, y, conforme a la historia de la Iglesia, en todos los tiempos ha habido personas victoriosas; en todas las épocas se han registrado personas vencidas, pero también vencedores, y para todos ellos hay galardón. Analice la parábola de las diez vírgenes. Es necesario vencer la respectiva situación degradada, y en el caso de Efeso se refiere a recobrar el primer amor hacia el Señor y rechazar la enseñanza y la jerarquía de los que se quieren enseñorear de la obra del Señor.

También en todas las cartas hay una recompensa diferente para los victoriosos. La recompensa a los que venzan en la carta a la iglesia en Efeso es, dice el Señor: "le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios". El paraíso de Dios es la Nueva Jerusalén venidera, distinto del paraíso que aparece en Lucas 16:23-26 y 23:46, donde aguardan la resurrección los santos que han gustado la muerte. El árbol de la vida es Cristo mismo, es la vid que nos alimenta. "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador" (Juan 15:1). Es una enredadera que está a uno y otro lado del río de agua de vida en medio de la calle de la Nueva Jerusalén, la ciudad esposa del Cordero, en la cual culminará la Iglesia dentro de la economía de Dios (cfr. Apocalipsis 22:1-2). Hay varios tipos de Cristo como alimento, como el maná, el producto de la buena tierra de Canaán y sobre todo el árbol de la vida, que se remonta al Génesis. El comer del árbol de la vida era el propósito original de Dios, y ahora lo restaura con Su redención.

La Iglesia deja de alimentarse de Cristo, por recibir otros alimentos suministrados por la religión a través de las doctrinas de Balaam, de los nicolaítas, de Jezabel y de las profundidades de Satanás. Pero la Iglesia debe volver al banquete ofrecido por el Señor, porque el camino al árbol de la vida fue abierto de nuevo, un camino nuevo y vivo en Cristo (Hebreos 10:19-20). Es necesario abandonar la religión y alimentarnos de nuevo de Cristo, disfrutarle, volviendo a Él con el primer amor. El Señor es nuestro pan de vida (Juan 6:35, 57). No es lo mismo alimentarse de enseñanzas doctrinales que de Cristo como nuestro pan de vida. Siempre han circulado falsas doctrinas que han traído perturbación al pueblo de Dios. Esta promesa es un incentivo para estimular a los hijos de Dios para que no se dejen engañar con doctrinas perturbadoras y en cambio disfruten al Señor, y se hará efectiva como galardón en el reino milenial; pero todo vencedor puede empezar a disfrutarlo desde ahora, porque la vida de la Iglesia hoy es un gozo anticipado de la Nueva Jerusalén. El vencedor que se alimente de Cristo hoy, tiene ya asegurado que lo comerá como árbol de la vida en la Nueva Jerusalén. Los galardones son muy diferentes a la salvación. Los galardones son premios para los vencedores para recibirlos en el reino milenial, y la salvación es un regalo de Dios para sus escogidos desde antes de la fundación del mundo, y un regalo ni se gana, ni se merece, ni se pierde.

La continuidad apostólica

¿Cómo discurrió el enlace y continuidad apostólica del período de Efeso con el de Esmirna? Hay consenso en que el período de Efeso, o primer gran período de la Iglesia, finalizó con la muerte del apóstol Juan el evangelista, alrededor del año 100 d. C. Se sabe por Policarpo, el gran obispo de Esmirna, que Juan se estableció en Efeso hacia el año 60 d. C. y desde allí supervisó y salvaguardó las iglesias de Asia Menor. Se indica asimismo que en los últimos años del emperador Domiciano, alrededor del 86 d. C., fue deportado a la isla de Patmos, frente a la costa occidental del Asia Menor, por causa de su testimonio firme en el Señor Jesucristo, pero volvió a Efeso de nuevo en tiempos del emperador Nerva, donde murió. De esto lo sabemos por Papías y Eusebio de Cesarea.

En el curso del período de Efeso fue escrito todo el Nuevo Testamento, cuyo último libro, como se sabe, es el Apocalipsis de Juan, el discípulo amado, el último en morirse de todos los apóstoles del círculo del Señor. Pero esa línea, tradición y enseñanza apostólica no se perdió con la muerte del apóstol Juan, pues discípulos y compañeros de él continuaron; hombres de Dios de la talla de Policarpo (69-156), obispo de Esmirna, habían sido enseñados por los apóstoles, en especial Juan. Policarpo fue quemado vivo en tiempos del emperador Antonino Pío.

Policarpo a su vez seguramente influyó en la formación de Ireneo (130-195), otro nativo de Esmirna, y que más tarde formó parte de un grupo de evangelistas enviados desde Esmirna como misioneros a las Galias (hoy Francia), y llegó a ser obispo de Lyon. Se le debe mucho a Ireneo haber combatido los errores y herejías, en especial al gnosticismo. En una visita a Roma, escribió un extenso tratado "Contra herejías", afirmando que los apóstoles habían transmitido fielmente lo que habían recibido del Señor Jesús, sin mezclar ese depósito con ideas extrañas.

Discípulo de Juan y compañero de Policarpo fue asimismo Ignacio (31 - 107), obispo que fue de la iglesia de la localidad de Antioquía, y martirizado bajo la persecución del emperador Trajano.

Otro discípulo del apóstol Juan fue Papías (60 - 130), quien llegó a ser obispo de Hierápolis, en Frigia (hoy región de Turquía). Por Eusebio conocemos un testimonio de Ireneo en el que afirma que Papías fue oyente o discípulo de Juan, y compañero de Policarpo. De Papías se dice que escribió cinco libros, "Explicación de sentencias del Señor", la primera obra de exégesis del Nuevo Testamento, desafortunadamente perdidos, excepto los fragmentos conservados en la "Historia eclesiástica" de Eusebio de Cesarea. Pero hay quienes afirman que Eusebio se abstuvo de conservar más de los escritos de Papías por no compartir sus ideas milenaristas, como también sobre la caída de los ángeles y la explicación de los primeros capítulos del Génesis, que constituye una exégesis acerca de la simbología de Cristo y la Iglesia. Por Papías se conoce la autenticidad de los autores de los evangelios de Mateo, Marcos, Juan, las cartas de Juan y el Apocalipsis. Padeció el martirio en Pérgamo.

Es importante mencionar también a Clemente, quien fue obispo de Roma en los años 90-100, y es autor de una carta a los corintios, la cual es considerada por muchos como uno de los documentos más valiosos y más antiguos después del Nuevo Testamento, la cual, antes de que se formase el canon definitivo de la Biblia, fue considerada como inspirada por algunas iglesias primitivas. El nombre de Clemente aparece en "El Pastor" de Hermas, y se supone que se identifica con el Clemente que Pablo menciona en Filipenses 4:3, un colaborador íntimo del equipo de obreros del gran apóstol. Además de la carta mencionada, a Clemente falsamente se le atribuye la autoría de otros libros apócrifos como "Segunda epístola a los Corintios", dos "Cartas a las Vírgenes", "Homilías Pseudoclementinas" y "Relatos".

A fin de que el lector se vaya familiarizando más con algunos detalles de estas siete iglesias de Apocalipsis, anotamos que al período de la Iglesia correspondiente a Efeso, lo mismo que a Esmirna y Pérgamo, o sea, los tres primeros, el Señor no les menciona su venida; por lo tanto se les considera como períodos que caducaron sin que registraran continuidad y existencia histórica perdurable hasta la segunda venida del Señor. No ocurre así con los cuatro restantes, como lo veremos más adelante, a los cuales el Señor sí les revela Su venida. Esto significa que cuando ocurra eventualmente la segunda venida del Señor, no encontrará santos en la situación de Efeso, ni de Esmirna, ni de Pérgamo. Nótese que la llamada que el Señor hace al final a todas las iglesias ("el que tiene oídos...") y la promesa a los vencedores ("al que venciere...") se invierten en las cuatro últimas cartas (Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea). Esmirna y Filadelfia son las únicas que no reciben reproche alguno; en cambio, Laodicea es la única que no recibe ninguna alabanza. Éfeso y Laodicea se hallan en grave peligro; Esmirna y Filadelfia, en excelente situación; Pérgamo, Tiatira y Sardis, atraviesan por un estado espiritual mediocre.

Carta de Ignacio a los Esmirnios

Por Arcadio Sierra Díaz - 23 de Abril, 2007, 17:38, Categoría: General

EXCURSUS DEL CAPÍTULO I

CARTA DE IGNACIO A LOS ESMIRNIOS

(En este documento se encuentra el registro escrito más antiguo sobre lo que ya se estaba dando en algunas partes, que hubiese distinción entre obispo y presbítero, considerando al obispo superior a los presbíteros o ancianos. No obstante que este documento puede tener algún valor histórico-cultural, debe advertirse que su contenido, en algunos aspectos como el caso del obispado de su capítulo VIII, es contrario a las Escrituras y, por lo mismo, para el pueblo cristiano esa parte no tendría ningún valor espiritual)

Firma y saludo

Ignacio, por sobrenombre Portador de Dios: A la Iglesia de Dios Padre y del amado Jesucristo; la que alcanzó misericordia en todo don de la gracia; la que está colmada de fe y caridad, sin que le falte carisma alguno; Iglesia divinísima y portadora de santidad, establecida en Esmirna del Asia: Mi más íntimo saludo en espíritu irreprochable y en palabra de Dios.

gnacio, por sobrenombre Portador de Dios: A la Iglesia de Dios Padre y del amado Jesucristo; la que alcanzó misericordia en todo don de la gracia; la que está colmada de fe y caridad, sin que le falte carisma alguno; Iglesia divinísima y portadora de santidad, establecida en Esmirna del Asia: Mi más íntimo saludo en espíritu irreprochable y en palabra de Dios.

Loa del destinatario. Profesión de fe

I. Yo glorifico a Jesucristo, Dios, que es quien hasta tal punto os ha hecho sabios; pues muy bien me di cuenta de cuán apercibidos estáis de fe inconmovible, bien así como si estuvierais clavados, en carne y en espíritu, sobre la cruz de Jesucristo, y qué afianzados en la caridad por la sangre del mismo Cristo. Y es que os vi llenos de certidumbre en lo tocante a nuestro Señor, el cual es, con toda verdad, del linaje de Dios según la carne, Hijo de Dios según la voluntad y poder de Dios, nacido verdaderamente de una virgen, bautizado por Juan, para que fuera por Él cumplida toda justicia. 2. De verdad, finalmente, fue clavado en la cruz bajo Poncio Pilatos y el tetrarca Herodes -de cuyo fruto somos nosotros, fruto, digo, de su divina y bienaventurada pasión-, a fin de alcanzar bandera por los siglos, por medio de su resurrección, entre sus santos y fieles, ora vengan de los judíos, ora de los gentiles, aunados en un solo cuerpo de su Iglesia.

Los docetas, entes aparenciales

II. Porque todo eso lo sufrió el Señor por nosotros a fin de que nos salvemos; y lo sufrió verdaderamente, así como verdaderamente se resucitó a sí mismo, no según dicen algunos infieles, que sólo sufrió en apariencia. ¡Ellos sí que son la pura apariencia! Y, según como piensan, así les sucederá, que se queden en entes incorpóreos y fantasmales.

"Tocad, palpad y ved"

III. Yo, por mi parte, sé muy bien sabido, y en ello pongo mi fe, que, después de su resurrección, permaneció el Señor en su carne. 2. Y así, cuando se presentó a Pedro y sus compañeros, les dijo: Tocadme, palpadme y ved cómo yo no soy un espíritu incorpóreo. Y al punto le tocaron y creyeron, quedando compenetrados con su carne y con su espíritu. Por eso despreciaron la misma muerte o, más bien, se mostraron superiores a la muerte. 3. Es más, después de su resurrección, comió y bebió con ellos, como hombre de carne que era, si bien espiritualmente estaba hecho una cosa con su Padre.

Fieras en forma humana

IV. Ahora bien, carísimos, todo eso os lo encarezco, aun a sabiendas de que también vosotros sentís así. Pero es que yo hago de centinela por vosotros contra esas fieras en forma humana, a las que es necesario que no sólo no las recibáis entre vosotros, sino que, de ser posible, ni aun toparos debéis con ellas. Lo único que os cumple es que roguéis por ellos, por si hay manera de que se conviertan, cosa por cierto difícil. Sin embargo, eso cae dentro del poder de Jesucristo, verdadera vida nuestra.

2. Porque si sólo en apariencia fueron hechas todas estas cosas por nuestro Señor, luego también yo estoy cargado de cadenas en apariencia. ¿Por qué, entonces, me he entregado yo, muy entregado, a la muerte, a la espada, a las fieras? Mas la verdad es que estar cerca de la espada es estar cerca de Dios, y encontrarse en medio de las fieras es encontrarse en medio de Dios. Lo único que hace falta es que ello sea en nombre de Jesucristo. A trueque de sufrir juntamente con Él, todo lo soporto, como quiera que Él mismo, que se hizo hombre perfecto, es quien me fortalece.

Los que niegan, son negados

V. A Él, por desconocerle, le niegan algunos; o, más bien, han sido por Él negados, como abogados que son antes de la muerte que de la verdad. Gentes a quienes no han logrado convencer los profetas ni la ley de Moisés, ni siquiera, hasta el presente, el Evangelio mismo, ni los sufrimientos de cualesquiera de nosotros. 2. Y es que sobre nosotros profesan también la misma opinión.

Porque, ¿de qué me aprovecha que alguien me alabe a mí, si maldice de mi Señor al no confesar que lleva una carne? El que esto no confiesa, le ha negado absolutamente, y es él entonces quien lleva sobre sí un cadáver.

3. Ahora, por lo que hace a sus nombres, como son de gentes infieles, no me pareció bien consignarlos aquí. Es más: ni aun acordarme quisiera de ellos hasta que se conviertan a aquella pasión que es nuestra resurrección.

Caridad, piedra de toque

VI. Que nadie se lleve a engaño: aun las potestades celestes y la gloria de los ángeles y los príncipes, visibles e invisibles, si no creen en la sangre de Cristo, están también sujetos a juicio. El que pueda entender que entienda. Que nadie se engría por el lugar que ocupa, pues el todo está en la fe y en el amor, a las que nada se puede anteponer.

2. Por lo demás, respecto a los que profesan doctrinas ajenas a la gracia de Jesucristo, venido a nosotros, daos cuenta cabal de cuán contrarias son al sentir de Dios. La prueba es que nada se les da por el amor; no les importa la viuda y el huérfano, no se les da nada del atribulado, ni se preocupan de quién esté encadenado o suelto, hambriento o sediento.

Los herejes huyen de la Eucaristía

VII. Apártense también de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la misma que padeció por nuestros pecados, la misma que, por su bondad, resucitó el Padre. Así, pues, los que contradicen al don de Dios, mueren y perecen entre sus disquisiciones. ¡Cuánto mejor les fuera celebrar la Eucaristía, a fin de que resucitaran!

2. Conviene, por tanto, apartarse de tales gentes, y ni privada ni públicamente hablar de ellos, sino prestar toda atención a los profetas, y señaladamente al Evangelio, en que la pasión se nos hace patente y vemos cumplida la resurrección. Toda escisión, en cambio, huidla, como principio de males.

Todo bajo la dependencia del obispo

VIII. Seguid todos al obispo, como Jesucristo al Padre, y al colegio de ancianos como a los apóstoles; en cuanto a los diáconos, reverenciadlos como al mandamiento de Dios. Que nadie, sin contar con el obispo, haga nada de cuanto atañe a la Iglesia. Sólo aquella Eucaristía ha de tenerse por válida que se celebre por el obispo o por quien de él tenga autorización.

2. Dondequiera apareciere el obispo, allí esté la muchedumbre, al modo que dondequiera estuviere Jesucristo, allí está la Iglesia universal. Sin contar con el obispo, no es lícito ni bautizar ni celebrar la Eucaristía; sino, más bien, aquello que él aprobare, eso es también lo agradable a Dios, a fin de que cuanto hiciereis sea seguro y válido.

Exhortaciones y gratos recuerdos

IX. Razonable cosa es que por fin volvamos sobre nosotros mismos, mientras aún tenemos tiempo para convertirnos a Dios. Bien está que sepamos de Dios y del obispo. El que honra al obispo, es honrado de Dios. El que a ocultas del obispo hace algo, rinde culto al diablo.

2. Que todo, pues, redunde en gracia para vosotros, pues dignos sois de ello. En todo me aliviasteis, como a vosotros ruego os alivie Jesucristo. Ausente, lo mismo que presente, me habéis dado pruebas de vuestro amor. Que Dios sea vuestra paga, a quien alcanzaréis, como todo lo soportéis por su amor.

Mis cadenas, rescate vuestro

X. Bien hicisteis en recibir, como a ministros que son de Cristo Dios, a Filón y Reo Agatópode, que me van acompañando con la sola mira de Dios. Ellos dan también gracias al Señor por vosotros, por haberlos aliviado de todas las maneras. Nada de eso ha de ser perdido para vosotros.

2. Por rescate vuestro ofrezco mi espíritu y mis cadenas, que vosotros no despreciasteis altivamente ni os avergonzasteis de ellas. Tampoco de vosotros se avergonzará aquel que es vuestra cabal esperanza: Jesucristo.

Un embajador de Dios a Antioquía

XI. Vuestra oración ha llegado hasta la iglesia de Antioquía de Siria, desde donde, cargado de estas divinísimas cadenas, voy saludando a todos, yo, que no soy digno de contarme entre ellos, pues soy el último de todos; sin embrago, porque así lo quiso el Señor, y no por los méritos de que yo tenga conciencia, sino de pura gracia de Dios -¡y ojalá me sea dada cumplida!-, fuí hecho digno, por vuestra oración, de alcanzar a Dios.

2. Ahora bien, para que vuestra obra llegue a su perfección, tanto en la tierra como en el cielo, es conveniente, para honor de Dios, que vuestra iglesia elija a un embajador divino que vaya hasta la Siria y les felicite por gozar de paz y haber recobrado su propia grandeza y se haya restablecido el propio cuerpecillo de aquella iglesia.

3. Así, pues, me ha parecido cosa digna de Dios enviar a alguno de los vuestros con una carta, a fin de que celebre juntamente con ella la bonanza divina que les ha sobrevenido y que por vuestra oración hayan felizmente arribado ya al puerto. Si sois perfectos, tened también pensamientos de perfección. Porque si vosotros estáis decididos a obrar bien, pronto está Dios también a procuraros lo que hubiereis de necesitar.

Saludos y despedida

XII. Os saluda el amor de los hermanos de Troas, desde donde también os escribo por mano de Burro, que enviasteis conmigo juntamente con los efesios, hermanos vuestros, y que en todo me ha aliviado. ¡Y pluguiera a Dios que todos le imitaran, como dechado que es en el ministerio de Dios! Que la gracia se lo recompense de todo en todo. 2. Saludo a vuestro obispo, digno de Dios; al divino colegio de ancianos, y a los diáconos, consiervos míos, y a todos los del pueblo en general, en nombre de Jesucristo, en su carne y en su sangre, en su pasión y resurrección, corporal a par que espiritual, en la unidad de Dios y de vosotros. Que la gracia sea con vosotros; la misericordia, la paz y la paciencia en todo momento.

Saludos particulares

XIII. Saludo a las familias de mis hermanos, con sus mujeres e hijos, a las vírgenes que son llamadas "viudas". Recibid mi adiós en la virtud del Padre. Os saluda Filón, que está conmigo.

2. Mi saludo a la familia de Tavías, a la que ruego se afiance en la fe y en el amor, tanto corporal como espiritual. Saludo a Alce, nombre para mí querido, y a Dafno, el incomparable, y a Eutecno, y nominalmente a todos. Adiós en la gracia de Dios.

PADRES APOSTÓLICOS. Versión de Daniel Ruíz Bueno. BAC, Madrid. Quinta edición de 1985. Páginas 488 a 496.

2. Esmirna (1a. parte)

Por Arcadio Sierra Díaz - 23 de Abril, 2007, 17:21, Categoría: General

Capítulo II

E S M I R N A

SINOPSIS DE ESMIRNA

Tiempos de amargura de la Iglesia

Período de los mártires - Grandes pruebas para los santos - Los catecúmenos - Sinagogas de Satanás - Los judaizantes.

Herejías de los siglos II y III

Herejes y herejías: Marción - Sabelianismo - Montanistas - Maniqueísmo.

Las diez grandes persecuciones

Bajo el gobierno de los emperadores romanos: Nerón - Domiciano - Trajano - Antonino Pío - Marco Aurelio - Septimio Severo - Maximino Tracio - Decio - Valeriano - Diocleciano - Grandes mártires: Pedro - Pablo - Juan - Clemente de Roma - Policarpo de Esmirna - Justino Mártir - Perpetua y Felicita - El diácono Lorenzo.

Los primeros llamados padres de la Iglesia

Clemente de Alejandría - Orígenes - Gregorio Taumaturgo - Escuelas Teológicas: Alejandría - Antioquía - Asia Menor - Cartago.

Los apologistas y polemistas

Apologistas: Aristides - Epístola a Diogneto - Justino Mártir - Melitón - Apolinar de Hierápolis - Atenágoras - Milciades - Teófilo -Taciano - Minucio Félix - Hermias - Polemistas: Ireneo - Tertuliano.

Los vencedores de Esmirna

Segunda recompensa: Recibirán la corona de la vida y no sufrirán daño de la segunda muerte - ¿Qué es la muerte segunda? ¿A qué se refiere el sufrir daño de la segunda muerte?

LA CARTA A ESMIRNA

"8Y escribe al ángel de la iglesia en Esmirna: El primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió, dice esto: 9Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás. 10No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. 11El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la muerte segunda" (Ap. 2:8-11).

Trago amargo

La localidad de Esmirna estaba situada en Asia Menor, en las costas del mar Egeo, en el golfo del mismo nombre. Fue una antigua colonia de los jonios, y más tarde hizo parte de la provincia romana de Asia. Se dice que bajo la protección de Roma fue, en el Imperio bizantino (de Constantinopla), uno de los centros de expansión del cristianismo. Hoy es una ciudad de Turquía, conocida en el idioma turco como Izmir, y es la capital de la provincia homónima (a diferencia de Efeso, en Esmirna residen cristianos. Incluso es sede de arzobispado católico).

Es la segunda carta de las siete de Apocalipsis, y está dirigida a una iglesia que representa la condición y características de la Iglesia en el período profético comprendido entre final del siglo primero hasta el año 313 d. C.; es decir, entre el subperíodo subapostólico y muerte del apóstol Juan hasta la promulgación del Edicto de Tolerancia, o Edicto de Milán, del emperador Constantino el Grande. La carta comienza diciendo:

"8Y escribe al ángel de la iglesia en Esmirna: El primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió, dice esto:".

El término Esmirna (Izmir) procede de la misma raíz griega de mirra, o sea, myrrh, cuyo significado es "amargura", lo cual se relaciona con el sufrimiento. La mirra es una gomorrecina preciosa que se obtiene practicando incisiones en la corteza de la planta, y de esas heridas fluye la mirra en forma de lágrimas, que al desecarse se tornan rojizas, traslúcidas, frágiles y de factura brillante. En tiempos antiguos, la mirra, considerada un material precioso, fue usada en inciensos, perfumes, ungüentos, medicinas, y se hacía ofrenda de ella en el culto y los sacrificios. Entre los elementos que eran añadidos al óleo de la santa unción, estaba la mirra, que representa la obra del Señor en la cruz, o sea, la muerte; por eso la mirra servía para embalsamar a los muertos, como lo que quisieron hacer las mujeres que visitaron la tumba del Señor Jesús. De lo anterior colegimos el profundo significado de la palabra Esmirna, significado que nos revela la condición de la iglesia en esa ciudad y del segundo período histórico-profético de la Iglesia, la Iglesia sufriente.

La situación de los santos de la iglesia en la ciudad de Esmirna era estrecha, presionados en un foco de adoración al César, cualquiera que fuese el emperador de turno. Se dice que en esa ciudad residían muchos judíos que no perdían oportunidad de incitar a las autoridades y a la gente común a la persecución contra los cristianos. Al comienzo los principales perseguidores eran los judíos aferrados a su religión, pues les parecía que estaban siendo socavadas sus amadas y milenarias instituciones y tradiciones judaicas. El período de Esmirna se caracteriza porque durante ese lapso la Iglesia fue objeto de diez grandes persecuciones por parte de los emperadores romanos. Es el período de los mártires, de la Iglesia perseguida, es la Iglesia en prueba, no porque haya estado pasando por un bajón espiritual, no; al contrario, eso demuestra que se trataba de un período de mucha madurez espiritual, no eran unos niños en la fe, pues a los niños no se les puede tener la suficiente confianza para someterlos a semejantes pruebas.

Por amor, el Señor les concede a los maduros pasar por pruebas, porque la Palabra de Dios dice que eso es necesario para la Iglesia; y el Señor los estaba preparando para mayores pruebas que se avecinaban. Es la Iglesia en amargura. Ya la Iglesia de Cristo había pasado por el período de gestación, de la gloriosa llenura de la presencia y el poder del Espíritu Santo, dotándola de las herramientas necesarias para un trabajo sobrenatural en medio de un mundo saturado por los principios satánicos, pero habiendo empezado a perder su primer amor desde la época de Efeso, y al borde de iniciar una época de sangrientas persecuciones, por eso a esta iglesia, el Señor se presenta como el primero y el postrero, o sea, el eterno, atributo sólo de Dios; primero porque le ha dado comienzo, origen a Su propósito eterno, y postrero porque lleva a consumación todo lo que se ha propuesto; sólo Él es eterno, y eso significa también que no tuvo principio ni tendrá fin, y como Dios jamás cambia, es inmutable y por lo tanto confiable, digno de toda confianza. La perseguida iglesia en Esmirna necesita el respaldo del Señor, fiel, poderoso, inmutable, el Cordero que fue destinado e inmolado desde antes de la fundación el mundo como sacrificio por nuestros pecados (cónfer 1 Pedro 1:20 y Apocalipsis 13:8). Esto significa que Cristo fue el primer mártir, pero vive porque resucitó, la muerte no pudo retenerle. Los alienta como si les dijera: No temáis, pues el juicio y la muerte a que os someten ahora son pasajeros. Yo soy el juez del último juicio, y soy la resurrección y la vida. Eso le da seguridad de existencia a la Iglesia. Hay ocasiones críticas en el existir humano, aun en la vida de muchos santos, en que paradójicamente no es fácil sostenerse en la fidelidad de Dios, pues no importa que seas un gigante en la fe; ten cuidado, puedes fallar. Pero Él está ahí; siempre está ahí. Él quiere animar e infundir confianza a los santos de Esmirna.

Además de las anteriores credenciales, también el Señor se les presenta como el que estuvo muerto y vivió, en donde el Señor se está refiriendo a Su muerte por crucifixión y gloriosa resurrección al tercer día. Para Él pedirle a la Iglesia que sea fiel hasta la muerte, Él mismo lo había sufrido antes, Él mismo había pasado por esa amarga experiencia. Eso es de gran ayuda, aliento y consuelo para la Iglesia sufriente. A Cristo lo llevó a la cruz un poder religioso, el judaísmo, asociado con uno político, el Imperio Romano; el Señor no se mezcló con ese binomio, y fue crucificado en una aparente derrota, de donde salió victorioso, pues el Señor fue glorificado por Su muerte, y al resucitar, Su poder superó al que había tenido en los días de Su humanidad. El Señor fue el primer vencedor.

Dice el apóstol San Pablo que si el Señor Jesucristo no hubiese resucitado, seríamos, los cristianos, las personas más dignas de conmiseración de todos los hombres, pues vana sería nuestra fe (cfr. 1 Corintios 15:17,19); de manera que el Señor está vivo, y el mismo poder que resucitó al Señor Jesús, eventualmente nos resucitará a nosotros. Debemos permanecer firmes en la gran victoria de Cristo sobre la muerte y sobre Satanás. La gran ola de psicología y apología de la prosperidad que ha invadido al cristianismo tiende a cubrir con una gran cortina de humo lo del sufrimiento en la Iglesia; por Su bondad y Su sabiduría, el Señor no siempre nos libra de la angustia y la tribulación; pero si no se sufre no se puede triunfar. ¿Qué se entiende por triunfar? ¡Cuidado! No confundas las bendiciones materiales de Deuteronomio 28, prometidas para un pueblo terrenal como Israel, con las bendiciones de tipo espiritual exclusivas de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, escondida con Él en lugares celestiales. Nuestra posición con relación al Señor es diferente a la de Israel. Para Israel son las promesas de tipo terrenal, para la Iglesia tomar la cruz cada día y seguir al Señor en un mundo en que somos peregrinos. Si la Iglesia se interesa por triunfar en las cosas materiales y en las ambiciones de poder que a menudo se esconden en los asuntos de la política y demás enredos de este mundo, inmediatamente se desvía del verdadero propósito del Señor.

El Señor ha determinado para la Iglesia una clase especial de trabajo y posición ante el mundo, que necesariamente conlleva el sufrimiento, porque la Iglesia de Cristo es también un ejército en constante lucha, y esa es la razón por la cual el Señor nos dice que nos fortalezcamos en Él, y en el poder de Su fuerza. ¿Por qué? "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Ef. 6:12). Constantemente el sufrimiento debe estar en la agenda del creyente, así como el Señor Jesucristo estuvo siempre consciente de esa situación, y de saber que Su encarnación se debía a que vino a morir vicariamente por nosotros, con todo ese bagaje de sufrimiento que afrontó. Si el Señor estima que debemos sufrir, es porque nos conviene sufrir. Que en su momento Él determine librarnos del sufrimiento, que eso lo decida Él conforme a su infinita sabiduría, misericordia y soberanía. Seamos sobrios y no nos dejemos hipnotizar o embriagar por el espejismo del triunfo secular. Nuestro verdadero triunfo está con el Señor en Su reino. Si el Señor permite la tribulación en Su Iglesia, es porque la Iglesia lo necesita. El cristiano vencedor se goza en medio de las tribulaciones y a pesar de ellas (cfr. Fil. 2:17; 2 Co. 7:13; 12:10). Aunque parezca una paradoja, por un lado nadie puede continuar la redención del Señor, pero por el otro es necesario que la Iglesia cumpla lo que falta de Sus sufrimientos, tanto a nivel individual como colectivo. Dice el apóstol Pablo: "Cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia" (Col. 1:24). Tengamos en cuenta que la obra de la redención en la cruz se llevó a cabo una vez por todas (He. 9:28; 10:12,14); pero una cosa es la obra de la redención, que ta está completa, y otra es la aplicación de la redención a través de la historia, pues el mismo Cristo que nos redimió en la cruz, es el mismo que ahora vive en el creyente (Gá. 2:20), completando así en nuestra carne, llenando lo que falta de lo que Él realizó en Su propia carne en la cruz, porque nosotros somos ahora Su cuerpo, la Iglesia. Nosotros fuimos también crucificados.

Ricos en la pobreza

"9Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás".

Alabamos al Señor porque Él conoce las obras de la Iglesia. En el segundo período profético de la Iglesia, a pesar de los conflictos internos, los creyentes de antes de la época de Constantino continuaban formando comunidades que no se habían desviado de los principios del Nuevo Testamento, y en medio de ese entorno hostil a la Palabra de Dios, la Iglesia del Señor se distinguía por su calidad de vida frente al mundo pagano. A modo de ejemplo, comentamos que en esa época no se había introducido lo del bautismo de los niños, pues las familias cristianas esperaban que sus hijos reconocieran por sí mismos y recibieran voluntariamente al Señor (aunque algunos cristianos han visto en ciertos versículos bíblicos que se refieren al bautismo, la posibilidad de que hayan sido bautizados algunos niños, como en el caso de Hechos 16 en relación con las familias del carcelero de Filipos y de Lidia de Tiatira). No obstante debemos recordar en el texto de Hechos 8, la respuesta de Felipe a la pregunta del eunuco sobre cuáles eran los requisitos para el bautismo, y la respuesta fue, la fe. Se debe tener conciencia de que el bautismo no es condición necesaria para la salvación, sino un acto público de testimonio y obediencia, y era administrado por inmersión. Aunque al comienzo no fue así, llegó el tiempo en que los convertidos pasaban por un período de aprendizaje o preparación para el bautismo; eran los catecúmenos. En muchos casos los catecúmenos eran bautizados enseguida. No obstante, que la Iglesia continuaba en el desliz iniciado en la segunda mitad del período de Efeso, nos atrevemos a afirmar que aún en esa época el amor era el vínculo más fuerte de unión.

En las iglesias locales se acostumbraba destinar las ofrendas a un fondo común principalmente para la ayuda de los santos pobres, con la participación y dirección de los ancianos de la iglesia. Los que recibían una ayuda sistemática eran los matricularii, pues estaban inscritos en la matrícula, o sea, que había una lista o canon de las viudas, huérfanos, ancianos sin recursos, los que habían perdido sus bienes a causa de una desgracia (un naufragio, por ejemplo), los que en tiempos de la persecución habían caído en la miseria, y demás necesitados. Por ejemplo, es digno de mención que en la comunidad cristiana de Roma llevaban un registro de los hermanos que habían sido enviados a trabajos forzados en las minas de la isla mediterránea de Cerdeña, para mandarles ayuda. La Iglesia no se cuidaba de atesorar ni de incrementar su patrimonio; no había el interés de construir lujosos y grandiosos templos para las reuniones, y los dineros no eran desviados a cubrir gastos que no fueran estrictamente necesarios, aparte de atender a los santos pobres. La Iglesia de Jesucristo carece de tesoros terrenales, como lo atestiguó el diácono Lorenzo cuando, ante el tribunal pagano, se le conminó a que entregara los tesoros de la iglesia, él contestó que los tesoros de la comunidad cristiana son los santos pobres. ¿De dónde provenían estos recursos? La ofrenda es un acto de adoración y honra al Señor, y debe ser voluntaria.

Dice Tertuliano que "cada uno da una vez al mes o cuando quiere, si es que quiere alguna vez, y si puede, pues a nadie se le obliga". Respecto de esto, es digno de mencionar también que Justino Mártir en la descripción de las reuniones dominicales de la iglesia para la Cena del Señor, y que a mediados del siglo segundo empezaban a llamarle eucaristía, de una palabra griega que significa el dar gracias, dice que las contribuciones hechas por los hermanos pudientes, eran depositadas en manos del oficial presidente de la reunión, el cual se encargaba de usar esos fondos para socorrer a las viudas, a los huérfanos, a los enfermos, a los prisioneros, a los extraños que visitaban a los cristianos y a otros que atravesaban por alguna necesidad. En el período de Esmirna, la Iglesia es alentada. Es una de las dos, con Filadelfia, que no recibe reproches del Señor, y la anima y aprueba esas obras en el sufrimiento. El Señor sabe cuál es el origen de ese sufrimiento; Él conoce la tribulación debida a la amarga persecución de que es objeto Su amada, y que detrás de bambalinas es Satanás quien en verdad está interesado en destruir a la Iglesia de Jesucristo, pero el querubín caído se vale de sus instrumentos humanos para realizar su labor destructiva, y en esos doscientos años del período de Esmirna usó todo el poderío imperial para efectuar sus protervos deseos. El Señor permite la tribulación en Su Iglesia, entre otras cosas, para capacitarla para que participe y disfrute de las riquezas de la vida del Señor.

Eventualmente la historia registra la acción de los emperadores romanos. ¿Qué motivos aparentes movían a los Césares a perseguir a los cristianos y pretender extirparlos? ¿Qué males le acarreaban los santos al Imperio y a la sociedad? ¿Eran los creyentes unos delincuentes? Los cristianos hacían el bien; conformaban un grupo obediente a la ley, pero eran odiados y perseguidos de muerte debido a que no compartían la idolatría y la adoración a los dioses ajenos; en consecuencia eran considerados unos alienados, personas insociables, desafectos o aborrecedores de los demás seres humanos; eran considerados también unos ateos porque no creían en los dioses paganos, y todo eso iba alimentando un antagonismo morboso. También consideran los historiadores que la negativa de muchos cristianos a ejercer cargo de magistrados, portar armas y rendir culto al emperador, los hizo oficialmente sospechosos. En los primeros siglos, en los tiempos de la República, se rendía culto a Roma, pero con el establecimiento del imperio, los emperadores, con el título de Augustos, fueron considerados "divinos", pues les llamaban præsens divinus (divinidad encarnada), y reclamaron culto a su persona, tal vez siguiendo la costumbre heredada desde los tiempos de Alejandro Magno.

Similar a lo que ocurre hoy en torno a las religiones idolátricas y supersticiosas, con esa efervescencia en la fabricación de toda suerte de objetos religiosos, ese gran comercio con misas fúnebres, responsos, crucifijos, imágenes, escapularios, estampas, medallas, sufragios, veladoras y miles de cosas más, en ese tiempo se habían cristalizado fuertes intereses financieros en la industria religiosa pagana; sacerdotes y laicos relacionados con los templos de los ídolos, los fabricantes de imágenes, escultores, arquitectos de templos, artesanos de réplicas de templos, como el caso de los plateros de Efeso; todos ellos veían afectados sus pingües negocios por el avance de la Iglesia, e incitaban y promovían la persecución en contra de los santos.

El Señor también le dice a la Iglesia en Esmirna que conoce su pobreza. Algunos exegetas consideran que se trata de una pobreza económica, lo cual en parte puede ser verdad; y consideramos que estar atribulados y perseguidos en medio de escasez ya de por sí es una gran calamidad. Pero si analizamos más detenidamente el contexto y profundizamos el significado, obtendremos nuevas luces sobre este rasgo tan importante de la Iglesia en el período de Esmirna. Cuando le dice que conoce su pobreza, a continuación, y en contraste, le añade las palabras "pero tú eres rico"; es decir, que hay una riqueza en el Señor que genera esa pobreza de espíritu. Es todo lo contrario de lo que le dice a la iglesia en Laodicea: "Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo" (Ap. 3:17). Se dice que esta riqueza de que se enorgullece la iglesia en Laodicea no es necesariamente de tipo material, aunque también hay parte de eso; nótese que ya de por sí esa expresión encierra soberbia, y el Señor le aclara su verdadera condición espiritual. El verdadero vencedor es pobre en espíritu y rico en Dios.

Asimismo ocurre en el caso de Esmirna. La pobreza de esta sufrida iglesia puede tener sus visos de necesidades materiales, y de hecho los tiene si tenemos en cuenta que por causa de las persecuciones eran despedidos de sus trabajos, sus bienes confiscados y sufrían pérdidas por diferentes motivos; pero la tribulación, la pobreza, la blasfemia, la cárcel y la muerte, son los ingredientes de la amargura de Esmirna. No hay base escrituraria para afirmar que la pobreza sea algo bueno per se, ni que garantice la espiritualidad de la persona; como tampoco la Biblia hace la apología de la riqueza. Hay ricos santos y humildes, así como hay pobres altivos. El Señor tiene otros intereses y otros propósitos. Dice en Mateo 5:3: "Bienaventurados los pobres en Espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". No siempre la riqueza material engendra soberbia, pues de hecho hay creyentes adinerados que son humildes de corazón, pero la carencia de pobreza espiritual se traduce a menudo en altivez; la pobreza espiritual es característica fundamental del cristiano normal.

Es notorio que hay un aspecto en que el cristianismo denominacional se asemeja mucho al mundo y es que en muchos sectores del protestantismo se propugna con regularidad hacia la prosperidad y al éxito material y se desprecia la humildad. Una de las nefastas consecuencias de esta orientación es la marcada tendencia a dividirse en congregaciones con distingos de clases, posiciones sociales, situaciones económicas y hasta profesionales. ¿Apoya el Señor que haya iglesias de ricos e iglesias de pobres? ¿No es vergonzoso delante del Señor que haya iglesias de blancos e iglesias de negros? ¿Está conforme el Señor con todas esas discriminaciones, exclusividades, divisiones, altiveces y esnobismos que suelen darse en Sus hijos por los que derramó toda Su sangre el ser más humilde que haya pisado esta tierra? Ser pobre en espíritu es no confiar en lo que tienes, ni en lo que sabes, ni en lo que eres, sino que tu sola confianza está puesta en el Señor. En esto se diferencia el hombre natural y el cristiano. Una persona que tiene al Señor Jesucristo como su único soporte, su único tesoro y su única riqueza, es verdaderamente rica. Al respecto cabe preguntar, ¿qué dicen los apologistas de la llamada teología de la prosperidad?

Sinagogas de Satanás

También el Señor le manifiesta a la iglesia en Esmirna que está atento a la blasfemia de los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que se han convertido en Sinagoga de Satanás. Es innegable que desde su nacimiento la Iglesia del Señor fue objeto de los ataques por parte de los judíos, así como lo había sido el Señor en su ministerio terrenal. Observamos que las primeras persecuciones se originaron por cuenta de los judíos. Más tarde el apóstol Pablo en sus recorridos predicaba primero en las sinagogas de los judíos; algunos creían, pero los que se oponían blasfemaban y fomentaban la persecución, y aun muchos de los que creían también importunaron con la pretensión de la judaización en la Iglesia. Pero el asunto va más allá; todo eso encierra la simbología de algo más profundo, pues a la luz de la Palabra, el término judío es genérico para todos los creyentes, los que tengan "11la fe que tuvo (Abraham) estando aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; 12y padre de la circuncisión, para los que no solamente son la de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado" (Ro. 4:11-12). También lo aclara Pablo cuando dice: "28Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; 29sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios" (Ro. 2:28,29). "7Ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos. 8No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios" (Ro. 9:7, 8).

Entonces un verdadero creyente en Cristo tipológicamente es un verdadero judío, y también en esa modalidad de judío puede haber falsos judíos (cfr. Juan 8:39-47). Se puede aparentar ser judío. Esto nos deja la seria inquietud de que también existen congregaciones que se dicen ser cristianas sin serlo sino sinagogas de Satanás, en donde no se predica el evangelio total. Y si no se hace la voluntad del Señor, ¿la voluntad de quién se hace? Quien se oponga a la voluntad del Señor, se hace uno con Satanás. En donde no se honra al Señor, sino que se le persigue, persiguiendo a los hijos de Dios. En las sinagogas de los judíos se había llegado a ese lamentable estado. Hay muchos que, como los judíos, presumen de su legítimo origen histórico y de la antigüedad de su respectiva organización religiosa, y siguen sin ver el mal que practican, aborreciendo incluso a los que no militan en su religión, despreciando a los que no comparten sus ideas, desconociendo el Cuerpo del Señor, pero el Señor descubre su verdadera situación. La sinagoga utilizó la política y el poder imperial para perseguir al Señor y luego a la Iglesia. En la historia, corrientes oficiales de la religión, como el catolicismo y el protestantismo, han utilizado el poder político para perseguir la Iglesia y oponerse a la economía de Dios. Sólo Dios sabe cuándo una congregación y aun una institución eclesiástica se convierte en sinagoga de Satanás.

Hay evidencia en la Palabra, por ejemplo en las cartas de Pablo a los Gálatas, Romanos y Colosenses, de esa parte judaizante de la Iglesia, que ha persistido hasta hoy, con sus enseñanzas basadas parte en la ley mosaica y parte en la gracia que viene por medio de Jesucristo; y lo que es peor, a menudo con carga de leyes, normas y estatutos añadidos de otras fuentes no bíblicas. A ese tipo de enseñanza se le ha dado un exagerado valor y se ha institucionalizado, invalidando de paso el verdadero propósito del Señor. Muchos eclesiásticos hoy, aun cuando no sean judíos, insisten en preservar las prácticas del judaísmo, tales como una casta sacerdotal, rituales de sacrificio, templos materiales, pero a la verdad todo eso son tipos que han hallado cumplimiento y que han sido reemplazados por Cristo, porque no fueron sino la maqueta del verdadero edificio. A todas esas cosas Pablo les llama rudimentos del mundo. Por ejemplo, hay quienes enfatizan lo de guardar determinado día, y machacan en esta famosa forma de judaizar, pero Pablo te dice que nadie te juzgue por lo que comas o dejes de comer, ni por el día que hayas de guardar, pues todo es sombra de lo que ha de venir (cfr. Colosenses 2:8,16-17). ¿Crees que las cartas del apóstol Pablo hacen parte de la Palabra de Dios? Se judaíza asimismo con el fomento de las castas sacerdotales y el clericalismo; es como si se propagara un evangelio diferente, cosa que hay que evitar. Busquemos al Señor Jesucristo; en Él estamos completos.

Herejes y herejías

El Señor conoce la blasfemia de los que se dicen ser judíos y no lo son, sino sinagoga de Satanás; lo cual nos indica que hay quienes pretenden ser lo que no son con el fin de obtener pleitesía, preeminencia y prerrogativas especiales, lo cual encierra blasfemia. Eso fue lo que hizo Lucero en el cielo. Entonces el contenido del término blasfemia es amplio. (Incluye escarnecer e injuriar el nombre de Dios, la idolatría, y lo que trae como consecuencia de desechar la fe y la buena conciencia, que puede resultar en caer en herejías). En el período de Esmirna, siglos II y III, surgieron los ataques satánicos. Unos con nuevas herejías, otros como continuación de las iniciadas en el período anterior. Los errores cristológicos han surgido desde el mismo comienzo de la historia de la Iglesia. Vemos esos tres grandes frentes de ataques de Satanás en los tres primeros siglos: Los judaizantes, las herejías y las persecuciones imperiales. Es sumamente importante tener en cuenta que en aquella Alejandría del antiguo Egipto se respiraba una rara atmósfera religioso filosófica saturada del gnosticismo de los egipcios, judaísmo, dualismo de los persas, zoroastrismo, politeísmo y filosofías griegas, a la manera de un gran potaje donde se cocinaron muchas herejías que enfilaron sus venenos en contra de la Iglesia. El proceso de amalgamar al cristianismo con judaísmo y filosofías griegas y orientales dio como resultado la perversa mixtura de herejías que han desviado a millones de personas de la verdad de Dios.

No olvidemos que en el período de la Iglesia perseguida se desarrolló la doctrina, principalmente para hacerle frente al surgimiento de las herejías, y fue compuesto el famoso "Credo de los Apóstoles", y eso dio lugar a un curioso hecho. Mientras que en el período apostólico la fe y entrega era auténtica, de corazón, y en él se vivía más la vida en el Espíritu, en cambio en el de Esmirna se fue generalizando gradualmente una fe más mental, del intelecto, por el rigorismo y énfasis en el sistema de doctrinas; recitar el credo llegó a ser en determinado momento como una prueba de pertenecer a la Iglesia, sin que con ello se niegue la existencia de verdaderos santos enriquecidos por el Espíritu Santo. En este período profético, con mayor énfasis a fines del siglo segundo, se dice que en parte como una reacción a los movimientos considerados como heréticos (gnosticismo, marcionismo y montanismo), fue tomando desarrollo en la Iglesia una organización visible y la formulación intelectual de creencias. Empezaron a darle forma al sistema clerical y un sistema administrativo que se concentraba alrededor de los obispos. Y había pasado el tiempo en que en una iglesia local hubiese varios obispos o presbíteros, sino que había un solo obispo en determinada ciudad, para determinada área, de acuerdo con el número de cristianos. Las palabras obispo y presbítero habían dejado de ser intercambiables. Entre las herejías más representativas del período de Esmirna podemos mencionar:

Marción

Rico y prominente hereje del siglo II. El nombre más famoso entre los primeros dirigentes gnósticos. Cristológicamente era docetista. Hijo del obispo de Sinope, puerto en el Ponto, en la costa sur del mar Negro, y propietario allí de barcos. Se supone que al ser hijo de un obispo, haya sido criado en el marco de las enseñanzas cristianas. Habiendo ingresado a la iglesia en Roma, hizo allí una generosa dádiva; pero más tarde empezó a enseñar los errores que le dieron tanta fama, y después de haber sido separado de la comunión de la iglesia alrededor del año 144, fundó su propio movimiento eclesiástico rival al cristianismo ortodoxo, con una influencia en muchas partes del Imperio Romano de casi unos dos siglos. No se conoce mucho acerca de la personalidad de Marción sino a través de los escritos y testimonios de Ireneo, Hipólito y Tertuliano, quienes lo combatieron y pusieron las bases para una explicación sistemática de la fe cristiana y su diferencia con un sistema filosófico. Tengamos muy en cuenta que el Evangelio es revelación, no filosofía.

Entre las características dignas de mención del gnosticismo de Marción tenemos la obligatoriedad de la continencia y el voto de virginidad (celibato), el rechazo del Antiguo Testamento y su reducción de las Escrituras al Evangelio de Lucas y a las epístolas de San Pablo, pero no sin antes expurgar de ellas lo que él consideraba añadiduras. Oponía al Dios "terrible" del Antiguo Testamento, el Dios "bueno" del Nuevo Testamento, Dios de amor que se había mantenido escondido hasta que se reveló en Cristo.

Es curiosa la concepción marcionista acerca de Dios. Marción relacionaba las palabras del Señor Jesús en el sentido de que un árbol bueno no puede producir frutos malos, para enseñar que este mundo lleno de sufrimientos y maldad, no puede ser obra sino de un ser malvado y no de un Dios bueno; y a ese Dios creador de los judíos, que se gozaba con los sacrificios sangrientos, lo designaba con la palabra platónica Demiurgo. Los marcionistas rechazaban la salvación por gracia, a través de la fe obtenida en la justificación por Cristo, sino por una especie de ciencia o conocimiento (gnosis) superior, privilegio de unos pocos iniciados. De acuerdo con estas enrevesadas opiniones, Cristo no tenía ninguna relación con el Demiurgo, y por lo tanto no nació como los hombres, criaturas del Demiurgo, y, por consiguiente, a la manera de los fantasmas, sólo parecía que tuviera cuerpo. Para Marción, Cristo no vino a liberar a los hombres de la esclavitud satánica, sino del gobierno del malévolo, tirano y legalista Demiurgo.

Herejías como la de Marción, quien mutilaba la Biblia, llevaron a los grandes hombres de Dios a interesarse por distinguir entre los auténticos y los falsos escritos inspirados, y en la fijación definitiva del canon. Es la época también en que empezaban a aparecer los credos o confesiones de fe, especie de cortas síntesis de doctrinas esenciales de la fe cristiana, dirigidas en especial para los catecúmenos y candidatos al bautismo.

Sabelianismo

Este movimiento, llamado también monarquianismo modalista y patripasionismo porque enseñaba que el Padre sufrió la pasión, deriva su nombre de Sabelio, su exponente más famoso, y negaba la distinción de personas en la Trinidad. El primer defensor de esta línea de pensamiento herético al principio del tercer siglo, Noeto en Esmirna, enseñaba que el Padre nació en la persona de Jesucristo, para difundir el error de que el Padre vino a ser así el Hijo, y que el Padre murió y resucitó de entre los muertos. Luego fue difundido y llevado a Roma por Sabelio, quien con Praxeas enseñaba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una misma persona y tres modos o aspectos de Dios, y usando un sofisma lo comparaba con el sol, que es brillante, caliente y redondo.

Esta línea de pensamiento teológico, que hoy día se conoce como el unitarismo, reconoce sólo a Jesucristo en la Trinidad. Calixto, obispo de Roma, aunque excomulgó a Sabelio, le dio un espaldarazo a esta herejía con algunas controvertibles modificaciones. Marcelo de Ancira tenía tendencias sabelianistas y fue aprobado por el papa de Roma. El papa Ceferino, sucesor de Calixto, también tenía la misma línea. Pero este error fue combatido por Tertuliano en su libro Contra Praxeas, y por Hipólito, presbítero y maestro de la iglesia en Roma, así como escritor y teólogo distinguido.

Montano y los montanistas

Hay evidencias que en la segunda mitad del siglo segundo floreció en Frigia, Asia Menor, un despertamiento espiritual que tomó su nombre de Montano, oriundo de esa tierra. Los montanistas insistieron en el llamado a una vida de ayuno y oración, consagrada, austera y estricta debido a la creencia profunda de la inminente venida del Señor, y que la Nueva Jerusalén descendería pronto del cielo y se establecería en Frigia. Aunque sus enseñanzas fueron en su tiempo condenadas por la Iglesia, hay la opinión de que no debe clasificarse este movimiento como secta hereje, sino como puritanos que observaban el desliz de la Iglesia y proclamaban volver a la altura espiritual que le impuso el Señor Jesús, y a la sencillez de los cristianos primitivos. Montano en su bautismo habló en lenguas y profetizó ser el escogido por el Paracleto como el profeta de Dios para preparar ese segundo advenimiento del Señor Jesús. A menudo Montano decía estar bajo la influencia del Espíritu Santo, de tal manera que podía ser el instrumento para recibir nuevas revelaciones a la Iglesia. Había, además, dos mujeres profetizas, Priscila y Maximila, discípulas de él, y una de las profecías de la primera fue tomada como un lamento del Espíritu Santo por el hecho de que la Iglesia lo estaba rechazando, tanto en ese tiempo como en muchos otros períodos.

El movimiento montanista se extendió ampliamente y persistió hasta entrado el siglo quinto, y un hecho de no poca importancia y propaganda para ese movimiento fue el ingreso a sus filas de un hombre de la talla de Tertuliano, el teólogo más importante de su tiempo, el cual había servido ampliamente a la Iglesia defendiendo el cristianismo del mundo pagano y refutando herejías en su interior. Podríamos sintetizar tres aspectos que los montanistas reafirmaban y que según ellos, la Iglesia iba abandonando:

1. El Espíritu de Dios como fuente de poder en la Iglesia. El continuado ministerio sobrenatural del Espíritu Santo. El sacerdocio de todo creyente, y no sólo del clero. Necesidad que la obra de la Iglesia fuese realizada en el poder del Espíritu. Fuerte protesta contra el creciente clericalismo. Se considera negativo del movimiento el buscar las formas más sensacionales de profecía, éxtasis, sueños y predicciones del futuro, aunque se dice que ellos no aprobaban las revelaciones que fuesen contrarias a las Escrituras.

2. Combatían la flojedad de vida espiritual y la indisciplina en la Iglesia. Se considera negativo del montanismo el hecho de no distinguir entre la verdadera santidad y el ascetismo, prácticas éstas que consideraban como obligatorias, así como el ayuno. Tertuliano escribió un tratado para probar que no era lícito huir en tiempo de persecución.

3. Reafirmaban la verdad de la inminente venida del Señor. Ellos se consideraban no separados del resto de la Iglesia, sino un grupo de los "espirituales". Se dice que las mártires Perpetua y Felicitas eran montanistas, y tampoco hay evidencias concretas de que Tertuliano haya sido excluido de la comunión de la Iglesia. Se les considera negativo el que hubieran desprestigiado con sus extravagancias esas mismas verdades que enfatizaban. Se considera asimismo negativo el agregar nuevas revelaciones a las que ya había dado el Señor.

En la época moderna, Juan Wesley aprobó la mayor parte de las enseñanzas montanistas; asimismo Harnack, el eminente y controvertido erudito patrístico moderno, también las ha aceptado.

El maniqueísmo

Manes o Maniqueo (216-276), su fundador, fue un aristócrata persa educado en Babilonia, en donde tuvo la idea de perfeccionar las enseñanzas del parsismo de Zoroastro y mezclarlas con las del cristianismo y el judaísmo, dando como resultado lo que él llamó los dos principios divinos o reinos, el del bien y del mal, uno de luz y otro de tinieblas, que luchan en el mundo, y que tienen igual origen y similares poderes. No es nuestro propósito exponer acá sus fantásticas doctrinas, pero podemos esbozar que las mismas estaban asociadas con el dualismo persa; también rechazaban a Jesús, y en cambio tenían un "espíritu del sol" al que llamaban el "Cristo celestial". Manes llegó a la convicción de ser comisionado por una visión divina para ser profeta; y se dice que encabezaba sus cartas con "Manes, Apóstol de Jesucristo", y declaraba asimismo ser el Paracleto prometido por el Señor Jesús, o bien que el Paracleto hablaba a través de él. Los maniqueos formaban sociedades similares a las iglesias cristianas, cultivaban el celibato; como las doctrinas de tipo esotérico, prohibían comer carne; también eran severos en el ascetismo. Agustín de Hipona, uno de los más importantes teólogos de la Iglesia, era maniqueo antes de su conversión, pero el maniqueísmo no satisfizo los interrogantes y la búsqueda espiritual que en su oportunidad lo acuciaba.

Las diez persecuciones

"10No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida".

Así como el Señor Jesús fue el Apóstol, el enviado por el Padre, indiscutiblemente asimismo fue el primer mártir por la causa del Padre. Desde el comienzo de esta carta, el Señor anima a la iglesia en Esmirna presentándose como el que estuvo muerto y vivió, el que padeció y sufrió, pero salió triunfante. Ahora le dice que no tema, porque la victoria de Cristo es la misma victoria de la Iglesia. Satanás no pudo acabar con la Iglesia usando la blasfemia; ahora se va más lejos y enciende una tribulación que comienza con encarcelamiento de los santos. Son los seguidores e imitadores de quien fue crucificado porque fue considerado una amenaza al orden establecido. Solemos ver las personas, los gobernantes, pero la Biblia una y otra vez declara que detrás de todas las personas que persiguen a la Iglesia de Cristo, está el titiritero mayor moviendo sus fichas; es el diablo mismo con una poderosa organización de huestes malignas arrastrando al mundo en su corriente de maldad.

Es necesario que seamos probados. Pero las pruebas, por amargas que sean, tienen una razón y también un límite. Diez días significa que la tribulación sería por un tiempo; también eso se refiere a diez grandes persecuciones ordenadas por ciertos emperadores romanos durante los tres primeros siglos de la Iglesia, las cuales han sido consideradas aun por la historia secular como crueles y sangrientas. La Iglesia sufrió un largo siclo de persecuciones que iba aumentado gradualmente, hasta comienzos del siglo cuarto. Ahí vemos la religión satánica aliada con el poder político demoníaco tratando de exterminar la Iglesia de Jesucristo. Pero el Señor la fortaleció y en vez de ser exterminada, siempre salía fortalecida y victoriosa. El Señor sabía que muchos iban a sufrir el martirio y les invita a ser fieles hasta la muerte, prometiéndoles la corona de la vida, lo cual no se refiere a la salvación eterna sino a un galardón dispensacional en el milenio. A esas amargas persecuciones las trataremos de sintetizar usando un orden cronológico y coherente.

1. Nerón Claudio César

Emperador romano entre los años 54-68 d. C. Asociada con el nombre del emperador Nerón tuvo lugar la más famosa de las primeras persecuciones contra la Iglesia de Jesucristo. Tomó como pretexto un incendio que destruyó parte de Roma en el año 64 d. C., para inculpar a los cristianos, quienes fueron acusados de odio a la raza humana, iniciando con este pretexto la primera, breve pero cruenta persecución contra la Iglesia. Se dice que el pueblo murmuraba atribuyéndole el incendio a Nerón, quien buscaba favorecer su proyectada reforma urbanística, entonces él vio una salida acusando a los cristianos de tal incendio. Durante esta persecución fue martirizado el apóstol Pablo por mandato de Nerón. Hay una tradición que señala que el apóstol Pedro también fue víctima de Nerón, y que murió en Roma, pero, como antes se dijo, no hay pasajes bíblicos que acrediten que dicho apóstol hubiese estado en esta ciudad. Tan fiera y sangrienta resultaba la persecución desatada por Roma, que Juan para referirse a esta ciudad y sus instituciones político religiosas, se cuidaba de nombrarla con el misterioso apelativo de Babilonia, la ciudad "ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús" (Ap. 17:6), como después volvemos a referirnos a esto en detalle.

2. Domiciano Tito Flavio

Emperador romano entre los años 81-96 d. C., hijo de Vespaciano y hermano y sucesor en el trono de Tito, famoso éste por haber comandado las legiones romanas que destruyeron a Jerusalén en el 70 d. C. Durante el reinado de Domiciano la Iglesia sufrió persecuciones crueles, cargadas de odio impulsado por la ira de un gobernante supremamente tirano. En su reinado se acentuó la obligación de que toda persona en todo el territorio del Imperio Romano ofreciera al César incienso por lo menos una vez al año. Era una especie de adoración que en el imperio le tributaban a la persona del emperador reinante; asunto este que no necesariamente había tenido su origen en Roma; pues ya se practicaba en anteriores culturas. Recuérdese el caso de Nabucodonosor en Babilonia, registrado en el capítulo 3 del libro del profeta Daniel. El emperador romano era considerado divino; y los cristianos primitivos rehusaron reconocer el título de Kyrios Káiser al emperador, o sea, el señor de toda la tierra, dueño incluso de la vida y bienes de sus súbditos, reservándolo única y exclusivamente para Cristo.

Dentro del Imperio constituía un delito, por no decir un crimen de lesa majestad el acatar, obedecer y adorar a otro Kyrios (Señor) que no fuese el emperador. En el culto al emperador no vemos otra cosa sino a Satanás haciéndose adorar en la persona de un hombre, que a la sazón es su sumo sacerdote, el espíritu del anticristo haciendo sentir su influencia malévola desde la antigüedad. Los santos eran llevados a los tribunales acusados además de transgresores de las leyes contra la tradición religiosa, sacrilegio, magia, práctica de un culto extranjero, hostiles al estado por no tomar parte en los ritos del culto imperial. La multitud consideraba a los santos del Señor como unos desleales y conspiradores de una revolución, por el hecho de que los observaban alabando y adorando a otro Kyrios, otro Rey, "un tal Jesús, que dicen que resucitó". De modo que todas esas circunstancias alimentaban el fuego de esas feroces persecuciones. Durante el reinado de Domiciano, alrededor del año 86, fue deportado el anciano apóstol Juan de Efeso a la isla de Patmos por su testimonio del Señor, en donde se le aparece el Señor Jesús y le descubre el velo de los acontecimientos finales, escribiendo así el libro del Apocalipsis (*1).

(*1) Aunque la mayoría de los historiadores no lo haya considerado como persecución, sin embargo registramos que durante el reinado de Marco Ulpio Trajano, emperador romano entre los años 98-117 d. C. Durante su reinado, en el año 107 d. C., por orden del gobernador romano en Palestina, fue ejecutado Simón, sucesor de Santiago como cabeza de la iglesia en Jerusalén, y también hermano menor del Señor (Marcos 6:3). También Ignacio, por sobrenombre Theophoros o Portador de Dios, obispo de Antioquía de Siria, fue arrojado a las fieras en el anfiteatro romano en el año 107, después de haber comparecido ante el mismo Trajano, quien lo sometió a un dramático interrogatorio. Durante su viaje a Roma para ser martirizado, Ignacio escribió unas cartas a las iglesias en las localidades de Efeso, Magnesia, Tracia, Roma, Filadelfia y Esmirna, entre otras, así como una a Policarpo, el obispo de Esmirna, y que se han conservado; las cuales nos transmiten valiosos informes sobre la fe cristiana en aquella época. También hablan esas cartas acerca de la reacción frente al docetismo. Se dice que Trajano sostuvo una cruzada correspondencia con Plinio Hijo (el menor), quien a la sazón servía como legado imperial en Bitinia, indicando que el cristianismo estaba oficialmente proscrito; que si los cristianos se retractaban, podían ser perdonados, de lo contrario habían de ser ejecutados. Durante su reinado también fue martirizado Clemente, obispo en Roma, en circunstancias bastantes curiosas, pues hay testimonio de que fue arrojado al mar, habiéndole atado al cuello un ancla de hierro. Durante el reinado de su sucesor, Adriano (117-138), hubo persecución en menor grado. Entre los mártires de ese tiempo se cuenta a Teléforo, pastor de la iglesia en Roma.

2. Esmirna (2a. parte)

Por Arcadio Sierra Díaz - 23 de Abril, 2007, 16:23, Categoría: General

ESMIRNA

(2a. parte)

3. Antonino Pío

Emperador romano entre los años 138-161 d. C. Considerado el más noble de los emperadores romanos; su reinado es considerado la edad de oro de la gloria de Roma. Bajo su reinado los cristianos sufrieron en Roma y otras provincias del Imperio. Por ejemplo, en el año 155, Policarpo, obispo en Esmirna, murió quemado en la hoguera, pero viendo que su cuerpo no se consumía con el fuego, el rematador le hundió un puñal en el pecho. Antonino Pío hizo parte de los llamados "cinco emperadores buenos", con Nerva, Trajano, Adriano y Marco Aurelio, y durante sus gobiernos ningún creyente podía ser arrestado sin que se le comprobara algún delito. Sin embargo, tal vez por las razones que hemos expuesto, cuando Policarpo compareció ante el procónsul, se le instó a maldecir el nombre de Jesucristo. Estando en el estadio, el procónsul le dijo: "Jura y te pongo en libertad. Maldice a Cristo". Entonces Policarpo dijo: "Ochenta y seis años hace que le sirvo y ningún daño he recibido de Él; ¿cómo puedo maldecir de mi Rey, que me ha salvado?" Los jueces incitaban a este ilustre mártir pronunciar el Kyrios Káiser (el César es el Señor), como si se tratara de algo baladí, con lo cual se libraría de la muerte; pero él se rehusó a pronunciar esa gravísima blasfemia. Es probable que Policarpo fuese el último sobreviviente de los que habían hablado con testigos oculares de Jesús y Su gloriosa resurrección. (Favor leer el martirio de Policarpo en el Excursus I al final de este capítulo).

4. Marco Aurelio

Emperador romano entre los años 161-180 d. C. Se dice que este filósofo estoico fue el mejor, el más magnánimo y concienzudo de los emperadores romanos. Autor de "Meditaciones", sabias sentencias cargadas de altos sentimientos acerca del prójimo; pero en parte mal aconsejado por sus mentores que le hicieron creer que el cristianismo era un movimiento inmoral, que inculcaba el obstinado afán de morir, y también en parte porque por motivos políticos procuraba restaurar la antigua religión imperial, llegó a profesar mucha aversión por los innovadores cristianos, pues muchos de sus súbditos paganos afirmaban que el descuido de la adoración a los antiguos dioses que habían llevado a Roma a gozar de todo ese gran poder, era causa de los desastres que estaba sufriendo el imperio. Veía a los cristianos como un peligro que se cernía contra la estructura de la civilización imperial que él estaba propugnando. Pero, ¿qué había detrás de todo esto? ¿Por qué había decaído la adoración a los antiguos dioses en el Imperio Romano? Marco Aurelio, por muy moralista que fuese, sin embargo, no dejaba de ser el jefe, el sumo pontífice, de la religión satánica, y era guiado por su dios y padre a exterminar la gran fuerza de santos que con sus oraciones estaban haciendo tambalear la idolatría y esa nube de demonios que se cernían sobre el cielo imperial. El león rugiente guiaba a su agente humano con el fin de que acabase con la Iglesia de Jesucristo, y le daba poder para que llevase a cabo su nefasta empresa. Durante su reinado permitió persecuciones incluso en Galia, como la que se desató en Lyon en el año 177, y en sus dominios los santos eran decapitados o devorados por las bestias en la arena, entre los cuales tenemos a Justino Mártir, antiguo maestro filósofo, uno de los hombres más capacitados de su época y uno de los más preclaros apologistas de la fe. Sus escritos aún existen. Fue martirizado en el año 166.

5. Septimio Severo Lucio

Emperador romano entre los años 198-211 d. C. En el siglo III, al decaer los cultos tradicionales, el cristianismo se transformó en una fuerza considerable. Septimio Severo procuró en vano restaurar las decadentes religiones imperiales de otros tiempos. Al principio de su reinado no se mostró desfavorable a los cristianos; incluso se dice que algunos de ellos hacían parte de su familia oficial, y que confiaba a una nodriza cristiana la crianza de Caracalla, su hijo. Pero a partir del 202 en todos sus dominios persiguió fieramente a la Iglesia, hasta el final de su reinado y muerte, y lo hizo con tanta crueldad, que muchos escritores cristianos lo consideraron como el anticristo. De esta persecución se registra en la sola ciudad de Lyon diecinueve mil mártires. Donde más se ensañó fue en Egipto y todo el norte de África. Por ejemplo, Leonidas, el progenitor del gran teólogo Orígenes, fue decapitado en Alejandría, y Orígenes quiso correr la misma suerte del padre, pero su madre se lo evitó, escondiéndole la ropa. En la ciudad de Cartago, fueron despedazadas por las feroces bestias en el año 203, Perpetua, una mujer noble de esa ciudad, y Felicitas, su esclava.

6. Maximino Tracio, Cayo Julio Vero

Emperador romano entre los años 235-238 d. C. Responsable de que fuera avivada en alto grado la persecución contra los cristianos en su corto reinado. En ese tiempo Orígenes se salvó escondiéndose.

7. Decio, Cayo Mesio Quinto Trajano

Emperador romano entre los años 249-251 d. C. Al igual que Maximino Tracio, era oriundo de la región de Tracia. Intentó imponer la unidad religiosa en el Imperio, causa por la cual desató una terrible persecución general contra los cristianos; la más severa que se había sufrido hasta entonces. Su intención pudo ser la de extirpar el cristianismo como una amenaza al bien común. Se dice de Decio que sus admiradores lo alababan como la personificación de las viejas virtudes romanas, incluyendo una preocupación debida a que en el imperio se estaban abandonando los dioses romanos, los cuales, desde su punto de vista, habían engrandecido a Roma, lo cual había acarreado muchas calamidades y la decadencia que afectaba la sociedad. Esto lo indujo a ordenar por medio de una serie de edictos, a que todos los ciudadanos del imperio ofreciesen sacrificios a los dioses, afectando amargamente a los santos. Muchos pagaron con sus vidas antes que apostatar de su fe; algunos, como el caso de Orígenes, fueron encarcelados. Afortunadamente su reinado tuvo corta duración, y a su muerte la destrucción de la Iglesia tuvo un tiempo de cesación. A Decio lo mataron los bárbaros a flechazos.

8. Galo, Cayo Vibio Treboniano

Emperador romano entre 251-253 d. C., después de la muerte de Decio, cuando fue proclamado emperador por las tropas de Mesia y Tracia, pero fue muerto por sus soldados a fines de 253 en Terni. Su reinado es conocido por la persecución que emprendió contra los cristianos.

9. Valeriano, Plubio Licinio

Emperador romano entre los años 253-260 d. C. En 257 decretó astutamente una persecución general contra los cristianos, de corta duración pero con furia redoblada, famosa debido a que durante ella fue decapitado Cipriano, el célebre obispo de Cartago, al norte de África, uno de los más eminentes escritores y dirigentes de la Iglesia en su tiempo. (*2) Es importante fijarnos en el hecho de que durante la persecución de Decio, Cipriano tuvo que huir de Cartago, sin que por ello descuidara la guía de la iglesia. A su regreso pronunció un discurso contra los lapsi, que eran los cristianos que apostataban de su fe en tiempos de persecución, y pasada ésta solicitaban ser readmitidos de nuevo en la comunidad de la Iglesia, para eludir el sufrimiento. Cipriano no se detuvo ahí, sino que, además, escribió muchas cartas y un libro titulado "Los lapsi", oponiéndose a la fácil readmisión sobre todo de los que se habían librado de la persecución por haber sacrificado a los ídolos, o lo habían logrado mediante soborno a las autoridades imperiales, solicitando asimismo duras penitencias a estas personas. Novaciano, obispo de la iglesia en Roma, fue aún más lejos oponiéndose fuertemente a su admisión, y se produjo el cisma de Novaciano, dando origen al novacionismo, que duró hasta entrado el siglo quinto, seguidos por los donatistas, nombre tomado de Donato, obispo de Cartago. Durante la persecución ordenada por Valeriano se llegó a confiscar los bienes, el destierro para las matronas cristianas y la esclavitud para los oficiales cristianos del ejército. En Roma fue muerto el obispo, y el diácono Lorenzo asado sobre una parrilla.

(*2) La muerte de Valeriano no pudo ser más cruel. Dice Mauricio de la Châtre: "A fines del año 260, viéndose después de una derrota rodeado por los persas, sin esperanza de poder escapar, tuvo una conferencia con Sapos, rey de los persas, que le retuvo prisionero, sin querer jamás devolverle la libertad. El pérfido monarca, después de haberle tratado con la mayor indignidad por espacio de nueve años, haciéndole servir de estribo para montar a caballo, o subir a su carro, le hizo al fin dar muerte en 269, negándole los honores de la sepultura; porque después de su muerte, Valeriano fue degollado por orden de aquel bárbaro, salado su cuerpo y su piel curtida y teñida de encarnado y puesta en un templo para eterno monumento de la afrenta de los romanos. Todos los cristianos han reconocido el dedo de Dios en el deplorable fin de Valeriano". La historia de los Papas y los Reyes. CLIE 1993. Tomo I, pág. 189.

10. Dioclesiano, Cayo Aurelio Valerio

Emperador romano entre los años 284-305 d. C. Uno de los más poderosos emperadores romanos. En política religiosa quiso restaurar las antiguas creencias, lo que le puso en conflicto con los cristianos, a los que persiguió duramente. Este emperador inició en 303 la más terrible y sistemática de todas las persecuciones contra la Iglesia de Jesucristo, la cual continuó su sucesor Galerio hasta el año 311. Su proceder contrasta con las circunstancias que le rodeaban, pues a la edad de cincuenta años, rodeado de cristianos en el cuerpo oficial, su propia esposa e hija a la vez esposa de su sucesor Galerio, eran cristianos, o favorables a la fe de la Iglesia, sin embargo, desató, tal vez instigado por el ambicioso Galerio, la más cruel de las persecuciones.

El gobierno imperial ordenó la quema de todo ejemplar de la Biblia confiscado; decretó la destrucción de toda edificación construida como centro de reunión de la Iglesia; que todos los que no renunciasen a su fe perdieran su ciudadanía y quedasen fuera de la protección de la ley. Se ordenó la degradación de cristianos que ocupaban puestos de honor en el imperio. Se daba el caso de que era incendiado el lugar de reunión, estando los creyentes en reunión, pereciendo en consecuencia los santos dentro de las paredes. Seguían emanando edictos ordenando el encarcelamiento de dirigentes de las iglesias, la esclavitud de los sirvientes domésticos que no adjuraran de su fe, y ofrecimiento de libertad a los cristianos que ofrecieran sacrificios a los viejos dioses, y, por el contrario, tortura y muerte para quienes se obstinaran.

La intención de Dioclesiano era la de exterminar la "superstición cristiana", como solía llamar a la Iglesia. Pero el Señor siempre estuvo presente. Él había muerto y resucitado primero, y hubo ocasiones en que metía Su mano, como la vez en que animales feroces dejaron ilesos a los cristianos que les eran expuestos, y atacaron a los perseguidores de los santos. Ante una contienda tan desigual entre un imperio dotado de un poderoso y cruel ejército y la resistencia pasiva de la Iglesia del Señor, ante los ojos de los hombres, ¿quién podría salir victorioso? Oh propósitos insondables los del Padre; el victorioso no fue precisamente el gobierno imperial con sus fuerzas satánicas y su confianza en la magia pagana, sino que el ejército de Cristo fue el vencedor, aunque haya sido el único que puso los miles de muertos y mártires. Recuérdese que en la Iglesia todos estamos calificados para ser mártires victoriosos. El término diócesis, que utiliza la Iglesia Católica Romana, proviene de Dioclesiano. Durante su reinado dividió las provincias o regiones de su imperio, y a esas divisiones se les llamó diócesis.

Todas estas persecuciones tuvieron un fin en los propósitos del Padre, y en vez de ser exterminada, la Iglesia salía más vigorizada, más santificada de cada una de ellas. ¿Por qué salía la Iglesia más vigorizada? Porque tiene dentro de ella la vida de resurrección. La vida de resurrección vence a la persecución, y el vencedor recibe el premio de la corona de la vida, como añadidura de la salvación. Cada hermano que permaneciera fiel aunque tuviese que ir a la cárcel o dar su vida, tenía la promesa de reinar con el Señor en el reino de los cielos. Satanás podrá recibir poder para quitarnos la vida, pero no puede ir más allá; no puede traspasar los umbrales de la muerte y arrebatarnos la corona de la vida, pues esas llaves sólo las tiene el Señor Jesús. Sólo el Señor conoce la gran muchedumbre de santos mártires que derramaron su sangre antes que rendir culto de adoración a criatura o institución creada por los hombres. Indudablemente Dios permitió todo ese período sangriento para su Iglesia para fundamentar y arraigar la fe en los corazones de Sus hijos; una vez que cesaron las persecuciones, se dio el inicio al período del decaimiento. No en vano está estampada como en caracteres de oro la siguiente afirmación: "14Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. 15Por eso están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos" (Ap. 7:14-15).

Constantino el Grande

A la muerte del emperador Constancio Cloro en 306, de quien se dice que jamás estuvo de acuerdo con la persecución a los cristianos, su hijo Constantino, quien se encontraba en York, Britania, fue proclamado emperador augusto por sus tropas, pero sus rivales se opusieron, por lo cual fue escalando posiciones en la política imperial, no sin antes librar una prolongada contienda. Dotado de un poderoso ejército fue derrotando a sus oponentes, y en el año 312, tras la muerte de Galerio, dio un paso decisivo con relación a la Iglesia. Aliado con Licinio, con quien hasta el momento se dividía el Imperio, el primer enemigo que tuvo que enfrentar fue a Majencio, quien se había hecho fuerte en Italia y se había apoderado de Roma, pero Constantino lo derrotó en la batalla junto al puente de Milvio, cerca de Roma. Narra en uno de sus libros el obispo Eusebio de Cesarea, que Constantino, a la sazón amigo suyo, le había contado haber tenido, la víspera a esa batalla, la visión de una cruz en los cielos, que llevaba la inscripción en latín, "In hoc signo vinces" (Con este signo vencerás), y que mediante un sueño Dios le confirmó, apareciéndosele con la misma señal, mandándole que se hiciera una semejante, a fin de que la usase como salvaguardia en sus batallas con sus enemigos.

Dice Eusebio que él mismo vio el estandarte que fue hecho por orden de Constantino, el cual constaba de una lanza cubierta de oro y piedras preciosas que orlaban un monograma con las letras griegas ji y rho (Χρ) del nombre de Cristo. Al año siguiente, en 313, Constantino y Licinio celebraron una entrevista en Milán, en donde tomaron la decisión de adoptar una política de tolerancia para los cristianos de todo el Imperio, por medio de la proclamación de un edicto, asunto que aceptó Licinio para que se beneficiara la parte oriental del Imperio, bajo su dominio. Pero las relaciones entre ambos emperadores, aunque eran cuñados, se fueron deteriorando sobre todo en el terreno religioso, pues Constantino propendía por favorecer a los cristianos y Licinio a los paganos. Por último sobrevino la irremediable guerra y Licinio fue derrotado en las batallas de Andrianópolis y Crisópolis en el año 324, quedando así en manos de Cayo Flavio Valerio Constantino I el Grande, el gobierno de todo el Imperio Romano.

El daño de la segunda muerte

"11El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte".

¿Qué invita el Espíritu Santo a oír aquí a la Iglesia? En primer lugar que no se nos olvide que el Señor Jesús fue crucificado en el Gólgota, pero resucitó glorioso; que no temamos lo que eventualmente tengamos que padecer por causa del Señor, pues Él tiene el control de todo lo que ocurre en el universo; que seamos fieles a Él hasta la muerte; vale la pena, pues las pruebas acrisolan nuestra fe; que Él está al tanto de todo lo que nos sucede y sabe lo que nos conviene; que sabe perfectamente quiénes son los verdaderos hijos de Dios y quiénes mienten al afirmar serlo, y se reúnen para reverenciar al diablo o servirse a sí mismos y no al Señor.

¿De qué tienen que ser vencedores los hermanos de la iglesia en Esmirna? La victoria aquí se trata de la fidelidad al Señor hasta la muerte. Si eres infiel terminas en derrota. Si huyes del sufrimiento, incluyendo el martirio, estás en derrota. Si amas más tu propia vida y no estás dispuesto a ofrendarla por el Señor, es posible que sufras daño de la muerte segunda. (*3) Por ser un tema controversial, en el presente libro no entramos a analizar lo del daño de la segunda muerte, pero dejamos sentado la clara doctrina bíblica de que los creyentes han de ser juzgados cuando el Señor venga. El apóstol Pedro dice que el juicio comienza por la casa de Dios (cfr. 1 Pedro 4:17). De hecho, el primer juicio que presidirá el Señor Jesús en Su segunda venida, será el de la Iglesia; Su propia Iglesia.

(*3) Para una mejor comprensión de lo que significa no sufrir daño de la segunda muerte, remito al lector a que lea mi libro "Los Vencedores y el Reino Milenial".

Como hijos de Dios, tenemos la responsabilidad delante de Él de hacer lo que nos corresponde, de conformidad con Sus propósitos, y de lo cual debemos dar cuenta. Dios no ha dejado a Su creación ni mucho menos la edificación de Su Iglesia al arbitrio de los hombres. Es necesario obrar de acuerdo con un plan minuciosamente trazado por el Señor. "Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo" (2 Co. 5:10). Aquí no se refiere al mundo sino a la Iglesia, a los santos. También hablándole a los discípulos, en Mateo 16:27, el Señor les dice: "Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras". No se trata de hacer las cosas de acuerdo con nuestro propio plan y propósito, así nos parezca muy encomiable, sino según Dios. Es necesario que desviemos nuestra atención de los intereses terrenales, tanto de tipo personal como de índole organizacional y no descuidar la salvación de nuestra alma. "...ocupáos en vuestra salvación con temor y temblor" (Fil. 2:12); y la razón de esto la encontramos también en la bendita Palabra de Dios, cuando dice: "Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?" (Mt. 16:26). De acuerdo con el contexto, esto no se lo dice el Señor a las multitudes mundanas sino a sus discípulos. Sufrir daño de la segunda muerte no es, pues, sufrir la muerte segunda (Ap. 20:14), que es eterna, sino participar temporalmente de algún tipo de sufrimiento dispensacional durante el período del reino milenial; sufrimiento del cual el creyente no vencedor ha de salir una vez haya pagado hasta el último cuadrante; es decir, hasta que realmente su alma haya sido transformada.

La Patrística

Es sumamente importante trazar un ligero perfil de los principales protagonistas y algunos hechos de interés de este amargo pero fructífero período de la Iglesia del Señor. Algunos de esos grandes maestros son los llamados padres de la Iglesia.

Clemente de Alejandría

Clemente de Alejandría (150-215 aproximadamente), nació probablemente en Atenas y fue formado en la atmósfera cultural y filosófica helénicas; se conformaba con el temperamento ecléctico filosófico grecorromano, y en su búsqueda de la enseñanza apostólica fue atraído por Panteno, de quien fue sucesor en la dirección de la escuela de Alejandría. En el año 203 y a causa de la persecución del emperador Septimio Severo, abandonó Alejandría, y se sabe que en las iglesias de las localidades de Jerusalén y Antioquía le llamaban "el bendito presbítero". Clemente llegó al convencimiento que el hombre sabio no debe gloriarse en su sabiduría y que "la sabiduría de este mundo es necedad para con Dios", pero a la vez sostenía las bondades de la filosofía griega para el avance del evangelio.

Clemente afirmó la no oposición entre las verdades religiosas contenidas en el cristianismo y la filosofía griega, a la que consideraba como una anticipación y una preparación para la exposición de las verdades cristianas. Según Clemente, fe y saber filosófico se complementan. Paradójicamente, a la par que repudiaba a los llamados gnósticos, decía que hay una gnosis cristiana, que viene por la fe y no por el razonamiento. Clemente enseñaba que a Dios sólo se le puede conocer por medio del Logos, (la Palabra, el Verbo) el cual existe desde siempre y es el perfecto reflejo y rostro de Dios, por quien se manifiesta y se da a conocer. Decía que Jesús es el Logos, el Dios santo, que derramó su sangre para salvar a los hombres; el Paidagogós o instructor de los creyentes. Pero parece que no pensaba en Jesús como verdadero hombre sino sólo en la apariencia. Afirmaba que el Señor Jesús es la Palabra (Logos) de Dios, el Espíritu hecho carne. De modo que a través de estos y otros conceptos, vemos la fuerte influencia de la filosofía griega en este varón. Casi todos sus libros fueron escritos en defensa del cristianismo contra el paganismo, entre los cuales han sobrevivido el Protreptikós, dirigido a los griegos para alentar a los paganos a convertirse, el Paidagogós (Instructor), con instrucciones morales para los creyentes, y los Stromata, o títulos de la filosofía cristiana, obra apologética y expositiva con instrucciones más avanzadas.

Orígenes

Orígenes (185-254). Indudablemente desempeñó un papel de mayor influencia este sucesor de Clemente como director de la escuela de Alejandría, desde cuando sólo tenía 17 años de edad. Gran teólogo y estudioso bíblico, nacido en Alejandría de padres cristianos. Su padre fue encarcelado y muerto, y los bienes de la familia confiscados durante la persecución ordenada por el emperador Septimio Severo. De no ser porque su madre le escondió la ropa, se habría presentado voluntariamente al martirio. Tomando al pie de la letra lo dicho por el Señor en Mateo 19:12, Orígenes se hizo eunuco, y también para aceptar alumnas en sus conferencias y evitar la posibilidad de cualquier escándalo. Fue estudiante del neoplatonismo. Visitó a Roma, Arabia, Grecia y Palestina.

En Palestina fue ordenado presbítero por los obispos de Cesarea y Jerusalén, pero eso le acarreó problemas con Demetrio, obispo de Alejandría, quien alegaba que no habían respetado su jurisdicción, pero en el fondo parece que había motivos de celos por el prestigio de Orígenes, por lo que éste tuvo que establecerse en Cesarea, en donde prosiguió sus actividades pedagógicas y de escritor ubérrimo, y a donde también tuvo la oportunidad de traer desde el Ponto a Gregorio Taumaturgo, quien recibió todo el aporte de las enseñanzas de Orígenes. Para ese tiempo los hombres se habían apartado mucho de los principios bíblicos sobre el presbiterio y el gobierno de la iglesia. Murió Orígenes como consecuencia de las torturas durante la persecución ordenada por Decio, a la edad de sesenta y nueve años y fue sepultado en Tiro.

Sus obras principales fueron:

* La Hexapla. Texto del Antiguo Testamento colocado en seis columnas paralelas; la primera el texto hebreo, la segunda el mismo texto hebreo trasliterado en caracteres griegos, y el resto varias traducciones griegas. Sólo se conservan fragmentos. Se dice que Jerónimo usó la Hexapla para la traducción de la Biblia latina, la famosa Vulgata.

* Comentario sobre las Escrituras.

* Sobre Principios Primeros (De Principiis). Cuatro libros. La primera obra dogmática o de teología cristiana, que se trata de la primera exposición metódica y comprensiva de la fe cristiana.

* Contra Celso. Son ocho libros de apología para rebatir los ataques y la más aguda crítica que contra el cristianismo había dirigido sesenta años antes el pagano Celso. Se le considera la más hábil defensa del cristianismo producida hasta entonces.

* Escritos menores. Uno llamado De resurrectione, otro sobre oración, otro sobre la exhortación al martirio.

Es indiscutible, como le sucedió a muchos otros hombres de Dios que habían sido educados en las canteras de la filosofía griega, que Orígenes, tanto en sus escritos como en el enfoque de su línea teológica, dejaba entrever alguna señal de esa herencia. Pero se aplicaba en el minucioso y profundo estudio de la Biblia, viendo en ella tres planos de significado: a) el común o histórico, el sentido literal, el de la carne, el que está en la superficie, para la gente sencilla; b) el alma de las Escrituras, el sentido moral, el que edifica a los que lo perciben, y c) el espiritual, místico, para los espirituales, que encierra algo escondido bajo lo que superficialmente repugna a la conciencia, pero que una vez discernido puede ser expresado en forma de alegoría. Pero es difícil mantener estos tres puntos de vista a través de toda la Palabra de Dios. Querer armonizar la filosofía con las enseñanzas del cristianismo, o lo que es lo mismo, explicar las enseñanzas del Señor en términos filosóficos y lógicos, además de sostener algunos otros puntos de vista erróneos, le acarrearon a Orígenes haber sido señalado como hereje en algunos puntos por sínodos regionales celebrados en Alejandría (399), Jerusalén y Chipre. Posteriormente, en dos concilios celebrados en Constantinopla (543 y 553) formularon el catálogo de los "Errores de Orígenes". El principal contradictor de Orígenes fue su antiguo discípulo Metodio de Olimpo, quien fue el que dio comienzo a las controversias.

Gregorio Taumaturgo

Gregorio Taumaturgo (213-270). Abogado pagano de Nueva Cesarea, en Ponto, Gregorio Taumaturgo (obrador de maravillas) provenía de una familia opulenta y principal; así tuvo contacto con Orígenes en Cesarea, Palestina, a quien buscó como distinguido maestro de filosofía, y en él encontró, más que filosofía y conocimientos seculares, la fe cristiana, con los énfasis distintivos de Orígenes. Al regresar al Ponto llegó a ser obispo de la iglesia de su localidad, alrededor del año 240. Cuando Gregorio murió, la gran mayoría de sus paisanos se había convertido. De él se cuenta una curiosa e interesante anécdota retórica.

Se dice que cuando fue constituido obispo, sólo había unos diecisiete hermanos cristianos integrando la iglesia, y que a su muerte, treinta años más tarde, sólo quedaban diecisiete paganos en la ciudad. Eso significa que su ministerio tuvo mucho éxito. Algunos opinan que hizo allí grandes esfuerzos para apartar a los creyentes de las festividades paganas instituyendo fiestas en memoria de los mártires. La opinión de otros es que Gregorio así usó para ello un medio dudoso, pues fue haciendo la transición para sus paisanos tan fácil como fuera posible, sustituyendo festejos en honor de los mártires cristianos por las fiestas de los dioses paganos, lo cual se puede tomar como una prolongación de la idolatría.

Escuelas teológicas

Ante la necesidad de la instrucción catequista de los nuevos convertidos provenientes de hogares paganos, surgieron y fueron establecidas cuatro grandes escuelas de teología y pensamiento cristiano, las cuales se convirtieron más tarde en centros de preparación avanzada de teología y doctrina para los dirigentes y maestros de la Iglesia en esa época que necesitaba de una centralidad en la doctrina cristiana frente al alud de errores y herejías. Hay que tener en cuenta que en esa época la exégesis bíblica estaba en su infancia y en la Iglesia no existía un sistema desarrollado de hermenéutica. Esas escuelas fueron las de Alejandría, Asia Menor y Norte de África, a las cuales estaban asociados grandes maestros.

La escuela de Alejandría, fue fundada por Panteno alrededor del año 180, en una de las más cultas e importantes ciudades del Imperio Romano, fundada por Alejandro el Grande en el siglo IV a. C. Dotada que había sido de una de las más completas bibliotecas de la antigüedad, Alejandría fue la cuna de la última de las filosofías grecorromanas no cristianas, el neoplatonismo; y floreció también allí el gnosticismo. Como importante centro cultural del mundo helénico, en Alejandría, desde los tiempos de Ptolomeo Lagi (323-285 a.C.) y Ptolomeo Filadelfo (285-247 a.C.) se fueron dando cita diversas escuelas de pensamiento, lo mismo que las corrientes místicas asiáticas, las diferentes filosofías griegas, la influencia del judaísmo y el derecho romano, acrisolándose de paso el gusto por la alegoría sobre todo en el terreno religioso, método exegético practicado por estudiosos de la talla de Filón y Orígenes.

El judío helenista Filón, fue un estudioso de la Biblia, pero usaba un sistema ecléctico de interpretación, inclinándose por las especulaciones filosóficas griegas, aplicando en especial el arbitrario método alegórico, herencia que legó a la teología cristiana alejandrina. Se debe tener en cuenta que en Alejandría los maestros cristianos, entre ellos Panteno, Clemente de Alejandría y Orígenes, consideraban la filosofía griega como una herramienta que debía ser usada, herramienta que en ocasiones resultó de doble filo. Panteno fue un filósofo estoico convertido y era eminente por el fervor de su espíritu, del cual sólo se conservan fragmentos de sus escritos.

La escuela de Antioquía, fundada por Luciano. Relacionados con esta escuela encontramos a los grandes, Diodoro de Tarso, Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Silo, Doroteo, y el más sobresaliente, Juan Crisóstomo. A diferencia de la escuela de Alejandría, que era alegórica, la de Antioquía era exegética, gramático-histórica, y a veces escéptica en algunas cosas. Desafortunadamente, debido al rigorismo en la aplicación de este método exegético, en esta escuela cayeron en algunas desviaciones, como el exagerado racionalismo, llegando incluso a desechar lo aparentemente incomprensible de la Biblia. Estos métodos especulativos de captar la Revelación llegaron a degenerar en excesos como el de Luciano, uno de los precursores del arrianismo, o el de Teodoro de Mopsuestia, quien a pesar de ser uno de los mejores comentaristas bíblicos de la antigüedad, no por ello dejó de caer en el error de negar la inspiración de algunos libros del Antiguo Testamento.

La escuela de Asia Menor, se caracteriza porque, a diferencia de la de Alejandría, no estaba centrada en una ciudad en especial, sino que consistía en una línea de pensamiento y trabajo coyuntural de un grupo de maestros y escritores de teología. Ireneo fue el más conspicuo exponente de esta escuela, gran evangelista, conferencista y escritor, defensor de la causa de Cristo.

La escuela del Norte de África, tenía su centro en Cartago. Fue la escuela que más contribuyó a la formación del pensamiento teológico de Europa. Allí se destacaron importantes escritores y teólogos de la talla del brillante, célebre, controvertido y fervoroso Tertuliano, y del hábil obispo Cipriano.

Los apologistas

No obstante atravesar la época más amarga y sangrienta de la Iglesia, y debido a que el cristianismo se enfrentaba también con las ideas opositoras surgidas del paganismo, algunos escritores cristianos de los años 120 a 220 escriben para defender o hacer la apología de la fe de los seguidores del Señor Jesús, y buscar la conversión de los paganos. Estas obras se caracterizan porque fueron escritas en un estilo untado de ideologías filosóficas griegas, pues una de las dificultades para los paganos era aceptar la divinidad de Cristo, por eso recurrieron al Logos para buscar una comprensión entre los platónicos helenistas de su tiempo. La doctrina del Logos era conocida de los paganos y es usada por Justino para exponer cómo Dios revela Su sabiduría. El estoicismo y el neoplatonismo ejercieron marcada influencia en el pensamiento cristiano de los primeros siglos; por ejemplo, muchos de los apologistas y de los llamados padres usaron el estoicismo para fundamentar teóricamente la ética.

El estoicismo enseñaba que en el universo había una razón divina dominante, de la cual salió una ley moral natural, la que para muchos intelectuales cristianos era idéntica con la ley moral cristiana, aunque conservaban el contraste entre el cristianismo y el mundo. Moldeadores del pensamiento cristiano tan prominentes como Orígenes y Clemente de Alejandría, eran estudiantes de la filosofía griega, particularmente el neoplatonismo y el estoicismo. Parece ser que el neoplatonismo tuvo su origen precisamente en Alejandría. Ambrosio de Milán había bebido en fuentes estoicas, y Agustín en las del neoplatonismo. Enfocando de nuevo los apologistas, tenemos que estando distante los tiempos de las inquisiciones de parte de una organización religiosa que persigue a quienes no piensen como ellos, los cristianos del tiempo de Esmirna se atreven a pedir libertad religiosa. Los apologistas cristianos condenaron enérgicamente los cultos paganos, tan abundantes en el Imperio, negándose a hacer contemporización alguna con ellos. Entre los que lucharon por defender la fe cristiana contra las calumnias y ataques de los judíos y paganos politeístas, tenemos a:

Cuadrato

Era un profeta que conoció a los apóstoles. En su apología menciona a esos quinientos discípulos que vieron al Señor resucitado. Según Eusebio de Cesarea, escribió la primera de las apologías conocidas, la cual fue presentada al emperador Adriano en Atenas, en el invierno de 124-125, y de la cual sólo se conserva un fragmento. Muchos consideran que su Apología es la misma Epístola a Diogneto.

Arístides

Este contemporáneo de Cuadrato escribió la segunda de estas apologías. Eusebio dice que la redactó durante el reinado de Adriano y la traducción siríaca durante el reinado de Antonino Pío; pero es más fuerte la opinión que fue dirigida a éste último. Se trató de un cristiano filósofo. De acuerdo con la necesidad del momento y por ser dirigida a la oposición originada en la cultura helenista, Arístides inicia su apología con un bosquejo demostrando la existencia de Dios basándose en el argumento del filósofo Aristóteles que se relaciona con el origen del movimiento. El texto de esta apología no se vino a tener sino hasta 1878, en que los monjes armenios del monasterio Las Aristas, de Venecia, publicaron una versión armenia. La versión siríaca fue descubierta en el monte Sinaí en 1889 por Rendel Harris.

Epístola a Diogneto

Existe un brillante y anónimo documento apologista llamado Epístola a Diogneto, obra atribuida supuestamente a Panteno, pero con más fundamentados argumentos a Cuadrato, y dirigida a un cierto Diogneto, quien probablemente se trate del emperador Adriano. Esta carta ofrece una excelente presentación de los postulados de la Iglesia frente al paganismo y al judaísmo mismo. Ante la acusación en esa época de que el cristianismo iba debilitando la estabilidad y las estructuras del Imperio Romano, la Epístola a Diogneto declaró: "Lo que alma es al cuerpo, son los cristianos al mundo... El alma está aprisionada en el cuerpo, pero ella conserva al mismo cuerpo; y los cristianos están aprisionados en el mundo como en una cárcel, pero ellos mantienen unido al mundo". (Se puede leer este documento en el excursus II al final del presente capítulo).

Justino Mártir

Era natural de Samaria. Escribió dos de las más famosas apologías del cristianismo durante el reinado de Antonino Pío. El perfil de este mártir es el de un hombre de una personalidad excepcional, como humano y por su innegable influencia en la Iglesia. En su obra Diálogo con Trifón narra algunos datos biográficos. Estudioso en algunas escuelas filosóficas griegas antes de conocer al Señor, hasta que halló la verdad en Cristo, en quien el Logos históricamente había encarnado y tomado forma humana. En Roma fundó una escuela a manera de los filósofos paganos. Es curioso el contraste entre Marción y Justino. Mientras que aquel usa la filosofía para adulterar las enseñanzas de la Iglesia, Justino pone esos conocimientos al servicio del evangelio, para defenderlo y propagarlo. De la obra de Justino se conserva muy poco, pero por el historiador Eusebio se sabe que escribió mucho, y que era un filósofo en el estilo, y desde ese punto de vista usaba el método platónico, pero en el contenido era un verdadero cristiano. Justino ganó su calificativo por haber muerto por la fe en el Señor Jesús.

Melitón

Eusebio lo cita como obispo de Sardis durante el reinado de Marco Aurelio, y nos da una lista de su obra, de la cual sólo se conservan fragmentos, citando entre sus obras una apología al emperador Cómodo, hijo y sucesor del anterior. Aún se conserva su obra la Homilía sobre la Pascua. En esa misma época escribe también otro apologista llamado Apolinar de Hierápolis.

Atenágoras

El filósofo cristiano de Atenas. Escribió su apología dirigida a los emperadores Marco Aurelio y Cómodo, y hace la entrega en Atenas, su ciudad natal. Refuta las calumnias a los cristianos cuando los acusan de ateos, afirmando que creen en un Dios superior. Escribe un tratado sobre "La resurrección del cuerpo", tocando un tema inaceptable para los filósofos de su tiempo. Defiende la divinidad del Logos. En esa misma ciudad y en similares circunstancias escribe y actúa el apologista Milciades.

Teófilo

Apologista que fue obispo de Antioquía. Escribió tres libros apologéticos a su amigo Autólico, en los cuales aparece por primera vez el término Trinidad (en griego, Tríada).

Taciano

Contemporáneo con Teófilo floreció este otro apologista, nacido en el año 110, quien después de haber sido discípulo de Justino (mártir) en Roma, en el año 172 volvió al Oriente y fundó una rigorista secta gnóstica encratita, movimiento de donde había salido, secta rigorista en contra del matrimonio. Antes de dar este paso, escribió Oratio ad Græcos, obra apologética en donde defiende el origen divino del cristianismo. Es más conocido por su obra El Diatesarión, una especie de historia de la vida de Cristo; es una armonía o entrelazamiento de los cuatro evangelios.

Minucio Félix

Escribe una simpática apología llamada Octavius, por medio de la cual defiende al cristianismo usando un diálogo entre un pagano llamado Cecilio y un cristiano de nombre Octavio. Cecilio expone las calumnias difundidas contra la Iglesia y Octavio le responde mostrándole las verdades cristianas.

Hermias

Tiene una Sátira contra los Griegos, en donde ataca y ridiculiza la filosofía griega.

Los polemistas

Además de los llamados padres apostólicos que conocieron directamente a los apóstoles, y de los apologistas en la época de las persecuciones, registramos en el período profético de Esmirna a los polemistas, o sea, los que combatieron contra las herejías, contra los gnósticos y defendieron valientemente la divinidad de Cristo frente a todos los ataques del enemigo. Los más preclaros exponentes son:

Ireneo

Ireneo (130-195). Probablemente nació en Esmirna, en donde desde niño conoció a Policarpo, y desde allí fue enviado a las Galias (Francia) haciendo parte de un grupo de evangelistas. Más tarde llegó a ser obispo de Lyon, en donde realizó un trabajo tan meritorio, que se registra que casi toda la ciudad fue hecha cristiana, convirtiéndose en un centro de donde salieron muchos misioneros a evangelizar la Galia. Es tal vez el personaje que reviste mayor importancia en todo este período de Esmirna. Fue el principal opositor de los ataques de los gnósticos y marcionitas, herejías que conoció y refutó en defensa de la Iglesia. Para combatir el gnosticismo escribió importantes libros como "Contra herejías" (Adversus Hæresus), y su "Demostración de la predicación apostólica".

En el proceso de la formación del canon, y debido a que algunos ponían en duda la posición del Evangelio según San Juan, defendió la tesis de que tenía que haber cuatro evangelios; asimismo expresa claramente la cuestión de la sucesión apostólica. Por otra parte, sostenía que el Logos que se hizo carne en Jesucristo, era el Hijo de Dios, y daba énfasis a su convicción de que Jesucristo era tanto plenamente hombre como Dios, y que Jesús Dios-hombre sufrió la crucifixión por los hombres, en contraposición a los postulados gnósticos de que Cristo era un mero fantasma, y de los marcionitas con su raro dualismo. Entonces en reacción contra el velado politeísmo de los gnósticos y los dos dioses de los marcionitas, Ireneo es representativo de la unidad de Dios. Murió como mártir.

Tertuliano

Tertuliano, Quintus Septimus Florens (160-220). Este polémico y fogoso gran teólogo y apologista cristiano nació en Cartago, en el Norte de África, de padres paganos, ricos. Figura controversial en la historia de la Iglesia, muy instruido en la filosofía estoica; ejerció su profesión de abogado en Roma. En su juventud parece haber sido instruido en la filosofía estoica. Su conversión al Señor ocurrió en su mediana edad, llegando a ser presbítero. Conoció bien el griego, pero escribió mucho en latín. Se caracterizaba por ser un cristiano ortodoxo y compuso un extenso tratado contra Marción. Otras obras suyas son Contra los Herejes, Prescription, y contra los paganos, la apología el Apologético. Cuando ya envejecía se hizo montanista hasta su muerte. De él se dice que lejos de ser hereje, era el campeón de la Iglesia contra la herejía. Como buen apologista y abogado se atrevió a declarar en el año 212 que "es un derecho del hombre, un privilegio de su naturaleza que cada cual pueda adorar según sus propias convicciones".

Los cristianos de los primeros tiempos encontraron serias dificultades para exponer algunas verdades teológicas, y en no pocas ocasiones se valieron aun de principios filosóficos y legales para su tarea didáctica y apologética. Para referirse a Dios, por ejemplo, Tertuliano usaba la palabra latina substantia, tomada de la terminología legal romana con la connotación de la posición relativa del hombre en la comunidad; usándola para referirse a que Dios en sustancia es uno, pero que Padre, Hijo y Espíritu Santo, en esencia, forma y aspecto, son tres personas. Al usar la palabra (personæ) persona, en su disciplina de abogado, Tertuliano tenía en mente su uso en la ley romana, con el significado de: "una parte en alguna acción legal"; de manera que las tres Personas de la Trinidad Divina tienen su respectivo lugar en la economía o actividad administrativa de Dios. Tertuliano entendía que el Hijo estaba subordinado al Padre, y que el Espíritu Santo procedía del Padre por medio del Hijo.

Ya hemos mencionado que para esta época empezaba a aparecer en algunas iglesias locales el episcopado con tendencias monárquicas, y en alguna forma se iba poniendo las bases para el gran salto que dio la Iglesia a partir de los primeros años del siglo cuarto, cuando se da el comienzo del período profético de Pérgamo, con todas sus consecuencias.

Martirio de Policarpo

Por Arcadio Sierra Díaz - 23 de Abril, 2007, 16:13, Categoría: General

PRIMER EXCURSUS DEL CAPÍTULO II

MARTIRIO DE POLICARPO

OBISPO DE ESMIRNA

(Carta incluida en las obras de Ireneo, discípulo de Policarpo)

La iglesia de Dios que habita como forastera en Esmirna, a la iglesia de Dios que vive forastera en Filomelio, y a todas las comunidades, peregrinas en todo lugar, de la santa y universal Iglesia:

Que en vosotros se multiplique la misericordia, la paz y el amor de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo.

I. Os escribimos, hermanos, la presente carta sobre los sucesos de los mártires, y señaladamente sobre el bienaventurado Policarpo, quien, bien así como quien pone el sello, hizo cesar con su martirio la persecución. Y es así que todos los acontecimientos que le precedieron podemos decir no tuvieron otro fin que mostrarnos nuevamente el Señor Su propio martirio, tal como nos lo relata el Evangelio. 2. Policarpo, en efecto, esperó a ser entregado, como lo hizo también el Señor, a fin de que también nosotros le imitemos, no mirando sólo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos. Porque obra es de verdadero y sólido amor no buscar sólo la propia salvación, sino también la de todos los hermanos.

II. Ahora bien, bienaventurados son sólo aquellos martirios que se han cumplido conforme a la voluntad de Dios; porque es necesario que, guardando la debida cautela, atribuyamos a Dios la fuerza contra todos los tormentos.

2. Y, en efecto, ¿quién no admirará la nobleza de nuestros mártires, su paciencia y el amor a su Dueño? Ellos sufrieron, lacerados por los azotes, hasta llegar a distinguirse la disposición de la carne dentro de las venas y de las arterias, de suerte que los mismos espectadores se movían a lástima y rompían en lamentos; los mártires, en cambio, se levantaron a tal punto de nobleza, que ninguno de ellos exhaló un ¡ay! Ni un gemido, con lo que a todos nosotros nos demostraban que, en aquel momento de tortura, los nobilísimos mártires de Cristo habían emigrado fuera de su carne o, más bien, que el Señor mismo, puesto a su lado, conversaba amigablemente con ellos. 3. Y sostenidos por la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos terrenos, pues por el sufrimiento de una sola hora se preparaban al gozo de la vida eterna. El mismo fuego de los inhumanos atormentadores les resultaba refrigerante, pues tenían ante los ojos las claras y eternas mansiones que jamás perecen, y con los ojos del corazón contemplaban ya los bienes reservados a los que valerosamente resisten; bienes que ni oído oyó ni ojo vio ni corazón de hombre alcanzó, mas a ellos se los mostraba el Señor como a quienes no eran ya hombres, sino ángeles.

4. Igualmente, también los que fueron condenados a las fieras sufrieron tormentos espantosos, tendidos que fueron sobre conchas marinas y sometidos a otras formas de variadas torturas. Pretendía el enemigo, a ser posible, obligarlos a renegar de la fe a fuerza de continuo tormento.

III. Muchos fueron, en efecto, los artificios que el diablo puso en juego contra ellos; mas ¡gloria a Dios! Contra ninguno prevaleció. Porque fue así que el nobilísimo Germánico sobreesforzó con su constancia la cobardía de los demás. Él fue quien más ilustre combate sostuvo con las fieras. Porque, tratando el procónsul de persuadirle y diciéndole que tuviera lástima de su edad, él mismo azuzó a la fiera para que se arrojase contra él, pues quería cuanto antes verse lejos de una vida sin justicia y sin ley como la que los paganos llevan. 2. En este punto, pues, toda la muchedumbre, maravillada de la valentía de la raza de los cristianos, que ama y rinde culto a Dios, prorrumpió en alaridos: "¡Mueran los ateos! ¡A buscar a Policarpo!"

IV. Hubo, sin embargo, uno, por nombre Quinto, frigio de nación, llegado recientemente de Frigia, que, viendo las fieras, se acobardó. Pero es que éste se había denunciado a sí mismo, y aun indujo a algunos otros a presentarse espontáneamente al tribunal. A éste, pues, logró el procónsul, tras muchas importunaciones, persuadirle a jurar por el César y sacrificar. De ahí, hermanos, que no aprobemos a los que de sí y ante sí se presentan a los jueces, puesto que no es esta la doctrina del Evangelio.

V. Por lo que se refiere a Policarpo, hombre digno de toda nuestra admiración, en primer lugar, oído que oyó cómo se le reclamaba para la muerte, no se turbó, sino que estaba decidido a no salir de la ciudad; sin embargo, la mayoría de los hermanos le aconsejaron que se escondiera en las afueras. Se retiró, pues, a una finca que no distaba mucho de la ciudad, y allí pasaba el tiempo con unos pocos fieles, sin otra ocupación, día y noche, que orar por todos, y señaladamente por las iglesias esparcidas por toda la tierra. Cosa, por lo demás, que tenía siempre de costumbre.

2. Y fue así que, orando una vez, tres días antes de ser prendido, tuvo una visión en que se le presentó su almohada totalmente abrazada por el fuego. Y volviéndose a los que estaban con él, les dijo: "Tengo que ser quemado vivo."

VI. Como persistieran las pesquisas para dar con él, tuvo que trasladarse a otra finca, y momentos después se presentó la guardia. Como no le hallaran, prendieron a dos esclavos, y uno de ellos, sometido a tormento, declaró su paradero. 2. Era ya de todo punto imposible seguir oculto, una vez que los que le traicionaban pertenecían a los domésticos mismos. Por su parte, el jefe de la policía, que, por cierto, llevaba el mismo nombre que el rey de la pasión del Señor, Herodes, tenía prisa por conducir a Policarpo al estadio, para que éste alcanzara su suerte, hecho partícipe de Cristo, y los que le habían traicionado sufrieran su merecido, es decir, el castigo del mismo Judas.

VII. Llevando, pues, consigo al esclavo, un viernes, hacia la hora de comer, salieron los pesquisadores -todo un escuadrón de caballería-, armados con las armas del caso, como si salieran tras un bandido. Y llegados que fueron, a hora ya tardía, le hallaron acostado ya en una habitacioncilla del piso superior. Todavía hubiera podido Policarpo escaparse a otro escondrijo, pero se negó diciendo: Hágase la voluntad de Dios.

2. Conociendo, pues, por el ruido que se oía debajo, que habían llegado sus perseguidores, bajó y se puso a conversar con ellos. Maravillándose éstos, al verle, de su avanzada edad y de su serenidad, no se explicaban todo aquel aparato y afán por prender a un viejo como áquel. Al punto, pues, Policarpo dio órdenes de que se le sirviera de comer y beber en aquella misma hora cuanto apetecieran, y él les rogó, por su parte, que le concedieran una hora para orar tranquilamente. 3. Ellos se lo permitieron, y así, se puso a orar tan lleno de gracia de Dios que por espacio de dos horas no le fue posible callar. Estaban maravillados los que le oían, y aun muchos sentían remordimiento de haber venido a prender a un anciano tan santo.

VIII. Una vez que, finalmente, terminó su oración, después que hubo hecho en ella memoria de cuantos en su vida habían tenido trato con él -pequeños y grandes, ilustres y humildes, y señaladamente toda la universal Iglesia esparcida por la redondez de la tierra-, venido el momento de emprender la marcha, le montaron sobre un pollino, y así le condujeron a la ciudad, día que era de gran sábado.

2. Se toparon con él en el camino el jefe de la policía Herodes y su padre Nicetas, los cuales, haciéndole montar en su coche y sentándole a su lado, trataban de persuadirle, diciendo: "¿Pero qué inconveniente hay en decir: "César es el Señor" (en griego, Kyrios Kaisar (Κὺριος χασαρ)), y sacrificar y cumplir los demás ritos y con ello salvar la vida?"

Policarpo, al principio, no les contestó nada; pero como volvieron a la carga, les dijo finalmente: "No tengo intención de hacer lo que me aconsejáis."

3. Ellos, entonces, fracasados en su intento de convencerle por las buenas, se desataron en palabras injuriosas y le hicieron bajar precipitadamente del coche, de suerte que, a medida que bajaba, se hirió en la espinilla. Sin embargo, sin hacer caso de ello, como si nada hubiera pasado, caminaba ahora a pie animosamente, conducido al estadio. Y era tal el tumulto que en éste reinaba, que no era posible entender a nadie.

IX. Al tiempo que Policarpo entraba en el estadio, una voz sobrevino del cielo que le dijo: "Ten buen ánimo, Policarpo, y pórtate varonilmente." Nadie vio al que esto dijo; pero la voz la oyeron los que de entre los nuestros estaban presentes. Seguidamente, según le conducían al tribunal, se levantó un gran tumulto al correrse la voz de que habían prendido a Policarpo. 2. Venido, en fin, a presencia del procónsul, éste le preguntó si él era Policarpo.

Respondiendo el mártir afirmativamente, trataba el procónsul de persuadirle a renegar de la fe, diciéndole:

Ten consideración a tu avanzada edad -y otras cosas por el estilo, según es costumbre suya decir, como: "Jura por el genio del César. Muda de modo de pensar; grita: ¡Mueran los ateos!"

A estas palabras, Policarpo, mirando con grave rostro a toda la chusma de paganos sin ley que llenaban el estadio, tendiendo hacia ellos la mano, dando un suspiro y alzando sus ojos al cielo, dijo:

Sí, ¡mueran los ateos!

3. Jura y te pongo en libertad. Maldice a Cristo. Entonces Policarpo dijo:

Ochenta y seis años hace que le sirvo y ningún daño he recibido de Él; ¿cómo puedo maldecir de mi Rey, que me ha salvado?

X. Como nuevamente insistiera el procónsul, diciéndole:

Jura por el genio del César. Respondió Policarpo:

Si tienes por punto de honor hacerme jurar por el genio, como tú dices, del César, y finges ignorar quién soy yo, óyelo con toda claridad: Yo soy cristiano. Y si tienes interés en saber en qué consiste el cristianismo, dame un día de tregua y escúchame.

2. Respondió el procónsul:

Convence al pueblo. Y Policarpo dijo:

A ti te considero digno de escuchar mi explicación, pues nosotros profesamos una doctrina que nos manda tributar el honor debido a los magistrados y autoridades, que están por Dios establecidas, mientras ello no vaya en detrimento de nuestra conciencia; mas a ese populacho no le considero digno de oír mi defensa.

XI. Dijo el procónsul:

Tengo fieras a las que te voy a arrojar si no cambias de parecer.

Policarpo respondió:

Puedes traerlas, pues un cambio de sentir de lo bueno a lo malo, nosotros no podemos admitirlo. Lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo.

2. Volvió a insistirle:

Te haré consumir por el fuego, ya que menosprecias las fieras, como no mudes de opinión.

Y Policarpo dijo:

Me amenazas con un fuego que arde por un momento y al poco rato se apaga. Bien se ve que desconoces el fuego del juicio venidero y del eterno suplicio que está reservado a los impíos. Mas, el fin, ¿a qué tardas? Trae lo que quieras.

XII. Mientras estas y otras muchas cosas decía Policarpo, le veían lleno de fortaleza y alegría, y su semblante irradiaba tal gracia que no sólo no se notaba en él decaimiento por las amenazas que se le dirigían, sino que fue más bien el procónsul quien estaba fuera de sí y dio, por fin, orden a su heraldo, que, puesto en la mitad del estadio, diera por tres veces este pregón:

¡Policarpo ha confesado que es cristiano!

2. Apenas dicho esto por el heraldo, toda la turba de gentiles, y con ellos los judíos que habitaban en Esmirna, con rabia incontenible y a grandes gritos, se pusieron a vociferar:

Ese es el maestro del Asia, el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, el que ha inducido a muchos a no sacrificarles ni adorarlos.

En medio de este vocerío, gritaban y pedían al asiarca Felipe que soltara un león contra Policarpo. Mas el asiarca les contestó que no tenía facultad para ello, una vez que habían terminado los combates de fieras. 3. Entonces dieron todos en gritar unánimemente que Policarpo fuera quemado vivo. Y es que tenía que cumplirse la visión que se le había manifestado sobre su almohada, cuando la vio, durante su oración, abrasarse toda, y dijo proféticamente, vuelto a los fieles que lo rodeaban: "Tengo que ser quemado vivo."

XIII. La cosa, pues, se cumplió en menos tiempo que el que cuesta contarlo, pues al punto se lanzó el populacho a recoger de talleres y baños madera y leña seca, dándose, sobre todo, los judíos manos a la labor con el singular fervor que en esto tienen de costumbre.

2. Preparada que fue la pira, habiéndose Policarpo quitado todos sus vestidos y desceñido el cinturón, trataba también de descalzarse, cosa que no hubiera tenido que hacer antes, cuando todos los fieles tuvieran empeño en prestarles este servicio, porfiando sobre quién tocaría antes su cuerpo. Porque, aun antes de su martirio, todo el mundo le veneraba por su santa vida.

3. En seguida, pues, fueron colocados en torno a él todos los instrumentos preparados para la pira. Mas como se le acercaran también con intención de clavarle en un poste, dijo:

Dejadme tal como estoy, pues el que me da fuerza para soportar el fuego, me la dará también, sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos, para permanecer inmóvil en la hoguera.

XIV. Así, pues, no le clavaron, sino que se contentaron con atarle. Él entonces, con las manos atrás y atado como un carnero egregio, escogido de entre un gran rebaño preparado para holocausto acepto a Dios; levantados sus ojos al cielo, dijo: "Señor Dios omnipotente: Padre de tu amado y bendecido siervo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de Ti, Dios de los ángeles y de las potestades, de toda la creación y de toda la casta de los justos, que viven en presencia tuya: 2. Yo te bendigo, porque me tuviste por digno de esta hora, a fin de tomar parte, contado entre tus mártires, en el cáliz de Cristo para resurrección de eterna vida, en alma y cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo: ¡Sea yo con ellos recibido hoy en tu presencia, en sacrificio pingüe y aceptable, conforme de antemano me lo preparaste y me lo revelaste y ahora lo has cumplido, Tú, el inefable y verdadero Dios. 3. Por lo tanto, yo te alabo por todas las cosas, te bendigo y te glorifico, por mediación del eterno y celeste Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu siervo amado, por el cual sea gloria a Ti con el Espíritu Santo, ahora y en los siglos por venir. Amén".

XV. Apenas hubo enviado al cielo su amén y concluida su súplica, los ministros de la pira prendieron fuego a la leña. Y en aquel punto, levantándose una gran llamarada, vimos un prodigio aquellos a quienes fue dado verlo; aquellos, por lo demás, que hemos sobrevivido para poder contar a los demás lo sucedido.

2. El caso fue que el fuego, formando una especie de bóveda, como la vela de un navío henchida por el viento, rodeó por todos lados como una muralla el cuerpo del mártir, y estaba en medio de la llama no como carne que se asa, sino como pan que se cuece o cual oro y plata que se acendra al horno. Y a la verdad, nosotros percibimos un perfume tan intenso cual si se levantara una nube de incienso o de cualquiera otro aroma precioso.

XVI. Comoquiera que fuese, viendo los sin ley que el cuerpo de Policarpo no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al confector, que llegara a darle el golpe de gracia, hundiéndole un puñal en el pecho. Se cumplió la orden y brotó de la herida tal cantidad de sangre que apagó el fuego de la pira, y la turba gentil quedó pasmada de que hubiera tal diferencia entre la muerte de los fieles y la de los escogidos. 2. Al número de estos elegidos pertenece Policarpo, varón sobre toda ponderación admirable, maestro en nuestros mismos tiempos, con espíritu de apóstol y profeta, obispo, en fin, de la iglesia de Esmirna. Y es así que toda palabra que salió de su boca o ha tenido ya cumplimiento o lo tendrá con certeza.

XVII. Mas el diablo, rival nuestro, envidioso y perverso, el enemigo declarado de la raza de los justos, viendo no sólo la grandeza del martirio de Policarpo, sino su vida irreprochable desde el principio, y que estaba ya coronado con la corona de la inmortalidad, ganado el premio del combate que nadie le podía ya disputar, dispuso de tal modo las cosas que ni siquiera nos fuera dado apoderarnos de su cuerpo, por más que muchos deseaban hacerlo y poseer sus santos restos. 2. El caso fue que sugirió el demonio a Nicetas, padre de Herodes y hermano de Alce, que suplicara al gobernador no se nos autorizara para retirar el cadáver del mártir; "No sea -se decía- que esa gente cristiana abandone a su Crucificado y empiecen a rendir culto a éste". Los judíos eran los que sugerían tales cosas y hacían fuerza en el caso, ellos, que montaron guardia cuando nosotros íbamos a recoger el cuerpo de la pira misma. Mas ignoraban unos y otros que nosotros ni podremos jamás abandonar a Cristo, que murió por la salvación del mundo entero de los que se salvan; Él, inocente, por nosotros pecadores, ni hemos de rendir culto a otro ninguno fuera de Él. 3. Porque a Cristo le adoramos como a Hijo de Dios que es; mas a los mártires les tributamos con toda justicia el homenaje de nuestro afecto como a discípulos e imitadores del Señor, por el amor insuperable que mostraron a su rey y maestro. ¡Y pluguiera a Dios que también nosotros llegáramos a participar de su muerte y ser condiscípulos suyos!

XVIII. Como viera, pues, el centurión la porfía de los judíos, poniendo el cuerpo en medio, lo mandó quemar a usanza pagana. 2. De este modo, por los menos, pudimos nosotros más adelante recoger los huesos del mártir, más preciosos que piedra de valor y más estimados que oro puro, los que depositamos en lugar conveniente. 3. Allí, según nos fuere posible, reunidos en júbilo y alegría, nos concederá el Señor celebrar el natalicio del martirio de Policarpo, para memoria de los que acabaron ya su combate y ejercicio y preparación de los que tienen aún que combatir.

XIX. Tal fue el martirio del bienaventurado Policarpo, quien, habiendo sufrido, con once hermanos más de Filadelfia, martirizados en Esmirna, él sólo es señaladamente recordado por todos, de suerte que hasta los mismos paganos hablan de él por todas partes. Él fue, en efecto, no sólo maestro insigne, sino mártir eminente; de ahí que todos deseen imitar un martirio sucedido según la enseñanza del Evangelio de Cristo. 2. Y ahora, después de haber derrotado por su paciencia al príncipe inicuo de este mundo y recibido así la corona de la inmortalidad, glorifica jubiloso, en compañía de los apóstoles y de todos los justos, al Dios y Padre omnipotente y bendice a nuestro Señor Jesucristo, Salvador de nuestras almas, piloto de nuestros cuerpos y pastor de toda la universal Iglesia esparcida por la redondez de la tierra.

XX. Nos habíais pedido que os relatáramos con todo pormenor lo sucedido; pero hemos tenido que limitarnos, por ahora, a un resumen de lo principal, que os mandamos, por obra de nuestro hermano Marción. Ahora, pues, una vez que vosotros os hayáis enterado, tened la bondad de remitir esta carta a los hermanos del contorno, a fin de que también ellos glorifiquen al Señor, que es quien se escoge a los que quiere de entre sus siervos. 2. Al que es poderoso para introducirnos a todos por gracia y dádiva suya, en Su reino eterno, por medio de Su Siervo, Su Unigénito Jesucristo, a Él sea gloria, honor, poder y grandeza por los siglos.

Saludad a todos los santos. A vosotros, el saludo de todos los aquí presentes, y en particular de Evaristo, el amanuense, con toda su familia.

XXI. El bienaventurado Policarpo (69-155) sufrió el martirio el segundo día del mes Jántico, siete antes de las calendas de marzo (22 de febrero de 155. N.E), día de gran sábado, a la hora octava. Fue prendido por Herodes, bajo el sumo sacerdocio de Felipe de Trales y el proconsulado de Estacio Cuadrado, reinando por los siglos nuestro Señor Jesucristo. A Él sea gloria, honor, grandeza, trono eterno de generación en generación. Amén.

PADRES APOSTÓLICOS, Edición bilingüe, Daniel Ruíz Bueno. BAC, Madrid, 1985. Págs. 672-687.

Epístola a Diogneto

Por Arcadio Sierra Díaz - 23 de Abril, 2007, 13:48, Categoría: General

SEGUNDO EXCURSUS DEL CAPÍTULO II

EPÍSTOLA A DIOGNETO

Exordio

I. Pues veo, Excelentísimo Diogneto, tu extraordinario interés por conocer la religión de los cristianos y que muy puntual y cuidadosamente has preguntado sobre ella: primero, qué Dios es ése en que confían y qué género de culto le tributan para que así desdeñen todos ellos el mundo y desprecien la muerte, sin que, por una parte, crean en los dioses que los griegos tienen por tales y, por otra, no observen tampoco la superstición de los judíos; y luego qué amor es ése que se tienen unos a otros; y por qué, finalmente, apareció justamente ahora y no antes en el mundo esta nueva raza, o nuevo género de vida; no puedo menos que alabarte por este empeño tuyo, a par que suplico a Dios, que es quien nos concede lo mismo el hablar que el oír, que a mí me conceda hablar de manera que mi discurso redunde en provecho tuyo, y a ti el oír de modo que no tenga por qué entristecerse el que te dirigió su palabra.

Refutación de la idolatría

II. ¡Ea, pues! Que te hayas limpiado a ti mismo de todos los prejuicios que tienen asida de antemano tu mente; despejado de la vulgar costumbre que te engaña, y convertido, como de raíz, en un hombre nuevo, como quien va a escuchar, según tu misma confesión, una doctrina nueva; mira no sólo con los ojos, sino también con tu inteligencia, de qué sustancia o de qué forma son los que vosotros decís dioses y por tales tenéis. 2. ¿No es así que uno es una piedra, como cualquiera de las que pisamos con nuestros pies; otro, un pedazo e bronce, no de mejor calidad que el que sirve para labrar los utensilios para nuestro uso; otro, un leño que, por añadidura, está ya podrido; otro, plata que necesita de un hombre que la custodie para que no la roben; otro, hierro tomado de orín; otro, finalmente, un pedazo de arcilla, no más preciosa que la empleada en los cacharros de nuestro más bajo servicio? 3. ¿No está todo eso fabricado de materia corruptible? ¿No se labra todo a poder de hierro y fuego? ¿No fue el escultor quien modeló a unos, el herrero y el platero a otros y el alfarero a los demás? ¿No es cierto que antes de ser moldeados por estos artífices en la forma que ahora tienen, cada uno de ellos era, lo mismo que ahora, transformable en otro? Y los utensilios de la misma materia que ahora vemos, ¿no pudieron convertirse en dioses como ésos, si los trabajaran los mismos artífices? 4. Y al revés, esos que vosotros adoráis ahora, ¿no pudieron pasar, por mano de hombres, a ser cacharros semejantes a los demás? ¿Es que todo eso no son cosas sordas, cosas todas ciegas, todas inanimadas, todas insensibles, inmóviles todas? ¿No se pudren todas? ¿No se destruyen todas? 5. Y a esas cosas dais nombre de dioses, a esas cosas servís, a esas cosas adoráis y a ellas termináis por haceros semejantes.

6. Y luego aborrecéis a los cristianos porque no creen en semejantes dioses. 7. Pero ¿no los despreciáis mucho más vosotros, justamente cuando pensáis darles culto y creer en ellos? ¿Acaso no os burláis vosotros más de ellos y los cubrís de baldón en el hecho de que a los de piedra y arcilla les dais culto sin que tenga que custodiarlos nadie?, pero a los de plata y oro los encerráis durante la noche y les ponéis guarda durante el día para que no los roben? 8. Pues digamos de las honras que creéis tributarles. A la verdad, si vuestros dioses tienen sentido, más bien los castigáis con ellas; y sin son insensibles, con vuestras ofrendas de sangre y grasas no hacéis sino poderlos de manifiesto. 9. Pruebe, si no, alguno de vosotros a soportar nada de eso; aguante nadie que se le hagan tales ofrendas. Naturalmente, no habrá hombre en el mundo que soporte de buena gana semejante tormento, pues el hombre tiene sentido y razón; la piedra, en cambio, lo soporta todo, porque es insensible. 10. En conclusión, mucho más pudiera decir sobre la razón que tienen los cristianos de no someterse a la servidumbre de tales dioses; mas si lo dicho no le pareciere a alguno suficiente, tengo por tiempo perdido el seguir diciendo nada más.

Refutación del judaísmo

III. Después de esto, creo que tienes particular deseo de saber por qué los cristianos no practican la misma forma de culto a Dios que los judíos. 2. Ahora bien, los judíos, en cuanto se apartan de la sobredicha idolatría y dan culto a un solo Dios y soberano Dueño del universo, tienen absolutamente razón; mas en el hecho de tributarle a Dios ese culto de modo semejante a los antedichos, se equivocan de medio a medio. 3. Porque si los griegos dan pruebas de insensatez al ofrecer sus sacrificios a ídolos insensibles y sordos, éstos, que piensan ofrecérselos a Dios como si tuviera necesidad de ellos, más bien hay que decir que practican una necedad que una religión o culto a Dios. 4. Porque aquel Dios que hizo el cielo y la tierra y cuanto en ella se contiene, y que a todos nos suministra lo que necesitamos, de nada absolutamente puede estar Él mismo necesitado, cuando es Él quien procura las cosas a los mismos que se imaginan ofrecérselas. 5. Ahora bien, los judíos, que creen ofrecerle sacrificios de sangre y grasa y holocaustos y que con estos honores le enaltecen, me parece a mí que en nada se diferencian de los que tributan esas mismas honras a ídolos sordos. Los unos se los tributan a quienes ninguna parte pueden tener en tales honores; los otros se imaginan dar algo a quien de nada tiene necesidad.

Inanidad de las observancias judaicas

IV. Por lo demás, no creo que tengas necesidad de que te informe yo sobre su escrúpulo respecto a las comidas, su superstición acerca de los sábados, su orgullo de la circuncisión, su simulación en ayunos y novilunios, cosas todas ridículas e indignas de consideración alguna. 2. Porque ¿cómo no tener por impío que las cosas creadas por Dios para uso de los hombres, unas se acepten como bien creadas y otras se rechacen como inútiles y superfluas? 3. ¿Y cómo no tachar de sacrílego calumniar a Dios, imaginando que nos prohíbe hacer bien algún día de sábado? 4. Pues ya, que se blasone de la mutilación de la carne como de signo de elección y creerse por ello particularmente amados de Dios, ¿quién no ve ser pura ridiculez? 5. Y el estar en perpetuo acecho de los astros y de la luna para sus observaciones de meses y días y distribuir las disposiciones de Dios y los cambios de las estaciones conforme a sus propios impulsos, unas para fiestas y otras para duelos, ¿quién no lo tendrá antes por prueba de insensatez que de religión?

6. Así, pues, creo que lo dicho basta para que hayas comprendido con cuánta razón los cristianos se partan no sólo de la común vanidad y engaño, sino también de las complicadas observancias y tufos de los judíos. Ahora, por lo que al misterio de su propia religión atañe, no esperes que lo vas a entender de hombre alguno.

Paradojas cristianas

V. Los cristianos, en efecto, no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. 2. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. 3. A la verdad, esta doctrina no ha sido por ellos inventada gracias al talento y especulación de hombres curiosos, ni profesan, como otros hacen, una enseñanza humana; 4, sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. 5. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. 6. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. 7. Ponen mesa común, pero no lecho. 8. Están en la carne, pero no viven según la carne. 9. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. 10. Obedecen a las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las leyes. 11. A todos aman y por todos son perseguidos. 12. Se los desconoce y se les condena. Se los mata y en ello se les da la vida. 13. Son pobres y enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan en todo. 14. Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice y se los declara justos. 15. Los vituperan y ellos bendicen. Se los injuria y ellos dan honra. 16. Hacen bien y se los castiga como malhechores; castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida. 17. Por los judíos se los combate como a extranjeros; por los griegos son perseguidos y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben decir el motivo de su odio.

Los cristianos, alma del mundo

VI. Mas, para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. 2. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y cristianos hay por todas las ciudades del mundo. 3. Habita el alma en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; así los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo. 4. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; así los cristianos son conocidos como quienes viven en el mundo, pero su religión sigue siendo invisible. 5. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido agravio alguno de ella, porque no le deja gozar de los placeres; a los cristianos los aborrece el mundo, sin haber recibido agravio de ellos, porque renuncian a los placeres. 6. El alma ama a la carne y a los miembros que la aborrecen, y los cristianos aman también a los que los odian. 7. El alma está encerrada en el cuerpo, pero ella es la que mantiene unido al cuerpo; así los cristianos están detenidos en el mundo, como en una cárcel, pero son los que mantienen la trabazón del mundo. 8. El alma inmortal habita en una tienda mortal; así los cristianos viven de paso en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción en los cielos. 9. El alma, maltratadas en comidas y bebidas, se mejora; lo mismo los cristianos, castigados de muerte cada día, se multiplican más y más. 10. Tal el puesto que Dios les señaló y no les es lícito desertar de él.

Origen divino del cristianismo

VII. Porque no es, como dije, invención humana ésta que a ellos fue transmitida, ni tuvieran por digno de ser tan cuidadosamente observado un pensamiento mortal, ni se les ha confiado la administración de misterios terrenos. 2. No, sino Aquel que es verdaderamente omnipotente, creador del universo y Dios invisible, Él mismo hizo bajar de los cielos Su verdad y Su Palabra santa e incomprensible y la aposentó en los hombres y sólidamente la asentó en sus corazones. Y eso, no mandándoles a los hombres, como alguien pudiera imaginar, alguno de sus servidores, o a un ángel, o príncipe alguno de los que gobiernan las cosas terrestres, o alguno de los que tienen encomendadas las administraciones de los cielos, sino al mismo Artífice y Creador del universo, Aquel por quien creó los cielos, por quien encerró al mar en sus propias lindes; Aquel cuyo misterio guarda fielmente todos los elementos; de cuya mano recibió el sol las medidas que ha de guardar en sus carreras del día; a quien obedece la luna cuando le manda lucir durante la noche; a quien obedecen también las estrellas que forman el séquito de la luna en su carrera; Aquel, en fin, por quien todo fue ordenado y definido y sometido: los cielos y cuanto en cielos se contiene; la tierra y cuanto en tierra existe; el mar y cuanto en el mar se encierra; el fuego, el aire, el abismo, lo que está en lo alto, lo que está en lo profundo, lo que está entremedio: ¡A éste les envió! 3. Pues ya, ¿acaso, como alguien pudiera pensar, le envió para ejercer una tiranía o infundirnos terror y espanto? 4. ¡De ninguna manera! Le envió en clemencia y mansedumbre, como un rey envió a su hijo-rey; como a Dios nos le envió, como hombre a los hombres le envió, para salvarnos le envió; para persuadir, para no violentar, pues en Dios no se da la violencia. 5. Le envió para llamar, no para castigar; le envió, en fin, para amar, no para juzgar. 6. Le mandará, sí, un día, como juez, y ¿quién resistirá entonces su presencia?

("Las obras, empero, de nuestro Salvador estuvieron siempre a la vista de todos, puesto que eran verdaderas. Así los curados de sus enfermedades, los resucitados de entre los muertos, que no fueron vistos solamente en el momento de ser curados y resucitados, sino que continuaron en adelante a la vista de todo el mundo, y eso no sólo mientras el Salvador permaneció sobre la tierra, sino que sobrevivieron después de muerto Aquel, hasta el punto que algunos de ellos han alcanzado hasta nuestros días". Fragmento de Cuadrato, Eusebio, Historia Eclesiástica, IV,3).

Los mártires, testigos de la divinidad del cristianismo

7. ¿No ves cómo son arrojados a las fieras, para obligarlos a renegar de su Señor, y no son vencidos? 8. ¿No ves cómo, cuanto más se los castiga de muerte, más se multiplican otros? 9. Eso no tiene visos de obra de hombre; eso pertenece al poder de Dios; eso son pruebas de su presencia.

La manifestación de Dios por la encarnación

VIII. Porque ¿quién, en absoluto, de entre los hombres, supo jamás qué cosa sea Dios antes de que Él mismo viniera? 2. ¿O es que vas a aceptar los vanos y estúpidos discursos de los filósofos, gente, por cierto, digna de toda fe? De los cuales unos afirmaron que Dios era fuego (¡a donde tienen ellos que ir, a eso llaman Dios!); otros, agua; otros, otro cualquiera de los elementos creados por el mismo Dios. 3. Y no hay duda que, si alguna de estas proposiciones fuera aceptable, de cada una de las demás criaturas pudiera, con la misma razón, afirmarse que es Dios. 4. Mas todo eso no pasa de monstruosidades y desvarío de hechiceros; 5, y lo cierto es que ningún hombre vio ni conoció a Dios, sino que fue Él mismo quien se manifestó. 6. Ahora bien, se manifestó por la fe, única a quien se le concede ver a Dios.

7. Y, en efecto, aquel Dios, que es Dueño soberano y Artífice del universo, el que creó todas las cosas y las distinguió según su orden, no sólo se mostró benigno con el hombre, sino también longánime. 8. A la verdad, Él siempre fue tal y lo sigue siendo y lo será, a saber: clemente y bueno y manso y veraz; es más: sólo Él es bueno. 9. Y habiendo concebido un grande e inefable designio, lo comunicó sólo con Su Hijo.

10. Ahora bien, en tanto mantenía en secreto y se guardaba su sabio consejo, parecía que no se cuidaba y que nada se le importaba de nosotros; 11, mas cuando nos lo reveló por medio de Su Hijo amado y nos manifestó lo que tenía aparejado desde el principio, todo nos lo dio juntamente; no sólo tener parte en su beneficio, sino ver y entender cosas cuales nadie de nosotros hubiera jamás esperado.

La economía divina

IX. Así, pues, cuando Dios lo tuvo todo dispuesto en Sí mismo juntamente con Su Hijo, hasta el tiempo próximamente pasado, nos permitió, a nuestro talante, que nos dejáramos llevar de nuestros desordenados impulsos, arrastrados por placeres y concupiscencias. Y no es en absoluto que Él se complaciera en nuestros pecados, sino que los soportaba. Ni es tampoco que Dios aprobara aquel tiempo de iniquidad, sino que estaba preparando el tiempo actual de justicia, a fin de que, convictos en aquel tiempo por nuestras propias obras de ser indignos de la vida, fuéramos hechos ahora dignos de ella por la clemencia de Dios; y habiendo hecho parte patente que por nuestras propias fuerzas era imposible que entráramos en el reino de Dios, se nos otorgue ahora el entrar por la virtud de Dios. 2. Y cuando nuestra maldad llegó a su colmo y se pudo totalmente de manifiesto que la sola paga de ella que podíamos esperar era castigo y muerte, venido que el momento que Dios tenía predeterminado para mostrarnos en adelante Su clemencia y poder (¡oh, benignidad y amor excesivo de Dios!), no nos aborreció, no nos arrojó de sí, no nos guardó resentimiento alguno; antes bien se nos mostró longánime, nos soportó; Él mismo, por pura misericordia, cargó sobre Sí nuestros pecados; Él mismo entregó a Su propio Hijo como rescate por nosotros; al santo por los pecadores, al Inocente por los malvados, al justo por los injustos, al Incorruptible por los corruptibles, al Inmortal por los mortales. 3. Porque ¿qué cosa podría cubrir nuestros pecados sino la justicia Suya? 4. ¿En quién otro podríamos ser justificados nosotros, inicuos e impíos, sino en el solo Hijo de Dios?

5. ¡Oh dulce trueque, oh obra insondable, oh beneficios inesperados! ¡Que la iniquidad de muchos quedara oculta en un solo Justo y la justicia de uno solo justificará a muchos inicuos! 6. Así, pues, habiéndonos Dios convencido en el tiempo pasado de la imposibilidad, por parte de nuestra naturaleza, para alcanzar la vida, y habiéndonos mostrado ahora al Salvador que puede salvar aun lo imposible, por ambos lados quiso que tuviéramos fe en Su bondad y le miráramos como a nuestro sustentador, Padre, maestro, consejero, médico, inteligencia, luz, honor, gloria, fuerza, vida, y no andemos preocupados por el vestido y la comida.

El amor, esencia de la nueva religión

X. Si deseas alcanzar tú también esa fe, trata, ante todo, de adquirir conocimiento del Padre. 2. Porque Dios amó a los hombres, por los cuales hizo el mundo, a los que sometió cuanto hay en la tierra, a los que concedió inteligencia y razón, a los solos que permitió mirar hacia arriba para contemplarle a Él, los que plasmó de Su propia imagen, a los que envió Su Hijo unigénito, a los que prometió Su reino en el cielo, que dará a los que le hubieren amado. 3. Ahora, que hayas conocido a Dios Padre, ¿de qué alegría piensas que serás colmado? ¿O cómo amarás a quien hasta el extremo te amó antes a ti? 4. Y en amándole que le ames, te convertirás en imitador de Su bondad. Y no te maravilles de que el hombre pueda venir a ser imitador de Dios. Queriéndolo Dios, el hombre puede. 5. Porque no está la felicidad en dominar tiránicamente nuestro prójimo, ni en querer estar por encima de los más débiles, ni en enriquecerse y violentar a los necesitados. No es ahí donde puede nadie imitar a Dios, sino que todo eso es ajeno a Su magnificencia. 6. El que toma sobre sí la carga de su prójimo; el que está pronto a hacer bien a su inferior en aquello justamente en que él es superior; el que, suministrando a los necesitados lo mismo que él recibió de Dios, se convierte en Dios de los que reciben de su mano, ese es el verdadero imitador de Dios.

7. Entonces, aun morando en la tierra, contemplarás a Dios cómo tiene Su imperio en el cielo; entonces empezarás a hablar los misterios de Dios; entonces amarás y admirarás a los que son castigados de muerte por no querer negar a Dios; entonces condenarás el engaño y extravío del mundo, cuando conozcas la verdadera vida del cielo cuando desprecies esta de aquí parece muerte, cuando temas la que es de verdad muerte, que está reservada para los condenados al fuego eterno, fuego que ha de atormentar hasta el fin a los que fueren arrojados a él. 8. Cuando conozcas este fuego, admirarás y tendrás por hadados a los que, por amor de la justicia, soportan este otro fuego de un momento.

Epílogo

XI. No hablo de cosas peregrinas ni voy a la búsqueda de lo absurdo, sino, discípulo que he sido de los apóstoles, me convierto en maestro de las naciones: yo no hago sino transmitir lo que me ha sido entregado a quienes se han hecho discípulos dignos de la verdad. 2. Porque ¿quién que haya sido rectamente enseñado y engendrado por el Verbo amable, no busca saber con claridad lo que fue con el mismo Verbo manifiestamente mostrado a Sus discípulos? A ellos se lo manifestó, a Su aparición, el Verbo, hablándoles con libertad. Incomprendido por los incrédulos, Él conversaba con los discípulos, los cuales, reconocidos por Él como fieles, conocieron los misterios del Padre. 3. Por eso justamente Dios envió al Verbo para que se manifestara al mundo; Verbo que, despreciado por el pueblo, predicado por los apóstoles, fue creído por los gentiles. 4. Él, que es desde el principio, que apareció nuevo y fue hallado viejo y que nace siempre nuevo en los corazones de los santos. 5. Él, que es siempre, que es hoy reconocido como Hijo, por quien la Iglesia se enriquece, y la gracia, desplegada, se multiplica en los santos; gracia que procura la inteligencia, manifiesta los misterios, anuncia los tiempos, se regocija en los creyentes, se reparte a los que buscan, a los que no infringen las reglas de la fe ni traspasan los límites de los padres. 6. Luego se canta el temor de la ley, se reconoce la gracia de los profetas, se asienta la fe en los Evangelios, se guarda la tradición de los apóstoles y la gracia de la Iglesia salta de júbilo. 7. Si no contristas esta gracia, conocerás lo que el Verbo habla por medio de quienes quiere y cuando quiere. 8. Y, en efecto, cuantas cosas fuimos movidos a explicaros con celo por voluntad del Verbo que nos las inspira o las comunicamos por amor de las mismas cosas que nos han sido reveladas.

XII. Si con empeño las atendiereis y escuchareis, sabréis qué de bienes procura Dios a quienes lealmente le aman, como que se convierten en un paraíso de deleites, produciendo en sí mismos un árbol fértil y frondoso, adornados ellos de toda variedad de frutos. 2. Porque en este lugar fue plantado el árbol de la ciencia y el árbol de la vida; pero no es la ciencia la que mata, sino la desobediencia mata. 3. En efecto, no sin misterio está escrito que Dios plantó en el principio el árbol de la ciencia y el árbol de la vida en medio del paraíso, dándonos a entender la vida por medio de la ciencia; mas por no haber usado de ella de manera pura los primeros hombres, quedaron desnudos por seducción de la serpiente. 4. Porque no hay vida sin ciencia, ni ciencia segura sin vida verdadera; de ahí que los dos árboles fueron plantados uno cerca de otro. 5. Comprendiendo el apóstol este sentido y reprendiendo la ciencia que se ejercita sin el mandamiento de la verdad en orden de la vida, dice: la ciencia hincha mas el amor edifica. 6. Porque el que piensa saber algo sin la ciencia verdadera y atestiguada por la vida, nada sabe, sino que es seducido por la serpiente por no haber amado la vida. Mas el que con temor ha alcanzado la ciencia y busca además la vida, ese planta en esperanza y aguarda el fruto. 7. Sea para ti la ciencia corazón; la vida, empero, el Verbo verdadero comprendido. 8. Si su árbol llevas y produces en abundancia su fruto, cosecharás siempre lo que ante Dios es deseable, fruto que la serpiente no toca y al que no se mezcla engaño; ni Eva es corrompida sino que es creída virgen; 9. La salvación es mostrada, y los apóstoles se vuelven sabios y la pascua del Señor se adelanta, y antorchas se reúnen, y con el mundo se desposa y, a la par que instruye a los santos, se regocija el Verbo, por quien el Padre es glorificado.

A Él sea la gloria por los siglos. Amén.

PADRES APOSTÓLICOS, Daniel Ruíz Bueno, BAC, Madrid, 1985, Págs.845-860

3. Pérgamo (1a. parte)

Por Arcadio Sierra Díaz - 14 de Abril, 2007, 8:56, Categoría: General

Capítulo III

P É R G A M O

SINOPSIS DE PÉRGAMO

Antecedentes de un matrimonio múltiple

Compromiso matrimonial donde mora Satanás- El trono de Satanás - El altar de Pérgamo - Matrimonio de la Iglesia con el mundo y el Estado - La Iglesia morando en la tierra.

Consolidación del matrimonio infiel

Constantino el Grande y el Edicto de Tolerancia - La Doctrina de Balaam: La corrupción del pueblo santo - El camino de Balaam: Amor al premio de la maldad - El error de Balaam: Los falsos profetas que corren tras el lucro.

Frutos del matrimonio

La falsa conversión de Constantino y la perversión de la Iglesia - La doctrina de los nicolaítas y la creación del clero - El cristianismo: religión oficial del Imperio Romano- Las dos capitales del Imperio: Roma y Constantinopla - Reacciones de los santos: el ascetismo de los eremitas.

Exponentes de la patrística en Pérgamo

Eusebio de Cesarea - Atanasio de Alejandría - Basilio el Grande - Gregorio de Niza - Gregorio de Nacianzo - Ambrosio de Milán - Jerónimo - Juan Crisóstomo - Agustín de Hipona.

Algunas herejías en Pérgamo

La reacción cismática donatista - Arrio y la negación de la divinidad de Cristo en el Concilio de Nicea - Apolinar y la negación de las dos naturalezas en Cristo - Pelagio y la negación de la depravación innata en el hombre - Nestorio y su afirmación de que Jesús al nacer sólo era la persona humana, al que más tarde vino el Cristo, el Logos divino.

Los vencedores de Pérgamo

Tercera recompensa: El Señor les dará a comer el maná escondido y una piedrecita blanca, y en la piedrecita un nombre nuevo, nombre que sólo conoce el vencedor que lo recibe.

LA CARTA A PÉRGAMO

"12Y escribe al ángel de la Iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto: 13Yo conozco tus obras, y donde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás. 14Pero tengo una pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Baalam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. 15Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco. 16Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca. 17El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe" (Apo. 2:12-17).

El trono de Satanás

La antigua, rica y pintoresca ciudad griega de Pérgamo estaba ubicada en la Misia, a 12 kilómetros al norte de Esmirna y al noroeste de Asia Menor. Desde el siglo tercero antes de Cristo fue una de las ciudades más importantes del mundo helenístico, provista de artísticos monumentos, con una famosa biblioteca, y bajo el reinado de Eumenes II, allí se fabricó por primera vez el pergamino, que tomó el nombre de la ciudad, para sustituir al papiro como medio de escritura. Pérgamo se destacó por ser un gran centro de idolatría, ciudad de templos y altares dedicados a muchos dioses, a los cuales les ofrecían cultos paganos mientras practicaban toda clase de desenfrenos.

No obstante a lo anterior, sus habitantes eran tolerantes hacia otros cultos, y debido a eso, en Pérgamo no hubo persecución hacia los cristianos como en Esmirna. De la época grecorromana se conservan de sus ruinas la Acrópolis, que incluye entre otros el templo dórico de Atenea Polias, un templo corintio llamado Traianeum, y un templo de estilo jónico, dedicado en un principio a Dionisos y posteriormente al emperador romano Caracalla. También tenían el templo a Esculapio, el dios de la medicina, el que es representado por un humano con una serpiente, al cual se le atribuía poder curativo. Era tanta la actividad idolátrica, que hay corrientes exegéticas que conjeturan que el trono de Satanás, el cual se encontraba desde el principio en Babilonia, sede de su dominio desde cuando lo recibió a la caída de Adán, más tarde a la eventual caída y destrucción de Babilonia, ese trono fue trasladado a Pérgamo, conforme lo dice la carta. Y lo curioso es que se registra la existencia en esta ciudad del Altar de Pérgamo, el altar del templo de Zeus, construido bajo el reinado de Eumenes II, y que hoy se conserva en el Pergamon Museum de Berlín. ¿Será mera casualidad? Zeus era el dios supremo del Olimpo de los griegos; el mismo Júpiter de los romanos, llamado el Optimus Maximus; el mismo dios babilónico Marduk, "señor de todos los dioses del cielo y de la tierra", según ellos; lo cual no es otra cosa que una especie de materialización del mismo diablo en procura de la adoración de los hombres.

Al desglosar con más detenimiento la aseveración anterior, debemos trasladarnos a la Biblia para saber el lugar aproximado de la ubicación topográfica del Edén, escenario de la caída de Adán. En Génesis 2:10-11,13-14 dice: "10Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos. 11El nombre de uno era Pisón; éste es el que rodea toda la tierra de Havila, donde hay oro. 13El nombre del segundo río es Gihón; éste es el que rodea toda la tierra de Cus. 14Y el nombre del tercer río es Hidekel (nombre hebreo del río Tigris); éste es el que va al oriente de Asiria. Y el cuarto río es el Eufrates". Lo anterior nos indica que el Edén estuvo ubicado en la antigua Mesopotamia y la región de Shinar, donde fue edificada la ciudad de Babilonia.

De acuerdo con el capítulo 3 de Génesis, allí el hombre fue despojado, por las artimañas del diablo, de su señorío sobre la tierra, y empezó Satanás a ser el príncipe de este mundo. Allí constituyó su trono. Pero el diablo necesitaba un centro de operaciones, y fue así como después del diluvio, bajo su iniciativa los hombres empezaron a construir el primer gran zigurat o torre sagrada para que lo adorasen y consultaran a los astros, el cual se conoce como la torre de Babel; palabra que en la raíz hebrea significa confusión, pero en el idioma acadio quiere decir puerta de Dios. La torre de Babel es un símbolo diciente del orgullo humano. Se nos antoja suponer esa torre como el primer símbolo de Tiatira, la gran organización religiosa que tuvo sus orígenes en Pérgamo. De acuerdo con los descubrimientos de la arqueología, en esta torre se apoyaba el templo dedicado en Babilonia al dios Marduk.

Encontramos en el capítulo 10 de Génesis (cónfer Gé. 10:8-11) que un nieto de Cam llamado Nimrod fue quien fundó a Babilonia y otras ciudades como Nínive; fue el primer poderoso en la tierra, gran cazador oponente de Dios, quien como líder político y religioso organizó a las multitudes fundando ciudades amuralladas para que se protegieran de las fieras. Ese fue el origen de la religión babilónica y Nimrod fue su primer sumo pontífice, el primer puente, intermediario, ya no entre los hombres y Dios, sino con vínculos directos con Satanás, título que heredaron los subsiguientes gobernantes y reyes babilónicos. El nombre Nimrod significa rebeldía y él mismo guió a la gente a rebelarse contra Dios al coadyuvar la adoración al príncipe de las tinieblas. Es posible que haya tenido gran liderazgo en la construcción de esa primera torre de confusión.

Pero el imperio babilónico tuvo su fin y llegó el día en que Babilonia fue destruida para siempre, conforme lo habían declarado los profetas en la Palabra de Dios (cfr. 13:19-22 y Jeremías 51:61-62, entre otras.); mas el sistema religioso babilónico no fue destruido y Satanás necesitaba reubicar la sede de su trono, para lo cual escogió trasladarlo a Pérgamo, ciudad de la cual hizo un influyente centro idolátrico. Allí, los reyes de Pérgamo recibieron el trasmisible título babilónico de sumo pontífice. Pero el último rey de Pérgamo, Atalo III, legó sus dominios a Roma en el año 133 a. C., pasando virtualmente el trono de Satanás a Roma, la capital del imperio en que convergen las profecías que se relacionan con la Iglesia, y en donde aún continúa. En Roma, el emperador, además de jefe político, también llegó a ser el sumo pontífice (pontifex máximus) de la religión babilónica, satánica; y recibió ese título del rey de Pérgamo, el cual a su vez ancestralmente lo había recibido de Babilonia. Cuando Juan escribió esta carta en Patmos, ya la histórica ciudad de Babilonia no existía, pero seguía existiendo otra ciudad que era la sede del gran sistema babilónico que ha llenado y sigue llenando de confusión a toda la humanidad hundida en esa corriente.

Matrimonio con el mundo

"12Y escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto".

La tercera carta de Apocalipsis está dirigida a la histórica iglesia en la localidad de Pérgamo, cuyas características coinciden con el tercer período profético de la Iglesia, que tiene su comienzo con la publicación del Edicto de Tolerancia religiosa hacia el cristianismo, promulgado por el emperador Constantino en Milán en el año 313, dando los primeros pasos para la aceptación del Cristianismo como la religión del imperio, hasta finales del siglo quinto, por la eventual caída de Roma en 476. Es sumamente importante observar en cada una de las siete localidades geográficas e históricas de las siete iglesias de Apocalipsis una serie de coincidencias entre el trasfondo cultural, religioso e histórico de la ciudad con la condición de su respectiva iglesia local y el período profético correspondiente. Por ejemplo, cuando Juan escribe la carta a la iglesia en Pérgamo, uno puede inferir una triple alusión. Por una parte se refiere a la iglesia en esa localidad; por otra a Pérgamo, la ciudad, sede del gran altar de Zeus, o trono de Satanás, y por la otra a Roma, capital del poderoso imperio cuyo emperador ostentaba el título satánico de sumo pontífice, con el cual la Iglesia se unirá en matrimonio en el período profético de Pérgamo.

La palabra Pérgamo significa muy casado (del prefijo griego per, como en hiper, super, o en los compuestos químicos como permanganato, y la raíz gamo, gameté, esposa, o gamétes, marido, de donde surgen palabras como gameto, poligamia), matrimonio múltiple, compromiso matrimonial, y eso nos indica que el diablo, viendo que por medio de las herejías y las persecuciones no había podido acabar con la Iglesia, le pone fin a las persecuciones y ahora opta por usar otra táctica, la de corromperla, promoviendo la unión en matrimonio de la Iglesia de Jesucristo con el mundo, con su política, su economía y su religión. Durante las épocas de Efeso y Esmirna, Satanás, convertido en un león rugiente, atacaba a la Iglesia por medio del mundo; ahora, vestido como ángel de luz, usa al mundo para darle una calurosa bienvenida a la Iglesia que antes trató de destruir. La Iglesia de Jesucristo sufrió dura y cruel persecución, pero el Señor le había dicho: no temas; pero el peligro para la Iglesia realmente surgió y se acrecentó cuando el estado se alió con el cristianismo. Ese elemento extraño llamado mundo comenzó a mezclarse con la misma naturaleza santa y pura de la Iglesia, y eso nos da la idea de que a la Iglesia se le dio un lugar importante en el estado, dotándola asimismo de los grandes templos paganos; aparentemente empieza a prosperar, y empieza a ser ubicada en una posición alta, pero en el mundo, para recibir la gloria del mundo, no en los lugares celestiales con Cristo Jesús. La Iglesia empieza a recibir fortalecimientos espurios y se ha vuelto mundana, o como se dice, pasó de las garras de los feroces leones, a ocupar un sitial de honor en el trono imperial. La Iglesia debe orar por el gobierno y las autoridades del estado para que no haya anarquía, pero no unirse y mezclarse con el estado.

La Iglesia es la novia de Cristo, casta y pura; ya está desposada con el Señor, y por eso la unión de la Iglesia con el mundo es considerada fornicación espiritual. Debido a eso, el Señor se le presenta como el que tiene la espada aguda de dos filos. ¿Qué simboliza esto? La Palabra misma nos da la respuesta. "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" (Heb. 4:12). Por una parte el Señor le dice a la Iglesia que con esa espada inevitablemente va a separar esa unión de Su Iglesia con el mundo, y va a discernir y juzgar esa unión. El Señor tiene toda la autoridad para ejecutar esta sentencia. A través de la historia, el Señor fue dando los pasos necesarios para cumplirlo. La espada también es un instrumento de castigo, y el Señor no está conforme con la iglesia mundana, la cual retiene el nombre del Señor, pero en la práctica lo niega, porque con el tiempo empezó a olvidarse de Su nombre y a negar la auténtica fe.

Hay textos de historia eclesiástica que titulan este período como La Iglesia Imperial, con el sugestivo subtítulo de la victoria del cristianismo. Ambas cosas son muy cuestionables. En primer lugar porque la Palabra de Dios no avala la afirmación de que haya iglesia imperial; la Iglesia de Jesucristo no es imperial, pues una iglesia imperial no es bíblica, y lo que no obedece los principios bíblicos se aparta de la voluntad de Dios. La Iglesia no puede ser imperial y celestial a la vez. No puede al mismo tiempo ocupar los lugares celestiales con Cristo y un sitial prominente entre los grandes de la tierra. Y en cuanto a la "victoria", la consideramos una victoria pírrica, por no decir que una verdadera derrota. Considérese si es victorioso que la Iglesia paulatinamente entre a heredar las costumbres de las observancias, formas y ceremonias paganas, bastando un cambio de nombres y modificaciones en la adoración; e incluso los templos de los dioses del Olimpo sean "consagrados" para adorar al Señor, como actualmente sucede en Italia, que templos católicos de algunas provincias, eran templos donde se rendía culto a la diosa Diana. A estas construcciones con el tiempo se les llamó "iglesias", término impropio para los edificios, pues la Iglesia es la asamblea de los santos; con esto tomaron el continente por el contenido. No puede ser victorioso para la Iglesia de Jesucristo el que una vez llena de poder secular, deje de ser el Cuerpo que exprese al mundo el conocimiento del Dios verdadero y de Su Cristo, para influir en el mundo como vehículo de salvación, sino ver al mundo dominando a la Iglesia.

En la Iglesia la prosperidad secular es inversamente proporcional a la prosperidad espiritual. Por ejemplo, en sus albores la Iglesia se reunía para adorar en casas particulares; después y por causas de las persecuciones, se reunían los hermanos en los cementerios, como las catacumbas romanas, y tras la "conversión" de Constantino empezó la construcción de hermosos templos, y se empezaron a introducir las costumbres y protocolo imperiales, como el uso del incienso, vestimentas ricas de origen judeo pagano a los oficiantes del servicio, procesiones, y desarrollos de coros. Todo eso tuvo como resultado que la congregación, desconocedora de un lenguaje o idioma desueto como el latín, tuviera menos parte activa en el culto o servicio, y su consecuencia fue un desarrollo anormal de la apariencia del reino de Dios en la tierra, porque en la era actual la Iglesia de Jesucristo es la expresión del reino en la tierra. Con el correr de los siglos, esto también se vive en el protestantismo. Ahí tenemos la parábola de la semilla de mostaza.

"31Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; 32el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas" (Mat. 13:31-32).

En esa parábola vemos que desde antes del tiempo de Pérgamo, a partir de su humilde nacimiento, la Iglesia se fue convirtiendo en un gran árbol que empezó a producir alimento espiritual para todas las naciones, con el agravante de que en la apariencia del Cristianismo, ha habido la nefasta influencia de millones de creyentes falsos, incluso de personas con intereses malignos. A partir de Pérgamo, la Iglesia empezó a sufrir una metamorfosis, y en vez de ser peregrina en la tierra, se estableció en este mundo, arraigándose en la tierra, como el árbol de la parábola, y entre sus ramas fueron surgiendo muchos recovecos de organizaciones, proyectos y operaciones terrenales, con una engañosa apariencia del reino de los cielos. Y en tiempos del emperador romano Teodosio el Grande (380), multitudes de incrédulos y paganos fueron bautizados e ingresaron a la "iglesia", ya unida al mundo por medio de sus tentáculos de la política, la economía y la religión babilónica. La esposa el Cordero le había sido infiel al Señor.

La Iglesia morando en la tierra

"13Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás".

Es curioso y asombroso cuando la Palabra de Dios nos revela la cara oculta de las cosas y acontecimientos históricos. Por ejemplo, no es una coincidencia que en la localidad de Pérgamo, a la par de existir el famoso altar de Zeus, se levantaran asimismo sendos templos a Roma y a Augusto, que son vivos y dicientes ejemplos del culto imperial. Indudablemente que cuando la Biblia dice que allí está el trono de Satanás, se refiere al altar del dios Zeus en asocio al lugar de adoración al emperador. Eso también aclara que el trono de Satanás está en el mundo, y por eso la Palabra de Dios dice que la iglesia mundana mora donde mora Satanás. Eso significa que la iglesia mundana se ha unido al mundo y guarda estrecha relación con Satanás hasta el día de hoy.

En todas y cada una de las siete cartas hay una constante: el Señor le dice a cada iglesia, "Yo conozco tus obras". ¿Qué hace la Iglesia en esta época? Excepto un pequeño remanente, una ola de orgullo, ambición, arrogancia y mundanalidad fue sustituyendo la santidad y la humildad de los cristianos primitivos. La verdadera posición de la Iglesia es con Cristo en lugares celestiales; no es una asamblea terrenal como el pueblo hebreo, sino peregrina en la tierra. La Iglesia no debe enredarse en los negocios de este mundo, pues nuestro verdadero hogar está con el Señor en los cielos. El Señor mismo nos dio ejemplo en esto; en este sentido El jamás se preocupó sino por ser un transeúnte, un residente temporal en este mundo, a tal punto que llegó a decirle a alguien que se brindó a seguirle, que El no tenía ni una piedra donde recostar su cabeza. Pero llega el momento en que la Iglesia desprecia el oro fino y legítimo, dejándose deslumbrar por el brillo del oropel, y en vez de seguir de peregrina en esta tierra, prefiere morar en ella, donde tiene su trono Satanás.

Satanás tiene su trono en esta tierra; él es el príncipe de este mundo, y la ciudad geográfica donde está ubicado ese trono no es otra que Roma, la capital del imperio dominante en el tiempo de escribir Juan esa carta a Pérgamo. En Roma también tiene su centro de gobierno el sumo pontífice satánico, el emperador mismo. Allí empezó a "prosperar" la Iglesia. ¿Será esta la clase de prosperidad que el Señor quiere para Su Iglesia? ¿Quiere el Señor que Su Iglesia santa escale posiciones terrenales, influencia mundana y gloria de los hombres? ¿Quiere el Señor que Su Iglesia sin mancha ni arrugas se siente a gobernar con el mundo? ¿No será que la pretendida "victoria" en los tiempos del emperador Constantino fue una salvaje oleada de derrota y corrupción para la Iglesia de Jesucristo?

El Señor aborrece que Su amada habite donde su enemigo tiene el trono. El Señor aborrece que Su Iglesia, para las reuniones, en vez de las casas de los hermanos, o modestos salones, empiece a imitar al mundo construyendo magníficos palacios con la forma y el nombre de la basílica romana o salón de la corte. El Señor aborrece que mucha gente se apresuró a hacerse miembro de la Iglesia, en procura de ganancia personal. Satanás no pudo acabar con la Iglesia por medio de las persecuciones, entonces decide darle la bienvenida, acogerla para volverla mundana, para corromperla.

Se menciona a un mártir llamado Antipas, testigo fiel del Señor, y que fue muerto entre los hermanos en Pérgamo, y repite, "donde mora Satanás". Antipas en griego significa contra todo. Nada más se sabe de este importante mártir cristiano que murió por mantenerse fiel al Señor, por no querer contaminarse y negar al Señor, por estar contra todo lo que la iglesia mundana introdujo en la vida de la Iglesia. Hay afirmaciones en el sentido de que los historiadores Bolandistas o Bolandos (pertenecientes a una sociedad fundada en el siglo XVII por el jesuita Jan van Boland, encargada de realizar un estudio crítico de las biografías del santoral católico), expurgaron de leyendas las Actas de los Mártires, y dicen ellos que Antipas fue martirizado en Pérgamo en tiempos del emperador Domiciano, y quemado dentro de un buey de bronce. Tertuliano también da testimonio de que Antipas fue obispo de esa iglesia, y de que al no obedecer los decretos del emperador en el sentido de tomar parte en la adoración y sacrificios a Esculapio, entonces fue sacrificado, en el mismo tiempo cuando el apóstol Juan fue deportado a la isla de Patmos.

Antipas es el arquetipo de los cristianos fieles al Señor hasta el martirio. Mientras esos hermanos fieles vivieron, la Iglesia se mantuvo firme, y morían durante las persecuciones por no negar su fe; los santos preferían morir antes que negar la fe y el nombre del Señor. Pérgamo, a pesar de morar en la ciudad que más se dedicaba a la idolatría en todo el Asia, con todo eso, permaneció fiel al nombre del Señor. Los paganos gritaban: "César es el señor", pero había muchos creyentes que, como Antipas, confesaban: "Jesús es el Señor". Aunque es de entender que la época profética de Pérgamo se fue desarrollando mediante un proceso, no es menos cierto que una vez muertos los hermanos de la época de Esmirna, los mártires, sobrevino no ya un desliz, sino un derrumbe estrepitoso en la Iglesia del Señor. Vivimos tiempos en que es necesario tener el espíritu de mártir, si queremos testificar contra la iglesia mundana.

Terminó un período en que nadie se unía a la Iglesia buscando ganancia mundana, o en procura de celebridad; se había ido la época en la cual sólo permanecían los que estaban dispuestos a ser fieles hasta la muerte, y solamente esa clase de siervos era de los que se hacían abiertamente seguidores de Cristo. Sin embargo, y a pesar de empezar a serle infiel al Señor, casándose con el mundo, la Iglesia continuó reteniendo el nombre del Señor por algún tiempo; siguió sin asumir nombre alguno de organización de origen humano; porque el nombre denota la realidad de la persona del Señor. A pesar de que la Iglesia estaba experimentando un proceso de alejamiento aun mayor que el nivel original donde el Señor la había colocado al principio, abandonando el consejo de Dios, descuidando el depósito del Señor y los principios bíblicos, notamos que aún había quienes se preocupaban por no negar su fe en el Señor.

El edicto de tolerancia

¿Qué ocurrió para que la Iglesia decidiera morar en el mundo? El Señor había bendecido de tal manera a la Iglesia, que algunos opinan que la mitad de la población del Imperio Romano ya era cristiana a comienzos del siglo cuarto de nuestra era. Eso era percibido por los gobernantes imperiales, y estaban convencidos de que la Iglesia era inexpugnable e indestructible, y lo habían comprobado con la persecución de Diocleciano (303-304), por medio de la cual el paganismo intentó, con una fiereza sin parangón en el pasado, aniquilar la Iglesia de Cristo.

Surge Constantino en la escena política del Imperio y decide "aceptar" al cristianismo; al parecer no hubo en él verdadera conversión a Cristo, y aunque sus motivos fueron más bien políticos, ese evento significó una decisión transcendental. En el año 313, Constantino y Licinio, con quien hasta esa época compartía el poder sobre el Imperio, reunidos en Milán, publican el llamado Edicto de Milán, el cual consigna la libertad religiosa y la igualdad de derechos para los cristianos, la devolución de los bienes expropiados a los cristianos y la aparente abolición del culto estatal. Posteriormente, mediante el Edicto de Tesalónica, del año 380, el cristianismo fue establecido como la religión oficial del Imperio. (Ver en el apéndice de este capítulo el texto de los edictos).

La doctrina de Balaam

"14Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación".

¿Qué es la doctrina de Balaam? ¿Por qué dice el Señor que algunos la estaban reteniendo en esa época? Balaam fue un codicioso profeta de los gentiles, quien conocía al verdadero Dios, y que aparece como protagonista en el libro de Números, durante el paso del pueblo hebreo por las tierras de Moab, en su peregrinaje por el desierto hacia la tierra prometida. El nombre Balaam significa desviador del pueblo, y a ese fin encaminó su ministerio. Al principio Balaam pudo haber sido un profeta de Dios, pero por ganancia deshonesta y por congraciarse, se convirtió en mercenario y desvió el camino de la verdad. Balac, a la sazón rey de Moab, le ofreció dinero a Balaam para que maldijera al pueblo hebreo, pues temía que el eventual cruce del pueblo de Dios por sus tierras le ocasionara perjuicios, como le había sucedido con el amorreo. Dice la Palabra de Dios que cuando llegaron los emisarios del rey con la paga para que Balaam fuera a realizar su nefasto trabajo, Dios le dijo con mucha claridad a Balaam: "No vayas con ellos, ni maldigas al pueblo, porque bendito es" (Núm. 22:12). Pero Balaam le insistió y el Señor le permitió ir, pero con la condición de que hiciese lo que Él le dijere, constituyendo éste uno de los ejemplos bíblicos más exponentes de la voluntad permisiva de Dios. Balaam sabía muy bien que no era la voluntad perfecta de Dios que acudiera a ese llamado. El Señor no iba a permitir que nadie maldijera a su pueblo.

Instigado por el rey Balac y por sus reiterados ofrecimientos de paga, por mucho que lo intentó, Balaam jamás pudo maldecir al pueblo de Dios, pues Dios iba frustrando los esfuerzos de Balac para lograr su perverso cometido. Entonces ocurrió lo que la Palabra de Dios llama la doctrina de Balaam; es decir, el profeta usa una astuta estrategia para hacer caer en pecado al pueblo hebreo delante de Dios, pues le aconsejó a Balac quien, siguiendo esas instrucciones, corrompió al pueblo de Israel procurando unirlo con las mujeres gentiles por la atracción del desenfreno sexual y luego la adoración de imágenes. "1Y el pueblo empezó a fornicar con las hijas de Moab, 2las cuales invitaban al pueblo a los sacrificios de sus dioses; y el pueblo comió, y se inclinó a sus dioses. 3Así acudió el pueblo a Baal-peor; y el furor de Jehová se encendió contra Israel" (Núm. 25:1-3). Como consecuencia hubo una gran mortandad entre los varones del pueblo de Israel y matanza de los madianitas, incluido el propio Balaam, y los israelitas "8mataron también, entre los muertos de ellos, a los reyes de Madián, Evi, Requem, Zur, Hur y Reba, cinco reyes de Madián; también a Balaam hijo de Beor mataron a espada. 15Y les dijo Moisés: ¿Por qué habéis dejado con vida a todas las mujeres? 16He aquí, por consejo de Balaam ellas fueron causa de que los hijos de Israel prevaricasen contra Jehová en lo tocante a Baal-peor, por lo que hubo mortandad en la congregación de Jehová" (31:8,15,16).

Satanás no había podido acabar con la Iglesia. Así como Balac tuvo temor de este pueblo numeroso que se le había metido dentro de sus dominios, Constantino propicia una fusión, un matrimonio de la Iglesia con la religión babilónica, invitando a lo que la Palabra de Dios llama "comer de cosas sacrificadas a los ídolos", y que a la postre se degenera en una confusión entre la sociedad política y religiosa, que, por los conflictos del perverso corazón humano, lleva implícito el problema del poder, y no cualquier poder, sino aquel en que los emperadores se reservan los "divinos" derechos, y que se destaca a su debido tiempo y se conoce históricamente como el cesaropapismo.

No se llega aun a comprender la razón por la cual ha existido la opinión de que la incursión y ejecutoria de Constantino en la vida de la Iglesia de Jesús, constituyó para ella una gran victoria, alegando para ello haber decretado poner fin a las persecuciones a los santos y haberla llenado de prebendas, libertades y encumbramientos, y se habla incluso de que la Iglesia ha entrado en crisis en nuestros días debido en parte a que recientemente hemos llegado al fin de la era constantiniana. Constantino abrió las puertas a los cristianos para acceder a los más altos cargos de la administración imperial, como el de consulado, prefectura de Roma y prefectura del Pretorio. Asimismo concede al cristianismo un estatuto jurídico especial, por medio del cual los dirigentes eclesiásticos entran a gozar de privilegios, equiparándose a los funcionarios civiles. Constantino fue el principal instrumento inicial de Satanás para introducir en el cristianismo todos los misterios de la religión antigua babilónica, la que se inició con Nimrod cerca de la época del diluvio y la edificación del zigurat llamado Torre de Babel, que luego se consolidó en Tiatira con la Iglesia Católica Romana, dando solidez y continuación al misterio de iniquidad ( Cfr. 2 Tes. 2:7) con el papado, que con sus argucias y su astucia ha llegado a consolidar el culto a la antigua reina del cielo babilónica, con todo su séquito de abominaciones.

¿Tiene la doctrina de Balaam sus incidencias hoy? Objetivamente las pomposas enseñanzas religiosas, en el nombre de enseñanzas terrenales, han opacado la santidad y menguado el testimonio fiel en el seno de la Iglesia, no mirando con buenos ojos que los hijos de Dios practiquen la apropiada fe cristiana, alejándose de lo mundano, no participando de sus no limpias empresas ni asociándose a sus organizaciones; y en la "iglesia" mundana algunos comenzaron a enseñar muchos de esos desvíos, hasta que el pueblo llegó a la ejecutoria plena de la idolatría. Si no se retiene el nombre del Señor, el resultado final es la idolatría y la fornicación.

Esa doctrina o enseñanza distrajo a los creyentes, y como consecuencia cayeron en la idolatría, apartándose de la persona de Cristo, de Su adoración y pleno goce. Incitar a comer de lo sacrificado a los ídolos y a la fornicación, se relaciona con lo que entre los paganos era llamado "sagrada prostitución", ya que la practicaban en sus propios templos en honor de sus dioses. Aquí la fornicación tiene la connotación de apostasía (cfr. Números 25:18). Tanto la doctrina de los nicolaítas como la de Balaam encierran falsedad, seducción, tentación e inducción a la apostasía. La mezcla de las enseñanzas y ritos paganos con las doctrinas cristianas se llama sincretismo.

Comer de lo sacrificado a los ídolos es también volverse a las meras doctrinas, las cuales conducen a la fornicación y a la idolatría. Nuestro alimento verdadero es Cristo. No se nos olvide que hoy abundan los predicadores por contrato, asalariados, no llamados por Dios. Las multitudes en el cristianismo de hoy corren tras esa clase de predicadores, y por eso son desorientados. Eso se consigue mediante la doctrina de Balaam; se desvía a los creyentes de la persona de Cristo hacia la idolatría; cualquier clase de idolatría.

El camino de Balaam

Además de la doctrina de Balaam, la Palabra de Dios registra el camino de Balaam. ¿Cuál es ese camino de Balaam? Nos lo responde Pedro, cuando dice: "15Han dejado el camino recto, y se han extraviado siguiendo el camino de Balaam hijo de Beor, el cual amó el premio de la maldad, 16y fue reprendido por su iniquidad; pues una muda bestia de carga, hablando con voz de hombre, refrenó la locura del profeta" (2 Pe. 2:15-16). En el contexto Pedro está describiendo el carácter y conducta de los líderes y profetas engañadores, como consecuencia directa de la doctrina; es decir, quienes como Balaam, desprecian el señorío y la voluntad de Dios por andar por el camino de las componendas y usando el don profético y el llamado de Dios para el propio medro y ganancia personal. Se fue introduciendo en la Iglesia un tipo de siervos proclives tal vez a servir simultáneamente a Dios y a sus propios intereses, dentro de ese espíritu de casamiento con el mundo de Pérgamo, y tarde o temprano enfrentándose inevitablemente a la desaprobación y condenación del Señor. Aún está en boga en estos tiempos contemporáneos el predicar por amor al dinero, el buscar la congregación de mayores ingresos, el introducir en la asamblea de los santos los métodos y modo de actuar del mundo, tales como la psicología de masas, manejo de luces, control emocional mediante la música, etcétera, que acondicionan emocionalmente al alma.

Téngase en cuenta que en Mesopotamia y región de Babilonia, antigua tierra habitada por los sumerios y acadios, en donde originalmente estaba el trono de Satanás, cada ciudad estaba bajo la protección de un dios específico, al cual, junto con su numeroso séquito de dioses menores, le habían construido un magnífico templo. Los sacerdotes que servían allí cumplían asimismo una función financiera, debido a que las riquezas del templo incluían gran parte de las tierras y ganado de la ciudad. Se dice que el complejo religioso dominaba la ciudad económica y socialmente. Sus salas de culto a menudo estaban elevadas sobre una plataforma ubicada por encima de las viviendas del resto del pueblo. ¿Será todo esto mera casualidad frente a lo que sucedió con la Iglesia desde los tiempos de Constantino? Muchas de las capillas, templos o santuarios del paganismo pre-cristiano fueron transferidos para el servicio cristiano, junto con sus dotaciones monetarias. Pero lo curioso y lamentable es el hecho de que muchos de sus sacerdotes paganos y aun sus hijos, como algo hereditario, pasaron directamente al cuerpo del clero cristiano, y algunos fueron hechos obispos.

Constantino proporcionó a la Iglesia exactamente lo mismo que Balac había hecho con Israel. Con el enriquecimiento material, la condujo al adulterio espiritual y a la idolatría. Después de Constantino, las iglesias empezaron a recibir subsidios oficiales, por lo menos en las grandes ciudades. Es más, se creó un patrimonio eclesiástico, gracias a las oblaciones y ofrendas de los fieles y el favor económico de los emperadores, y tal patrimonio es administrado con completa autonomía por el obispo, quien al tiempo disfruta de exención fiscal, asunto este que se ha perpetuado a través de los siglos. A los eclesiásticos el Imperio les concedió un estatuto privilegiado, consistente en libertad para disponer del patrimonio, inmunidad fiscal, o sea, que jamás han pagado impuestos, dispensa de cargos curiales, etcétera. Pero esa iglesia mundana se empobreció espiritualmente, y empezaron a recibir oleadas de gente sin conversión y llegaron a la práctica del bautismo infantil.

El error de Balaam

El camino de Balaam está íntimamente asociado con el error de Balaam descrito en Judas 11. Allí el apóstol también describe las características de los falsos maestros y el destino que les espera, trayendo a colación el asunto que casi siempre registra el falso maestro, la ambición y el deseo de ganancia personal. Allí dice: "¡Ay de ellos! porque han seguido el camino de Caín, y se lanzaron por lucro en el error de Balaam, y perecieron en la contradicción de Coré".

Las cosas que narra el Antiguo Testamento son también arquetipos de los eventos cumplidos en el Nuevo y lo relacionado con la Iglesia. Lastimosamente vemos que la Iglesia fue institucionalizada e integrada al sistema político de Roma, de tal manera que aquel aspecto de comunidad espiritual de fieles (Ecclesia) desafortunadamente pasó a un segundo plano. Bajo esa amenaza decretada por medio de los edictos, las "conversiones" de la población se efectuaban en masa, sin el debido arrepentimiento, cuántas veces sin conocer quién era el Señor y su obra expiatoria. Empezó a experimentarse un marcado desnivel entre la moral cristiana del tiempo de las persecuciones y la de este período de Pérgamo; muchos cronistas atestiguan que hombres ambiciosos e inescrupulosos procuraban puestos en la Iglesia para obtener ganancias económicas e influencia social y política. Ese es el camino de Balaam. Muchos de los cristianos nominales ofrecían sólo adoración externa, de labios, pues seguían siendo paganos de corazón. En esas conversiones en masa, odres viejos entraron a recibir un vino nuevo y ¿cuál fue el resultado? Los odres se rompieron y en muchas de esas vidas se perdió el vino.

Constantino el Grande

Al intentar perfilar la personalidad y las intenciones del personaje histórico conocido como Constantino el Grande, deseamos hacerlo pasando por alto muchos lugares comunes, cuidándonos de afirmar lo que sólo Dios y Constantino mismo pueden dar fe como cierto o falso. Tengamos en cuenta que no todos los hechos de un político ambicioso demuestran que sea el gobernante ideal, y un rasgo típico de Constantino fue el de ganarse el favor de sus súbditos (incluidos los cristianos) mostrando clemencia y sabiduría en sus edictos y otros actos gubernamentales. Pero la historia narra el lado opuesto de la moneda, cuando se afirma que los viñedos que generaban los recursos de la ciudad se anegaban por falta de drenaje, mientras el emperador dilapidaba los fondos públicos en lujos y la construcción de un palacio suntuoso en Tráveris; o ganarse la simpatía de los galos explotando sus más bajas pasiones brindándoles en el circo espectáculos cruentos donde morían tantos bárbaros cautivos, que alguien comenta que hasta las bestias se hastiaron de la matanza.

¿Realmente se convirtió Constantino al Señor Jesucristo? Esto se ha cuestionado mucho, mas podemos sacar algunas conclusiones aportando las siguientes razones. Era una época en que se creía que el bautismo borraba los pecados cometidos, por lo cual Constantino determinó no bautizarse sino en su lecho de muerte, y pese a ello se consideraba a sí mismo "obispo de obispos". Los obispos que le rodeaban, ni el mismo Osio de Córdoba, que era su consejero en materias eclesiásticas, jamás protestaron por el hecho de que Constantino aún después de su "conversión" continuara participando en ritos paganos prohibidos para cualquier cristiano. Ahí vemos en plena actuación los que retienen la doctrina de Balaam. Cabe al respecto anotar que existen organizaciones eclesiásticas actuales que llaman apostólico a Constantino. Téngase en cuenta que Constantino nunca renunció de su título de Pontifex Máximus (sacerdote de lo alto) de la religión pagana babilónica, ni su devoción por el Sol Invicto.

Nos atrevemos a aseverar que si Constantino el Grande creía verdaderamente en el poder de Jesucristo, pudo no haber entendido lo relacionado con la fe, esa fe que habían entendido los que habían sido fieles al Señor hasta ofrendar su vida antes que negarla. Obrara o no de buena fe, que su intención fuese más de tipo político que espiritual, lo cierto era que se quería ganar la protección del Dios de los cristianos, protegiéndolos y construyéndoles templos, y, a la vez que servir a los otros dioses, trasladar imágenes a Constantinopla, sin descuidar el culto pagano para no acarrearse una oposición irresistible del ala aún pagana del Imperio, y de sus dioses. Pero las cosas se iban dando lentamente. Al comienzo de su reinado el Imperio era oficialmente pagano, y el mismo emperador continuara con el sostén de las vírgenes vestales en Roma, sin embargo, Constantino donó al clero cristiano el palacio de Letrán, en Roma, que pertenecía a la familia de su esposa.

En un político hábil y ambicioso como Constantino no es difícil entender el hecho de que pudo haber visto en el Dios de los cristianos un nuevo dios, pero dotado de poderes fuera de lo común. Para nadie era un secreto que la Iglesia había salido victoriosa después de dos siglos y medio de cruenta persecución, de tal manera que la fuerza del cristianismo ya era respetable en tiempos de Constantino. Al promulgar el Edicto de Tolerancia, ¿no estaría Constantino buscando el favor de ese Dios de los cristianos y el apoyo político de los seguidores de Jesús? Sea cual sea su intención, lo cierto es que Constantino, cual Balac, contaminó y pervirtió a la Iglesia, hasta llegarla a convertir en la "gran ramera".

Aunque los cristianos desde los albores de la Iglesia se reunían el primer día de la semana para partir el pan y celebrar la resurrección del Señor, también este día era dedicado al culto pagano del Sol Invicto en todo el territorio del Impero. Constantino, en el año 324, mediante un edicto imperial ordenó que todos los soldados adorasen en ese día al Dios supremo; y ahí tenemos la razón por la cual los paganos no se opusieron a tal edicto. Personalmente manifiesto que la conversión de Constantino no se ajusta a los parámetros bíblicos, como tampoco se ajusta que sea de parte de Dios lo de la visión de la cruz en vísperas al día de la batalla del Puente Milviano.

No hay concordancia entre las enseñanzas de la Palabra de Dios y el hecho de que supuestamente Dios le haya ordenado a este gobernante de un imperio pagano, enredado en sus intrigas políticas y derramamiento de sangre y simultáneamente sumo pontífice de la religión satánica, que se elaborara un emblema en forma de cruz para que con ese signo venciese. Esa clase de visión está muy lejos de tener siquiera alguna similitud con la que aconteció en el camino de Damasco a un Saulo de Tarso. Es difícil creer que el mismo Dios que envía a Pablo a predicar el evangelio y edificar la Iglesia en medio de muchas pruebas y sufrimientos, se preste a enviar a Constantino, el mismo que jamás renunció a su título de sumo pontífice pagano, a edificar un sistema apóstata con su centro en Roma.

El talante religioso de Constantino se puede medir en las monedas acuñadas bajo su gobierno; en el anverso aparecía una cruz y en el reverso representaciones de los dioses paganos como Marte o Apolo, muestras de las cuales pueden ser vistas en los museos modernos. Ahí tenemos una de las estrategias sincretistas de las muchas que usó para mezclar y casar a la Iglesia de Jesucristo con el paganismo. Muchos historiadores registran en sus crónicas que antes que empezase el siglo quinto el paganismo había caído de su elevado sitial; y algunos lo dicen con alborozo; pero le creemos más a la Palabra de Dios, la cual dice que fue la Iglesia la que cayó de las alturas celestiales para venir a morar a la tierra, donde tiene su trono Satanás.

Muchos emperadores antecesores de Constantino intentaron realizar una gran restauración del viejo Imperio Romano, reafirmando para ello la antigua religión pagana. Esas eran las mismas intenciones de Constantino, pero con la diferencia de que él se propuso lograrlo sobre la base del cristianismo, no sin que hubiese serios oponentes a estas aspiraciones entre la clase política y aristocrática de Roma. Este fue uno de los motivos por los cuales determinó construir una "nueva Roma", una nueva capital imperial, fastuosa y fuerte, que llamaría Constantinopla, "la ciudad de Constantino"; y ¿qué mejor que Bizancio, de «Byzantium», nombre previo a la época cristiana de Constantinopla, situada en el punto de contacto entre Europa y Asia, la capital de la parte oriental del Imperio, recientemente conquistada a su cuñado Licinio? La pequeña ciudad de Bizancio fue ampliada y adornada con amplios y lujosos palacios y estatuas de los antiguos dioses paganos traídos de todos los lugares del vasto imperio, así como con la construcción de la gran basílica de Santa Irene, y fue cambiado su nombre por el de Constantinopla (hoy Estambul), capital que fue de la pierna oriental (referencia a la estatua del sueño de Nabucodonosor en Daniel 2:33,40) de este cuarto imperio mundial y conservó su poder y herencia política y cultural por mil años después que sucumbiera Roma bajo la invasión de los bárbaros. Constantino trasladó la capital del Imperio de Roma a Constantinopla el 11 de mayo del año 330; entonces el imperio inició una etapa de orientalización; el carácter romano se fue perdiendo paulatinamente, helenizándose en su nuevo medio bizantino. Constantinopla fue tomada por los turcos en el año 1453, un poco antes del descubrimiento de América; y el gran templo de Santa Sofía fue convertido en una mezquita musulmana hasta el día de hoy.

Constantino le abrió las puertas del Imperio al cristianismo, pero fue Teodosio (378-395) quien hizo del cristianismo la religión del Estado, obligando a los ciudadanos a hacerse miembros de la iglesia, oficializando así la unión de la iglesia y el mundo pagano, cambiando la naturaleza de la misma y dando origen a mil terribles años de abominaciones del cesaropapismo. En esas "conversiones" en masa y por decreto imperial, ¿se daría simultáneamente la "regeneración" bíblica? Llegó el momento histórico en que se sustituyó la predicación del evangelio por la coacción del poder civil. (Leer los decretos de Teodosio en el apéndice del presente capítulo).

Consolidación de los nicolaítas

"15Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco".

Durante el período de Efeso hubo solamente lo que la Palabra de Dios llama las obras de los nicolaítas, cuando iniciaron la práctica de la jerarquía en la iglesia; es decir, nada se había enseñado al respecto, ni mucho menos institucionalizado, decretado ni dogmatizado. Pero ya en el siglo cuarto, en pleno auge del período de Pérgamo, esas obras progresaron y se convirtieron en enseñanzas, y de la enseñanza a la dogmatización es sólo un paso, de manera que hoy en la iglesia degradada, tanto en el sector del catolicismo como en el protestantismo institucionalizado, el nicolaísmo se enseña y se practica. Entonces primero surgen miembros individuales al estilo Diótrefes, que se esfuerzan por obtener dominio sobre los demás, luego hay necesidad de inventar una teoría que justifique este dominio; la teoría se convirtió en enseñanza y la enseñanza se consolidó en dogma, el cual, por último, la Iglesia aceptó sin previo examen, revisión ni crítica, sin juzgarlo a la luz de la Palabra de Dios, destruyendo así la función de los creyentes, mutilando o anulando el Cuerpo del Señor como expresión de Cristo, que es la Cabeza.

Alrededor del año 324, el cristianismo fue reconocido como la religión oficial del Imperio Romano. De acuerdo con el espíritu de la época, por un lado la legislación oficial iba encaminada a la obligatoriedad de la conversión de los ciudadanos del Imperio, incluida la amenaza, y por otra parte surgieron motivos e intereses personales que llevaron a la gente a convertirse en masa; razón por la cual el cristianismo se llenó de un pueblo ignorante de las verdades cristianas, de manera que eso también coadyuvó a la formación de un clero selecto que tuviera a su cargo los menesteres espirituales, surgiendo así definitivamente la imperiosa necesidad de dividir la Iglesia entre clérigos y laicos; se consolidó una jerarquía que sustentaba el monopolio del conocimiento y la enseñanza, amén del poder y el gobierno eclesiástico.

Al consolidarse el cristianismo como religión estatal, se toma como pretexto la necesidad de crear estructuras más complejas a fin de poder mantener tanto la disciplina como regular la pureza doctrinal. Los presbíteros fueron reemplazados por una jerarquía de obispos y comenzó a emerger una estructura diocesana. Los dirigentes eclesiásticos, imitando la forma de gobierno imperial, adoptaron un gobierno de superior jerarquía, en preferencia a aquel ejercido en un plano de igualdad, como los practicados en la iglesia en sus primeros años. La Iglesia cristiana iba moldeando su propia organización sobre la base del sistema gubernamental del Imperio Romano, abandonando así los principios escriturales. Constantino consolidó en el Imperio una organización político-administrativa jerarquizada, agrupando las provincias en diócesis, que como antes se dijo, proviene tal nombre del emperador Diocleciano, gobernadas por los vicarii (vicarios). Más tarde, cuando ya fue desarrollado, el sistema católico romano imitó esa misma forma de organización política. Se consolidó la configuración de una jerarquía eclesiástica siguiendo las directrices de la misma división administrativa imperial. Se instituyeron metropolitanos en las provincias y obispos en las ciudades. Indudablemente el Señor quiere que la Iglesia se edifique normalmente con Su solo poder, sin que goce de alguna cuota de poder oficial. El Señor mandó obediencia a los hombres que en la comunidad representasen la autoridad, pero se negó a emplear métodos políticos para sí mismo y para Sus propósitos, incluyendo la Iglesia, y, además, no sólo nunca abogó por cualquier método de rebelión, sino que la Palabra de Dios condena esta actitud, en cualquiera de sus manifestaciones.

El Estado y la Iglesia de Jesucristo jamás han debido unirse en la historia, pues son dos instituciones con orígenes, índole y fines diferentes. La una no tiene nada que ver con la otra; pero en la historia malévolamente se confundió a la Iglesia de Jesucristo con la religión babilónica, la cual siempre fue la religión del Estado. Esa herencia matrimonial continuó hasta nuestros días, con influencias e imitaciones más allá del sistema central, el cual se identifica con lo que la Biblia llama la gran ramera; sistema que, diciendo representar los intereses del Señor, le ha sido infiel. Ese sistema religioso llegó a ser una sola cosa con el estado. La Iglesia de Jesucristo lejos está de necesitar la aprobación oficial para desarrollarse y cumplir su cometido en esta tierra. Esa condición no la encontramos en la Biblia. La Iglesia de Jesucristo lejos está de necesitar que los reyes y poderosos de este mundo la defiendan. Es todo lo contrario; por ellos, siguiendo una consigna tras bambalinas del príncipe de este mundo, habría de ser perseguida. La Palabra de Dios da testimonio de estas aseveraciones.

"16He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. 17Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; 18y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles" (Mt. 10:16-18).

"Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo" (Hch. 4:26).

De ese matrimonio de la Iglesia con el mundo, con el Estado y con la religión babilónica sobrevinieron grandes males. Por ejemplo, en la esfera del poder surgió algo curioso. A raíz de la división del Imperio Romano en Oriente y Occidente, hubo a la sazón dos capitales imperiales: Roma y Constantinopla. Eso originó, a la par que los políticos, divergencias y ambiciones de poder entre la jerarquía clerical de ambas capitales, con el subsecuente cisma entre ambas vertientes del cristianismo oficial; lo que se conoce históricamente como Cisma de Oriente. ¿Qué surgió después? Que en las provincias del bloque oriental, las ortodoxas, con el tiempo el Estado dominó de tal manera a esa parte del cristianismo, que éste fue debilitado en gran manera. En cambio en Occidente, sucedió gradualmente el reverso de la moneda, pues el clero fue usurpando el poder al Estado, y aquello dejó de ser cristianismo para convertirse en una jerarquía más bien corrupta, que llegó a dominar a las naciones de Europa, como una verdadera y astuta maquinaria política. Tanto el Señor como el apóstol Pablo por la inspiración del Espíritu Santo, lo profetizaron.

"42Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. 43Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, 44y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. 45Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Mar. 10:42-45).

"Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos" (Hch. 20:30).

Durante las épocas de Efeso y Esmirna, Cristo era el legítimo y único Kyrios de la Iglesia, y por no negarlo a Él, sufrieron los santos hasta el martirio; pero entrado el período de Pérgamo las cosas fueron cambiando; la Iglesia empieza a abrirle las puertas a un kyrios diferente del Señor, desposándose con el mundo y empezó a surgir el antiguo kyrios o dominus imperial, un monarca absoluto que, como ya lo hemos dicho, ejercía soberanamente un poder que en el Imperio lo atribuían a origen divino. A partir de Constantino, el emperador se atribuye el derecho de intervención en los asuntos de la Iglesia, no sólo por propia iniciativa, sino también a solicitud y con el consentimiento de la jerarquía eclesiástica.

La doctrina de Balaam continúa operando con su nefasta secuela, tanto que se llegó a desarrollar una "teología oficial", y algunos de la casta clerical, deslumbrados por los favores de Constantino, llegaron a difundir que Constantino había sido elegido por Dios para que su obra fuese la culminación de la historia de la Iglesia, y entre los cuales se dice estar el historiador Eusebio de Cesarea. Esas intervenciones imperiales en los asuntos de la Iglesia a veces eran de tipo disciplinario, como expulsar clérigos, deponer y desterrar obispos, e incluso papas, cuando esta institución surgió históricamente; a veces eran de tipo jurisdiccional, y es así como el emperador incluso castiga delitos religiosos como el sacrilegio. Pero el emperador llegó más lejos, interviene en los asuntos doctrinales, y convoca concilios, los orienta, legaliza sus decisiones y hasta publica encíclicas, de modo que la Iglesia se iba hundiendo hasta caer también bajo la férula de un tirano terrenal.

Con la sola excepción de Juliano el Apóstata (murió en 363), todos los emperadores que sucedieron en el poder a Constantino eran activos en contener los viejos cultos paganos y en alentar la propagación del cristianismo y favorecerlo. Por ejemplo, Teodosio I (gobernó entre 379 a 395) impulsó la demolición de templos paganos, proscribió los sacrificios y las visitas a santuarios paganos, y fue aun más lejos, ordenando que a los apóstatas del cristianismo se les privase del derecho de herencia, tanto de recibir como de transmitir por testamento.

Hay otro significado de la palabra Pérgamo, y es cerradura alta. Nótese que históricamente los obispos obtuvieron derechos, privilegios, autoridad; se llenaron de riquezas, los hermanos tenían que pedir audiencias para verlos. ¿Por qué? Porque empezaron a vivir entre altas cerraduras de sus lujosos palacios, por la enseñanza de los nicolaítas. Constantino había igualado los derechos de la iglesia y el paganismo, y desde entonces los reyes y poderosos de la tierra empezaron a presidir los concilios de la iglesia, y a confirmar todas las decisiones que se tomaran.

La Iglesia llamada a cortar con el mundo

"16Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca".

En la armadura de un soldado romano, la espada era un arma defensiva. "Tomad... la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios" (Ef. 6:17). Esta espada es la misma que aparece en el verso 12, la Palabra de Dios, y que el Señor va a usar para deshacer la unión desigual y toda relación de Su Iglesia con el mundo. ¿Cómo puede la Palabra de Dios ser usada para cortar nuestra relación con el mundo? Primero el Señor nos llama a que nos arrepintamos, que cortemos por nosotros mismos esos vínculos con el mundo en todos sus aspectos. Pero si no nos arrepentimos, la misma Palabra de Dios se encargará de juzgarnos, la cual lo discierne todo, diferenciando lo bueno de lo malo, y es cortante como espada de doble filo. Como con la mezcla del mundo con la Iglesia, la naturaleza de ésta cambió radicalmente, es necesario que Dios use la espada de Su boca para efectuar esa profunda división.

El Señor interviene en la historia para cortar de Su Iglesia legítima un ente nuevo, nacido de la institucionalización política de la confesión cristiana. A partir de Constantino ha rondado en la Iglesia del Señor ese oscuro fantasma de que la Iglesia de Jesucristo necesita que el poder secular ejerza sobre ella alguna relación de tutela y protección. Ha sido difícil para los eclesiásticos entender que la Iglesia del Señor, en cuanto Iglesia, Cuerpo de Cristo, no necesita tener nexos con el Estado, ni políticos, ni económicos, ni religiosos, ni jurídicos, ni militares, ni culturales, ni sociales, si con ello está en peligro comprometer su fidelidad al Señor, pero a la Iglesia se le dio por cambiar la doctrina evangélica.

Por testimonio cristiano, ya que las Escrituras nos lo ordenan (Mt. 22:21; Ro. 13:1-7; Mt. 17:27) hay que guardar un respeto y sometimiento a las autoridades en el ámbito personal, pero guardando siempre una moderada y prudente separación entre la Iglesia y el Estado. La Iglesia debe aportar lo necesario para el orden, la justicia y la paz social, porque es sal y luz en la tierra, pero sin comprometer su fidelidad al Señor de la Iglesia. Como esos lazos entre la iglesia degradada y los nicolaítas con su secuela de mundanalidad y maldad han permanecido en el sistema de la Iglesia Católica Romana en toda la historia a través de Tiatira, bebiendo las mieles del poder temporal, llegará el eventual momento en que el Señor juzgará esa iglesia y la aniquilará con su Palabra, como está previsto en la Biblia.

3. Pérgamo (2a. parte)

Por Arcadio Sierra Díaz - 14 de Abril, 2007, 1:21, Categoría: General

P É R G A M O

(2a. párte)

El ascetismo

Alguien se preguntará, si la Iglesia se unió a los poderes del mundo y si el lujo y la ostentación hacen furor en los "altares" de la cristiandad, ¿no hubo quién reaccionara? El hecho de que Constantino hubiese dado ese viraje en la política del Imperio con relación al cristianismo, que venía de padecer casi trescientos años de cruel persecución, fue visto por muchos eminentes personajes de la Iglesia, de la talla de Eusebio de Cesarea, como el cumplimiento de designios de Dios. Pero otros veían más allá de la simple apariencia. Veían cómo la puerta estrecha y el camino angosto se ensanchaban tanto, que muchos se apresuraron a mezclarse íntimamente en la política, las posiciones y el prestigio de este siglo. Veían que cada día el cristianismo se mezclaba más y más con el paganismo. Unos pocos vieron cómo la doctrina de los nicolaítas empezó a penetrar e impregnar todos los estamentos de la Iglesia. Y no fue extraño que los ricos y poderosos que se enseñorean de las naciones, también encontraran ocasión de dominar la vida de la Iglesia del Señor, a fin de que se confundieran las cosas del César y las de Dios, pues la Iglesia había venido a instalar su morada en esta tierra, donde tiene su trono el diablo. El partido clerical se olvidó que la Iglesia es peregrina en esta tierra, y que Su divino fundador no sólo jamás tuvo una lujosa mansión en esta tierra, sino ni siquiera una piedra en donde recostar Su cabeza, pues el Padre lo estaba esperando en los lugares celestiales.

Algunos consideraron que el hecho de que el emperador se declarase cristiano, y que se dieran esas fáciles conversiones en masa, no significaba una bendición sino una gran apostasía, pues comenzó a formarse y surgir el catolicismo paganizado, la disciplina de la Iglesia decayó y se iba ahondando más la brecha entre el ideal cristiano y su cumplimiento, y debido a todo esto, muchos que no querían abandonar la comunión de la Iglesia, reaccionaron como en una especie de sublevación individual contra la organización y nuevo giro que la clase clerical le había dado a la Iglesia, y prefirieron irse al otro extremo, retirarse al desierto a llevar una vida ascética, viviendo en cuevas y lugares solitarios, dedicados a la oración y a la contemplación. Pero ambos extremos son perniciosos.

La Palabra de Dios no aprueba para los hijos de Dios ni el matrimonio con el mundo, su profunda ingerencia en la política ni competencia en pos de posiciones, por un lado, ni el monasticismo, tanto en su modalidad de solitario, como los ermitaños, o colectivamente enclaustrados en los monasterios, por el otro. En la Iglesia primitiva no había monjas ni monjes; en la experiencia precristiana, estas prácticas eran paganas.

Algunos también defienden la posición de los monjes aduciendo que por la influencia del gnosticismo, el marcionismo y en particular del maniqueísmo, se había propagado la idea dualista de cuerpo y espíritu, pensando que el cuerpo se oponía a la vida plena del espíritu, por la difundida creencia filosófica de que la materia en sí es mala, y había que doblegarla, someterla (por medios carnales, añadiría yo). Ese es un error fundamental que se aparta de la enseñanza bíblica, que si, paradójicamente, por el Espíritu se discierne, se le mira justamente como un rudimento del mundo. En esa clase de vida se infiltró algo del legalismo, o sea, el punto de vista de que la salvación de alguna manera puede ser ganada y merecida mediante obras, en oposición a la gracia. El Señor Jesús vivió una vida santa, pero de ninguna manera ascética, y tampoco recomendó el ascetismo, al contrario, ordenó ir por el mundo a predicar el evangelio y hacer discípulos y no huir del mundo. Al principio muchos obispos miraron mal el monacato, pero después de extendido, a finales del siglo quinto, llegó a ser la característica del cristianismo, llegando a su mayor desarrollo durante la Edad Media.

Amerita también mencionar que en el movimiento monástico hubo marcadas influencias asimismo, de una parte por el lado de Orígenes, Pánfilo y Eusebio de Cesarea en el sentido de dejarse llevar por el ideal platónico de vida, y aun por ciertos principios estoicos; y por otro por las palabras del apóstol Pablo, de que quienes no se casaban podían tener más libertad para servir al Señor. Téngase en cuenta también que si por el lado de los nicolaítas se realizaba una mezcla con el paganismo y sus rituales, en el otro extremo, los monjes pudieron imitar el ejemplo de las religiones paganas, pues éstas tenían vírgenes sagradas, eunucos, celibato entre los sacerdotes y personas apartadas para el servicio de sus dioses. Si los que se codeaban con Constantino se llenaron de orgullo de clase, no menos surgió entre los que llevaban su vida monástica, pues entre ellos se dio otra forma de orgullo, pensando que su nivel espiritual estaba por encima del de los obispos, y por ende eran ellos y no los dirigentes eclesiásticos quienes debían decidir sobre cuestiones de la doctrina cristiana.

Es curiosa la terminología con que se les ha designado. Eremitas o ermitaños, por cuanto prefirieron vivir en ermitas, santuarios o capillas situadas por lo común en lugares solitarios. Monjes, que viene de la palabra griega monachós, que significa "solitario". Anacoretas, que quiere decir, "retirado" o "fugitivo". Cenobitas, palabra derivada de dos términos griegos, que significan "vida común", como una modalidad colectiva, diferente al anacoretismo. Se dice que fueron miles los que tomaron esta determinación de retirarse a esa vida monástica, como especie de contagio en masa; empero Pablo el ermitaño (no el apóstol) y Antonio son los más sobresalientes, y que los ponen como los iniciadores de esta clase vida, tal vez por el hecho de que respectivamente, Jerónimo y Atanasio escribieron sus vidas. Allí se registra que Pablo huyó de la persecución al desierto a mediados del siglo tercero.

En cuanto a Antonio, tomó su determinación alrededor del año 320, pues le impactaron las palabras del Señor Jesús acerca del joven rico en Mateo 19:21, por lo cual dispuso de sus propiedades y repartió sus bienes entre los pobres, y se retiró al desierto de Egipto. Otros de gran renombre son Simeón del Pilar y Palemón el estilita, llamados así por su curiosa manera de vivir en columnas que terminaban en una plancha. Curiosamente, de Simeón se dice que vivió sobre su pilar al este de Antioquía treinta y seis años y que goteaba gusanos, piojos y mugre.

Hubo personas cuyo ingreso a un monasterio no estaba asociado con la conversión a la fe, sino más bien a una preocupación por la salvación. Cuando el monasterio estatutariamente implica una vida de renuncia al mundo, de mortificar la voluntad, de austeridad en la comida y vestimenta mortificante, vigilias nocturnas después de un duro trabajo diurno, ayunos, castigo de la carne, y otros procedimientos, eso va de la mano con un legalismo y la práctica de exagerados rudimentos del mundo, que no producen la paz con Dios, ni menos aun reemplazan el sacrificio de Cristo.

En la época que se inicia con Constantino, los ministros cristianos comenzaron a llamarse "sacerdotes", aunque para la época de Constantino, el título de sacerdote tomó un cariz más pagano, pues antes de Constantino, en La Tradición Apostólica, Hipólito de Roma llama sacerdote a Juan, y la Didaké, del siglo I, llama sumos sacerdotes a los profetas de la Iglesia, pero en el sentido neotestamentario que usan Pedro, Pablo y Juan. El sacerdocio paganizado contribuyó a la formación del nicolaísmo, quitándole el sacerdocio al pueblo.

"4Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, 5vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. 9Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pe. 2:4-5,9).

"Para ser ministro de Jesucristo a los gentiles, ministrando (sacerdotando, en el original griego) el evangelio de Dios, para que los gentiles le sean ofrenda agradable, santificada por el Espíritu Santo" (Ro. 15:16).

"6Y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén. 10Y nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra" (Apo. 1:6; 5:10).

Aun en contra de su voluntad y por la insistencia y ruegos de algún obispo, algunos de estos anacoretas llegaron a ser ordenados sacerdotes y obispos u ocupar cargos eclesiásticos. Se dice que Pacomio, antiguo soldado del ejército imperial, quien naciera en una pequeña aldea al sur de Egipto en 286, fue quien tuvo gran prominencia en el surgimiento del monaquismo comunal o cenobítico, y más tarde Basilio de Cesárea, uno de los tres Capadocios, Martín de Tours y Jerónimo. Indudablemente, uno de los más sobresalientes organizadores del ascetismo fue Benito de Nurcia, autor de la famosa regla de San Benito, una de las más influyentes de la organización del ascetismo.

Grandes exponentes de la patrística

Por las informaciones recibidas de la época, hubo en ese tiempo mucha actividad teológica, y no menos corrientes de ideas controvertibles; es la época del desarrollo y profundización de la Cristología, y hacen su aparición nuevas escuelas teológicas en Constantinopla, Roma, Antioquía y Córdoba. Es, pues, Pérgamo un período de grandes figuras protagónicas en el devenir de un gran vuelco de la Iglesia, entre los cuales se destacaron eminentes teólogos, filósofos, historiadores, apologistas y polemistas, algunos de los cuales dejaron registros escritos de esos importantes acontecimientos. Antes de registrar un ligero perfil de algunos de los llamados padres de la Iglesia, es interesante anotar que el platonismo ejerció gran influencia en el cristianismo, principalmente por medio de pensadores cristianos como el judío helenista Filón, Justino Mártir, Clemente de Alejandría, Agustín y los escritos que llevan el nombre de Dionisio el Areopagita.

Eusebio de Cesarea (260-340). Sabio erudito e historiador de la Iglesia, nacido probablemente en Palestina, en donde llegó a ser obispo de Cesarea y en donde fue discípulo de Pánfilo, natural de Berito (hoy Beirut), en la ocasión en que éste estudiaba, organizaba y completaba la biblioteca que Orígenes había dejado allí en posesión de la iglesia. Desde esta sede, Eusebio salía por diversas ciudades buscando documentación acerca de los orígenes del cristianismo. Inicialmente, y aun en medio de las persecuciones en tiempos del emperador Maximino Daza, Eusebio escribió junto con Pánfilo varias obras, entre ellas Crónica, cinco libros de una Apología de Orígenes. Muerto su maestro, revisó y amplió su obra más importante, la Historia Eclesiástica, obra de capital importancia para el estudio de los primeros tiempos de la vida de la Iglesia, pues él se encargó de compilar, organizar y publicar casi todo lo que la posteridad logró saber de muchos de los cristianos de los primeros siglos de la Iglesia, y fue terminada cuando el emperador Constantino acababa de firmar el Edicto de tolerancia en el año 313, que le otorgaba la paz a los cristianos.

Eusebio en su oportunidad se escapó de la persecución y se libró del martirio, y fue testigo presencial de aquellas amargas horas de la Iglesia, y por razones que hemos analizado arriba en el presente capítulo, como muchos otros en su tiempo, vio en Constantino un instrumento escogido por Dios para llevar a cabo Sus propósitos, y, según afirman varios analistas de la historia, por aquello de la fascinación del boato imperial, se dedicó a servir los intereses del imperio por encima de los de Jesucristo.

Eusebio se vio envuelto en las controversias arrianas, y aunque se mantuvo en el Concilio de Nicea dentro de la línea ortodoxa, sin embargo, dejó mucho que desear, pues no apoyó plenamente a Atanasio de Alejandría, ya que sus intereses eran otros. Se dice que era amigo personal de Constantino, de quien escribió su obra Vida de Constantino. El pensamiento y modo de ver las cosas Eusebio, aun sin percatarse de ello, disentían muchas veces de la sana teología cristiana. Por ejemplo, fue uno de los que no se percató de lo peligroso que era que la Iglesia perseguida pasara a ser la Iglesia de los poderosos, los que según las palabras del Señor en el evangelio tienen mucha dificultad para salvarse, la Iglesia que prefirió morar en la tierra antes que ser peregrina, y a ver la riqueza y el boato como una bendición de Dios. También escribió una obra útil para los estudios bíblicos, su Onomasticón, enumerando e identificando los principales lugares geográficos de Palestina.

Atanasio de Alejandría (300-373). Uno de los cuatro grandes de los llamados padres de la Iglesia, de orientación griega. Nació probablemente en alguna pequeña aldea a orillas del Nilo y murió en Alejandría; perteneciente a una familia de clase humilde, tal vez de la raza copta. Este gigante de la Iglesia era de tez oscura y muy corto de estatura, a tal punto que sus enemigos a veces se burlaban de él llamándolo enano. Desde su niñez demostró profundo interés por la iglesia, y llegó a disfrutar de la favorable atención de Alejandro, el obispo de su ciudad natal, en donde muy joven llegó a ser diácono. El centro de su fe lo constituía la presencia de Dios en la historia, y por eso se constituyó en el más temible opositor del arrianismo, antes y después del Concilio de Nicea, teniendo en cuenta que para Atanasio la controversia arriana iba más allá de ser simples sutilezas filosóficas; tenía la luz suficiente para saber que esa herejía socavaba el centro mismo de la fe cristiana. Después del Concilio de Nicea, murió Alejandro y Atanasio fue elegido obispo de Alejandría, y ese había sido el deseo de su antecesor. Pero Eusebio de Nicomedia y demás dirigentes arrianos, persuadieron al emperador en contra de Atanasio acusándolo de irregularidades eclesiásticas y hasta de homicidio, por lo cual Atanasio sufrió una vida de luchas y de repetidos exilios. Sus últimos siete años los pasó sosegadamente en Alejandría, donde muró en 373. A la postre sus ideas triunfaron por toda la Iglesia, quedando consignadas en el Credo de Atanasio, aunque éste no hubiera sido escrito por él. Entre las obras escritas por este eminente varón de Dios relacionamos:

* La Vida de San Antonio. Atanasio acostumbraba visitar a los monjes del desierto, y en especial a Pablo el ermitaño y a Antonio, de quienes aprendió una gran austeridad y rígida disciplina.

* Contra los gentiles. Lo mismo que la siguiente, escrita antes de la controversia arriana.

* Acerca de la encarnación del Verbo. Escrita bajo la profunda convicción de la centralidad de la encarnación de Cristo en la fe de la Iglesia y aun de la historia humana, y sin la influencia de las especulaciones filosóficas de Clemente de Alejandría o de Orígenes.

Los Capadocios. Este título se les ha dado a tres grandes teólogos cristianos del siglo IV, que pertenecían a las iglesias de la provincia de Capadocia, al norte de Cicilia, en Asia Menor, los cuales tuvieron una influencia decisiva por haber profundizado en el asunto de la Trinidad y haber contribuido grandemente a la derrota del arrianismo. Son ellos Basilio Magno o de Cesarea, su hermano Gregorio de Nisa, famoso por sus obras acerca de la contemplación mística, y Gregorio de Nacianzo o Nacianceno, insigne orador, poeta y compositor de himnos. Los tres tuvieron fuerte influencia del pensamiento de Orígenes.

Basilio el Grande (329-379). Miembro de una familia profundamente religiosa de Cesarea. Recibió educación universitaria en Cesarea, Constantinopla, Antioquía y Atenas, ciudad esta donde se hizo amigo de Gregorio, conocido más tarde como Gregorio Nacianceno. Una vez de regreso en su tierra natal estuvo al frente de la cátedra de retórica de la Universidad de Cesarea, pero debió ser reconvenido por su propia hermana Macrina, debido a que estaba muy envanecido, que no citara tanto los autores paganos, sino que buscara vivir de acuerdo con las enseñanzas de los autores cristianos. La influencia de su piadosa hermana y la muerte de Naucracio, otro hermano que había venido viviendo una vida de contemplación, lo llevó a renunciar a su cátedra y demás honores y pompas del mundo, para dedicarse a aprender con su hermana los secretos de la vida monacal. En 357 fue bautizado y ordenado lector en la iglesia. Viajó por Egipto, Palestina y el Ponto a fin de aprender de los monjes la vida contemplativa, y a su regreso fundó con Gregorio de Nacianzo una comunidad de monjes en Ibora, no lejos de su hogar, escribió reglas y principios para la comunidad, que fueron base para las de otras comunidades. En 364, a petición de Eusebio de Cesarea fue ordenado presbítero, y se dedicó a escribir libros. Después de la muerte de Eusebio, en 370, Basilio fue nombrado obispo de Cesarea. En ese tiempo Valente, un arriano, llegó a ocupar el trono imperial, y fue a visitar a Cesarea, tal vez con el propósito de fortalecer el bando arriano y debilitar el niceno, y Basilio se enfrentó al emperador sin dejarse doblegar con promesas ni amenazas. Con Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa, Basilio contribuyó poderosamente acerca de la doctrina de la Trinidad y a terminar la disputa relacionada con la terminología sobre el Espíritu Santo. Murió a los cincuenta años, poco antes de que el Concilio de Constantinopla, en el año 381, confirmara la doctrina nicena.

Gregorio de Nisa (330-395). Hermano menor de Basilio y al contrario de su hermano, era de un temperamento apacible y tranquilo. Prefería la vida apartada y retirada del mundanal ruido. Su educación, aunque buena, no fue tan esmerada como la de su hermano. Contrajo matrimonio con la hermosa joven Teosebia, con quien fue feliz. Parece que más tarde enviudó y entró en un monasterio fundado por su hermano, y en el año 371, debido a ciertas medidas tomadas por el emperador Valente para limitar el poder de Basilio, al dividir la provincia de Capadocia, éste nombró nuevos obispos para varias pequeñas poblaciones, y una de ellas fue Nisa, a donde llamó a su hermano Gregorio para que ocupara el obispado. Fue gran defensor de la fe nicena sobre la Trinidad. Sus escritos comprenden obras místicas, apologéticas, sobre la controversia trinitaria. Escribió un tratado Acerca de la virginidad. Su principal obra apologética fue el Termo-catequeticus, el cual se trata de un manual teológico cuyos temas principales son la cristología y la escatología. Tuvo cierta influencia origenista, pues sostuvo la concepción antibíblica de Orígenes sobre el infierno en el sentido de que es una especie de purgatorio, y que al final de los tiempos todos los seres, tanto hombres como demonios serán salvados, incluido Satanás mismo. Recuérdese que este orden de ideas ha sido divulgado por ciertos escritores del talante del italiano Papini. Es posible que Gregorio haya aceptado esta idea al haber interpretado erróneamente las palabras de Pablo que Cristo será el todo en todos. Al final de sus días volvió a retirarse de toda atención del mundo, a tal punto que se ignora el lugar de su muerte.

Gregorio de Nacianzo o Nacianceno (330-389). Uno de los tres grandes Capadocios; compañero de estudios y amigo de Basilio. Hijo de Gregorio, obispo de Nacianzo, y Nona. Inició sus estudios en Cesarea, y por el año 350 estudió en la Universidad de Atenas, donde permaneció unos catorce años. Al igual que Basilio, Gregorio también se ocupó en enseñar retórica, antes de dedicarse a llevar una vida monacal en compañía de Basilio. Fue un hábil orador, y eso le trajo como consecuencia haber sido ordenado presbítero a la fuerza, antes de que Basilio lo nombrara obispo en la pequeña aldea de Sasima, en el tiempo cuando el emperador Valente adelantó acciones contra Basilio. En tiempos del emperador Teodosio, de origen español, Gregorio llegó a ser, en contra de su voluntad, patriarca de Constantinopla, cargo al cual renunció para regresar a su tierra natal a las tareas pastorales y componer himnos. Murió en su retiro de Ariazo, a la de edad de 60 años. Estando de Patriarca llegó a presidir el Concilio de Constantinopla en 381. Entre sus obras más destacadas como escritor se cuentan cinco discursos teológicos contra los arrianos que se conocen como "Cinco discursos teológicos acerca de la Trinidad", que aún son considerados claves en la exposición de la doctrina trinitaria. El libro Philocalia, que es una selección de las obras de Orígenes, compiladas juntamente con Basilio, y han sido conservadas también unas 242 cartas y poemas.

Ambrosio de Milán (340-397). Natural de Tréveris, hijo de un prefecto del pretorio de las Galias, educado en un trasfondo estoico, de acuerdo con las normas de aquellos tiempos, llegó a ser un oficial civil y prefecto del Norte de Italia. Para sorpresa suya, el pueblo insistió a que fuese obispo de Milán, en la época en que a la sazón era gobernador de la ciudad, cuando aún ni siquiera había sido bautizado, siendo tan sólo un catecúmeno. Había muerto Auxencio, el obispo impuesto por los arrianos, y la elección de uno nuevo amenazaba por convertirse en un tumulto, cuando apareció él a apaciguar los ánimos. Fueron dramáticos sus esfuerzos para persuadir a la multitud de que él era indigno de ese cargo, y se vio precisado a emprender un curso de lectura teológica a fin de llenar la vacante que no necesariamente buscaba. Después de ser bautizado, en apenas una semana llegó a ser sucesivamente lector, acólito, subdiácono, diácono, presbítero y obispo; eso ocurrió el primero de diciembre del año 373. Llegando a ser uno de los más famosos obispos, predicadores y administradores. En el año 394, a raíz de la sangrienta represalia del emperador Teodosio contra Tesalónica, en la cual mandó matar unas siete mil personas reunidas en el circo, celebrando precisamente el perdón imperial, valientemente Ambrosio reprendió al emperador por su crueldad contra los vencidos, imponiéndole una penitencia; pero después fue tratado con mucha estimación por Teodosio. Fue celoso de la autonomía de la Iglesia en asuntos espirituales, pero estaba de acuerdo en que la Iglesia tenía predominio sobre el poder civil. Solía decir que "el emperador está en la Iglesia, pero no por encima de ella".

Según las controversias de esa época y contrastando con Juan Crisóstomo, el cual sostenía que el hombre valiéndose de su propio albedrío puede volverse a Dios, y que al hacerlo, Dios apoya la voluntad del hombre, Ambrosio en cambio iba un poco más lejos, pues creía que la gracia de Dios era la encargada de iniciar la obra de salvación, y que cuando el hombre es objeto de la gracia de Dios, el hombre coopera por su propia voluntad. Fue autor de muchos libros e himnos cristianos litúrgicos. Es de suma importancia su influencia en la conversión del joven intelectual Agustín, quien en el curso de una peregrinación escuchaba los sermones de Ambrosio, con quien asimismo se hizo bautizar, el que llegara a ser el famoso obispo de Hipona y el más brillante de los "gigantes" de su época. Murió Ambrosio el 4 de abril del año 397.

Jerónimo Sofronio, Eusebio (340-420). Nacido en Astridón, cerca de Aquileya (noroeste de Italia), de padres cristianos. De los llamados padres latinos se considera que fue el más erudito. Estudió en Roma literatura (griego y latín), retórica y oratoria, pero prefirió la vida monástica, rayana en el ascetismo, viviendo, entre otros lugares, por muchos años en un monasterio que estableció en Belén, sin embargo, no fue un hombre humilde, pues se distinguió por ser intolerante con sus críticos. Por mucho que se esforzaba, el temperamento de Jerónimo no estaba formado para la vida del ermitaño. De joven, con Rufino de Aquilea los domingos solía traducir las inscripciones cristianas en las catacumbas. Viajó a las Galias relacionándose con los monjes de Tréveris; de vuelta permaneció un tiempo con un grupo de ascetas y aprendió hebreo, perfeccionó el griego, para luego irse hasta Antioquía, donde fue ordenado presbítero, y Constantinopla en la época del concilio ecuménico del año 381, y en donde al parecer estudió con Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa.

De vuelta a Roma llegó a ser secretario del obispo Dámaso, quien le sugirió la traducción de la Biblia, tarea que más tarde emprendió en Belén. Su obra más conocida es la Vulgata, versión de la Biblia de los originales hebreo y griego (sin usar la Septuaginta) al latín popular, que es aún la Biblia oficial del sistema católico romano. Para desarrollar este trabajo usó la hexapla de Orígenes, y se negó a incluir los libros apócrifos en el canon, y los tradujo poniendo una nota declarando que no los había encontrado entre los libros sagrados hebreos, aclarando que su traducción se debía sólo para que sirviera como lectura edificante y de información histórica. La versión de la Vulgata no es fiel en numerosos pasajes debido a que Jerónimo ignoraba muchos de los códices y manuscritos que fueron descubiertos posteriormente, y tradujo en algunas partes cambiando totalmente el original.

Tomó parte en controversias teológicas relacionadas con Vigilancio, Orígenes, Pelagio, Goviniano, su antiguo amigo Rufino y hasta con Agustín de Hipona. Además de la Vulgata, Jerónimo escribió muchas cartas, escritos históricos, obras polémicas y comentarios bíblicos, así como escritos hagiográficos, como la Vida de San Pablo el Ermitaño. También escribió Viris Ilustris (Varones Ilustres). Se debe tener en cuenta que la hagiografía es el estilo de biografía que suele representar a la persona como un héroe de la fe. Murió en Belén, allí donde había pasado los últimos treinta y cuatro años de su vida.

Juan Crisóstomo (345-407), llamado por su gran elocuencia la boca de oro. Nació en Antioquía de padres fervorosamente cristianos. Su hábil oratoria tal vez se deba a que en un principio se preparaba para la carrera de abogado, pues adelantó estudios de filosofía y retórica con el célebre profesor pagano Libanius y también con Diodoro de Tarsus. Fue bautizado alrededor de los veinticinco años, llegando a ser fraile, pues antes que obispo fue un monje. Más tarde, al ser ordenado, se destacó como un gran predicador ardiente y elocuente, a tal punto que por ruego del mismo emperador fue hecho obispo de Constantinopla en 398. En la oratoria era un gigante por encima de los gigantes. Desde allí envió misioneros a tierras de los bárbaros, pero fue desterrado por haber combatido, desde el púlpito de la basílica de Santa Sofía, el vicio entre el clero y el laicado rico, por su celo transformador, fidelidad e independencia, que causaron choques con la emperatriz Eudoxia, esposa del emperador Arcadio.

Se destacó también por sostener que el medio más eficaz de influir en la conversión de los demás era dándoles ejemplo de una auténtica vida cristiana. En la oratoria expresaba oralmente su propia vida, siendo el púlpito más bien un lugar donde batallaba contra los poderes del mal. "No habría más paganos, si fuésemos nosotros verdaderos cristianos", acostumbraba decir.

De él se cuenta que emprendió la destrucción de los templos paganos en Alejandría a finales del siglo cuarto, pues se cuenta que sus célebres homilías de las "estatuas" fueron causa de grandes acciones iconoclastas. En esa ciudad también convirtió al Serapeo (gran santuario de Serapis) en templo cristiano. Influido por las ideas pelagianas, Juan Crisóstomo insistía en que los hombres pueden escoger lo bueno, y al hacerlo, la gracia de Dios viene en su ayuda a fin de fortalecerlos para hacer la voluntad de Dios. Murió en el exilio en 407 el hombre que hablaba palabras de oro, porque hablaba lo que era de Dios.

Agustín de Hipona. Nació en Tagaste, pequeña ciudad romana de Numidia (hoy Argelia), África del Norte (354-430), de madre cristiana (Mónica) y padre pagano. Entre los datos biográficos queremos resaltar que siendo joven, Agustín recibió instrucción cristiana bajo la influencia de su devota madre, sin que llegara a hacerlo bautizar, posponiéndolo por la mencionada creencia entre sus contemporáneos de que el bautismo lavaba los pecados cometidos antes de ser administrado. Por la lectura del Hortensius, de Cicerón, el famoso orador de la era clásica romana, Agustín fue atraído por la filosofía y el pensamiento helenístico en general, especialmente por el neoplatonismo y la influencia de lo epicúreo, escéptico y ecléctico, pero en la filosofía no encontró la respuesta a los grandes problemas de la existencia y a los interrogantes de la vida.

Fiel a sus ideas lógicas y racionalistas se decidió entonces por el maniqueísmo, movimiento que le planteaba una explicación de la dicotomía del mal y del bien, del que también se separó, pues tampoco le satisficieron sus inquietudes intelectuales. Se ejerció de maestro de retórica en Cartago, Roma y eventualmente en Milán, en donde conoció y fue influido por Ambrosio, obispo de la ciudad.

Al principio se interesó en escuchar a Ambrosio sólo por motivos didácticos, pero poco a poco además del estilo y la retórica, Agustín se fue interesando por el contenido de los sermones. Fue encontrando las respuestas que no había visto en la filosofía helenística ni en el maniqueísmo, y determinó estudiar de nuevo la Biblia. Pero Agustín continuaba con la misma impotencia para controlar sus impulsos de la carne, que lo habían caracterizado desde su adolescencia, época en que, antes de que cumpliera los dieciocho años, en Cartago una concubina le dio un hijo, a quien llamó Adeodato, que significa, "dado por Dios". Un día Agustín se alejó del corrillo de sus jóvenes amigos a un rincón de un apacible jardín, otros dicen que lo cierto era que estaba esperando una mujer casada, y hallándose en una lucha de conciencia, le pareció escuchar una dulce voz que le decía: "Toma, lee", viendo frente a sí un ejemplar de la epístola de Pablo a los Romanos, posando sus ojos en las palabras "Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne" (Ro. 13:13-14).

Todo esto fue precipitando su conversión, y el día 25 de abril de 387, él y Adeodato fueron bautizados por Ambrosio. Una vez superados los conflictos de la carne, Agustín manifestaba que le persistía el problema del orgullo, pero regresando al África se aplicó en el estudio de la Biblia y llegó a ser un escritor prolijo, dejando una obra literaria de casi cien libros. Fue obispo en Hipona desde el año 395 hasta su muerte en 430. Hay consenso en que después de Pablo, fue el cristiano de mayor, más profunda y prolongada influencia sobre el cristianismo de Europa occidental, en especial por haber sido un ubérrimo escritor que enriqueció a la Iglesia, particularmente en occidente, con ese gran depósito que había recibido de los aportes de las escuelas de Alejandría, Antioquía, y otras, aunque padeció de algunos errores, fruto de su formación helenística.

Agustín sostenía que en el principio los ángeles y hombres fueron creados racionales y libres y que antes de la caída no existía mal en ninguna parte de la creación, rebelándose de paso contra el principio malo de los maniqueos. Sostenía Agustín que la capacidad para la libre elección racional es simultáneamente un don de Dios destinado para el bien del hombre, como también su mayor peligro, y lo tenía como la cualidad más elevada del hombre. Por su trasfondo neoplatónico, sostenía que las criaturas dotadas de libre albedrío racional (ángeles y hombres) pueden existir sin ser malvados, aunque sólo ellos pueden ser malvados; y que Adán, empleando esa capacidad de libre elección racional, cayó en el pecado y el mal pasó a toda la raza humana.

Enseñaba asimismo que la raíz del pecado humano es el orgullo, el amor propio, el deseo de la criatura de colocarse en el centro, desplazando al Creador, el querer hacer su propia voluntad en vez de la de Dios. Y creía, además, que después de la caída el hombre es totalmente incapaz de levantarse de su degradación por su propio esfuerzo. El hombre se concentra tanto en sí mismo, que es incapaz de elegir a Dios, y que sólo podemos ser rescatados mediante un segundo nacimiento, mediante un nuevo acto de Dios. Ahora, bajo el cautiverio del pecado y de la muerte, la libertad sólo puede venir por la gracia de Dios, la cual estaba en Cristo, plenamente Dios y plenamente hombre; el segundo Adán, con el cual Dios empezó de nuevo, pero equiparaba los sacramentos con la Palabra, como medios para alcanzar la gracia, aunque afirma que la mera participación en los sacramentos no nos hace miembros de la verdadera iglesia. Pero se inclinó por el bautismo de los niños, diciendo que si en Adán todos hemos pecado, los niños nacen merecedores del infierno y perecen si no son bautizados. Tomaba Agustín el acto sexual como transmisor del pecado original, por cuanto conlleva concupiscencia, que para él era la esencia del pecado original.

Fue tan profunda la influencia ejercida por Agustín en la Iglesia, que se puede decir que duró alrededor de mil años, tiempo en el que era de obligada consulta por todos los estudiosos de teología. Escribió sobre teología cristiana abarcando diversos temas como la hermenéutica, la exégesis, historia, filosofía, etcétera, y sus escritos fueron citados constantemente por los reformadores para defender la doctrina de la gracia y la seguridad de la salvación. Agustín, citando a San Pablo, afirmaba la predestinación, convencido de que todos los hombres al participar del pecado de Adán merecen el juicio, pero Dios por el puro afecto de su voluntad, y para alabanza de la gloria de su gracia, resolvió predestinar a algunos para salvación, sin tener que ver con méritos humanos; que el número de los predestinados es fijo, y todo el que es predestinado se salva. De acuerdo con Agustín, la gracia es efecto de la predestinación, pero ¿no será que la predestinación es producto de la gracia? Calvino, Lutero y otros reformadores suelen citarlo constantemente. Entre los libros más famosos y leídos de este genio del cristianismo, relacionamos:

* Confesiones, obra autobiográfica, un conmovedor y profundo registro de las luchas y el peregrinaje del alma humana. En esta obra interpreta su pasado desde la muerte de su madre Mónica, y en donde sin miramientos se acusa a sí mismo, y en donde usa una filosofía llena de controversias, sobre todo contra los maniqueos.

* De Civitate Dei (La Ciudad de Dios), obra escrita en el año 412 y que consta de 22 libros, a manera de una interpretación filosófica de la historia y de todo el drama humano. Provocado Agustín por el saqueo de Roma por parte de Alarico y sus godos en 410, y siendo que todavía existía un fuerte número de paganos en el territorio imperial, esta obra era una contestación en su momento a los que acusaban al cristianismo como responsable de la caída de Roma en manos de los bárbaros, y de ser culpables de debilitar la antigua fuerza del Imperio Romano, que Roma había caído por haber abrazado al cristianismo y haber abandonado los antiguos dioses que la habían engrandecido y llenado de poder. En la trama del libro, Agustín contrasta la historia paralela de dos ciudades, cuya construcción se basa en principios opuestos. La ciudad de Dios, fundada sobre el amor de Dios, y una opuesta, la ciudad terrenal fundada sobre el amor a sí mismo, y que entre ambas hay una guerra sin cuartel. En la historia de la humanidad aparecen reinos y naciones fundados sobre el amor a sí mismo, y que no son sino expresiones de la ciudad del mundo, hasta que llegue el tiempo en que sucumban, y sólo subsista al final la ciudad de Dios. Eso le ocurrió a Roma en su oportunidad. En la historia paralela se aprecia el contraste en Abel y Caín, Jacob y Esaú, Jerusalén y Babilonia, la Iglesia y el Imperio Romano.

Resulta supremamente interesante hacer algunas acotaciones sobre esta obra. Hemos estado analizando en este capítulo ese período matrimonial de la Iglesia con el Estado, llamado Pérgamo. Los griegos consideraban la historia como una serie interminable de ciclos repetitivos, y en contraste, Agustín, con base escrituraria, sostenía que la historia tuvo su principio y tendrá su fin. Sus contemporáneos contemplaban la caída de Roma con profunda congoja, pues veían en el Imperio Romano y su "divino" gobernante como el sostenedor de la unidad social. Por contraste, Agustín miraba esa hecatombe con esperanza, en el convencimiento de que el dominio secular había de ser reemplazado por un mejor orden de cosas, establecido por Dios. Esta línea de pensamiento la tomaba Agustín arrancando desde el Génesis, y veía la ciudad terrenal tipificada por Caín y la celestial por Abel, como lo que la Palabra de Dios designa como la lucha entre las dos simientes, la de la mujer, Cristo, y la de la serpiente, Satanás. De acuerdo con Agustín, la ciudad terrenal fue construida con base en el egoísmo y el orgullo, y la celestial es dominada por el amor de Dios, el cual destierra todo egoísmo.

Considera Agustín que la ciudad terrenal no es mala del todo, por cuanto Babilonia y Roma, sus representantes por excelencia, aunque con gobiernos que cuidando sus propios intereses, habían traído paz y orden. En cuanto a la celestial, que en este aspecto se confunde con el reino de Dios, los hombres entran a ella aquí y ahora, pues está representada eventualmente por la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, aunque Agustín la miraba más bien desde el punto de vista de la organización visible de la Iglesia en su tiempo, por cuanto él planteaba que la ciudad terrenal tendría que decaer a medida que creciera la celestial. Seguramente que algunos de estos planteamientos fueron en su oportunidad mal interpretados con consecuencias funestas.

* De la Trinidad

* Contra académicos.

* De Beata Vita (De la vida feliz).

* Soliloquia (Soliloquio).

* Inmortalitate animæ (De la Inmortalidad del alma).

* De Genesi (Del Génesis).

* Contra Manichæos (Contra los maniqueos).

* De libero arbitrio (Del libre albedrío). Obra en la que refuta a los maniqueos y sale en defensa del libre albedrío.

* De vera religione (De la verdadera religión).

* Obras anti-pelagianas y las anti-donatistas. Durante la época de su pastorado, Agustín se enfrentó tanto a los donatistas como a los pelagianos.

Conforme la época histórica que le tocó en gracia vivir, Agustín conservó un moderado lugar intermedio entre el bando que se mezcló totalmente con el Estado y su influencia pagana, y el otro extremo de los que optaron por retirarse al desierto y a la vida ascética.

Con Agustín se inicia una nueva orientación doctrinal, conducente a la subordinación de la Iglesia al poder temporal. De acuerdo con los propósitos de Dios, el hombre necesita reconciliarse con Él a través de la justificación por la obra de Jesucristo. Agustín orienta su teología de tal manera que pasa sin transición de la idea paulina de justificación a la jurídica de la justicia, y esto encierra la idea de realizar justicia orientada a la justificación. Esta orientación filosófica de las doctrinas paulinas admitió que legítimamente la sociedad organizada tenía derecho a exigir la obediencia del cristiano, alegando su origen divino y por estar regida por la providencia. Con base en estos planteamientos, sus epígonos terminaron por absorber el Estado en la Iglesia. Más tarde se verían los abusos, y saldría a la palestra la teoría de las dos espadas, la espada del poder temporal y la del poder espiritual, del papa Gelasio (492-96), afirmando la superioridad pontificia, seguido por el tránsito a las tesis del agustinismo político defendido por Gregorio Magno (590-604). La nueva iglesia iba poco a poco construyendo una torre más alta pero en la confusión terrenal. La iglesia apóstata se arrogaría definitivamente del derecho a gobernar tanto en la esfera religiosa como en la política.

Herejías en Pérgamo

Desde sus primeros días, la Iglesia había sido escenario de controversias teológicas, como las de los judaizantes, los gnósticos y otras doctrinas semejantes. Más tarde, en tiempos de Cipriano, obispo de Cartago, la cuestión de la restauración de los apóstatas. Después de promulgado el Edicto de Tolerancia, se propagaron nuevas ideas que perturbaban las iglesias cristianas, o se desarrollaban las iniciadas en los períodos anteriores. A lo largo de la presente obra hacemos énfasis en la influencia del neoplatonismo sobre la cristalización de las doctrinas cristianas, el cual enfatizaba al espíritu a expensas de la carne. Ahí tenemos, por ejemplo, el monofisismo, doctrina que menospreciaba el elemento humano en Cristo, pero que tuvo más aceptación en oriente que en occidente. Los monofisitas decían que Cristo sólo tenía una sola naturaleza, la divina. Una de las principales herejías desarrolladas en la época fue el arrianismo; y dice Eusebio de Cesarea, en su Historia Eclesiástica, que al emperador Constantino le interesaba un cristianismo unido, pues cualquier cisma amenazaría la unidad del Imperio, e impulsó la convocatoria a un Concilio en Nicea (325) para solucionar el problema del arrianismo, y aplastar las inherentes diferencias de opinión, y en consecuencia fue aprobado el llamado Credo de Nicea, que constituye una confesión de fe cristológica. De acuerdo con el espíritu de la época, quienes no aceptaron las decisiones del Concilio, fueron desterrados, porque a diferencia de los períodos anteriores, en los cuales se descubría la verdad mediante el debate teológico y la autoridad de la Palabra de Dios, ya en tiempos de la Iglesia comprometida con el Estado, era la autoridad imperial y la intriga política la que definía, en última instancia, esta clase de controversias.

Donato y el donatismo. Como se había dado en el siglo III con Novaciano con motivo de ciertas prácticas morales vistas como relajadas en la Iglesia y por el tratamiento benigno dado a los que habían negado la fe en tiempos de persecuciones, a comienzos del IV surge una reacción cismática después de la persecución empezada con Diocleciano, y que toma su nombre de Donato de Casa Negra, nativo en Numidia (norte de África) y pastor en Cartago en 305, pero que estuvo encarcelado por seis años durante esa persecución. Se registran otras causas de origen político, social y económico en la región de África proconsular y Numidia para que se diera el cisma donatista, pero para nuestro propósito en el presente trabajo sólo citaremos lo siguiente. En Cartago simultáneamente fueron consagrados dos obispos, pero los seguidores de Donato no reconocían a Ceciliano por haber sido consagrado por tres obispos indignos, pues habían llegado a entregar las Escrituras a las autoridades imperiales para su destrucción en tiempos de persecución. El obispado de Donato fue considerado ilegítimo por usurpador por Constantino y por los obispos de las ciudades importantes, entre ellos el de Roma.

Por otra parte, entre los que no estuvieron de acuerdo con el giro dado por la Iglesia a raíz de la política del Imperio de manipularla, unos optaron por irse de ermitaños al desierto, pero otros como los donatistas, insistían en la pureza de la Iglesia, proclamando su separación del Estado. Al no darse esa separación, se protocolizó el cisma, y llegó el momento en que llegaron los donatistas a tener unos 276 obispos. Hay que tener en cuenta que los primeros donatistas no se oponían necesariamente al Imperio en cuanto imperio, sino en cuanto "mundo", y no vinieron a desaparecer del todo sino hasta el siglo VII, por el avance del islamismo en el norte de África.

Agustín de Hipona tuvo serios enfrentamientos con los donatistas, pues éstos enfatizaban mucho la santidad y la necesidad de que el sacerdote fuera una persona santa, insistiendo que un sacerdote indigno no puede celebrar el sacramento, pues no puede dar lo que no tiene. Frente a eso, Agustín sostiene que la eficacia del sacramento no depende de la condición moral de quien lo administra, sino del don de Dios. El ministro no da lo suyo, sino lo de Dios. Claro que el ministro de Cristo debe reflejar a Cristo.

Arrio y el arrianismo. Arrio, un presbítero de la iglesia de Alejandría, y que anteriormente había venido de las desarrolladas iglesias del Norte de África, alrededor del año 318, fue el iniciador de la herejía que lleva su nombre al sostener que Cristo, aunque superior a la naturaleza humana, había sido creado, negando, pues, su eternidad y su igualdad y consustancialidad con el Padre y el Espíritu Santo, tal como lo habían enseñado los apóstoles, y en particular Juan. Esta controversia se extendió por todas las iglesias. Al comienzo Arrio gozó del respaldo de parte de influyentes teólogos y dirigentes de la Iglesia, pero algunos, después de profundos estudios, y de que el Concilio de Nicea, en Bitinia, en 325, aprobara la doctrina recta de conformidad con el Nuevo Testamento, se decidieron por la ortodoxia; entre ellos se dice que se cuenta a Eusebio de Cesarea, historiador eclesiástico, en cuyos escritos dejó consignada parte de estos datos. Otros fueron Osio, el obispo de Córdoba y Eusebio de Nicomedia, antiguo compañero de Arrio.

Las raíces del arrianismo se remontan a la época en que maestros de la talla de Justino Mártir, Clemente de Alejandría, Orígenes y Tertuliano apelaban a menudo a los postulados de la filosofía griega para explicar la existencia de Dios, y mostrar la compatibilidad de la fe y la filosofía, y de paso despersonificando a Dios, pues un Dios inmutable, impasible y estático -según la filosofía griega- no podía ser personal; originando así conflictos en cuanto al enfoque de la doctrina del Logos o Verbo de Dios, que ya aparecía personificado, pues sí podía hablar. De ahí que el punto crucial de controversia con el arrianismo era, ¿el Verbo es coeterno con el Padre o no? Entonces estaba en juego la divinidad del Verbo. Arrio sostenía que el Verbo, aún antes de la creación, había sido creado por Dios, contrario a las Escrituras que afirman que el Verbo es coeterno y de la misma sustancia divina del Padre, siendo uno con el Padre y el Espíritu Santo, pues el Verbo es Jesucristo, y Jesucristo es Dios. El arrianismo se encaminaba a oponerse al concepto de un Dios Trino. Arrio había sido desautorizado inicialmente por un sínodo de cien obispos convocados por Alejandro, obispo de Alejandría, su primer oponente; y debido a su persistencia y ante un problema de profundas raíces y serias controversias, intervino el emperador Constantino y el concilio de unos 318 obispos reunidos en Nicea, siendo así condenado el arrianismo y Arrio fue desterrado por el emperador. Más tarde fue perdonado gracias a Eusebio de Nicomedia, y murió cuando se disponía a entrar en Constantinopla. De sus escritos no queda sino dos cartas dirigidas a Eusebio de Nicomedia y a Alejandro de Alejandría, como también fragmentos de su popular obra Talia.

El principal opositor del arrianismo fue Atanasio de Alejandría, quien con su elocuencia y conocimiento teológico afirmaba y defendía la unidad del Padre con el Hijo, la deidad de Cristo y su existencia eterna, engendrado y no creado, y de la misma naturaleza -sustancia- del Padre. En tiempos del Concilio de Nicea Atanasio era sólo un diácono, y tenía voz pero no voto; y a pesar de ese inconveniente logró que el Concilio, mediante la promulgación del credo niceno condenase las enseñanzas de Arrio. Pero Arrio gozaba de mucho poder e influencia política entre las clases más elevadas, quienes lo respaldaban, incluso Constancio, el hijo y sucesor de Constantino. Los arrianos convocaban sínodos, se fortalecían y volvían los ortodoxos a condenar el arrianismo, de tal modo que cinco veces fue Atanasio enviado al destierro. Alguna vez un amigo le dijo: Atanasio, tienes a todo el mundo en contra tuya; él le contestó: "Athanasius contra mundum" (Pues, Atanasio contra el mundo). El emperador Teodosio publicó un edicto en el año 380 en favor de la fe ortodoxa y persiguió a los arrianos, decayendo así esta herejía en el Imperio. En los tiempos modernos el arrianismo ha hecho aparición en los llamados "Testigos de Jehová".

Apolinar y el apolinarismo. Apolinar (310-390), obispo de Laodicea, fomentó la controversia sobre la naturaleza de Cristo, afirmando que Cristo no podía tener dos naturalezas -la divina y la humana- completas y contrarias, pues la divina era eterna, invariable y perfecta, y por el contrario, la humana era temporal, finita, imperfecta y corruptible. Afirmaba que el hombre está formado de alma, cuerpo y razón; sostenía que si Cristo hubiera tenido las dos naturalezas, hubiera tenido en sí dos seres y que con la parte humana hubiera podido pecar. Curiosamente, para él Jesús tenía cuerpo y alma humanos, pero se diferenciaba del resto de los seres humanos en que el Logos divino sustituyó al intelecto humano, resolviendo de esa manera la relación entre lo divino y lo humano en Jesús.

Apolinar estaba convencido de haber resuelto uno de los misterios o enigmas más irresolubles, y de haber permanecido fiel a la ortodoxia nicena. Apolinar pertenecía a la escuela de Alejandría, la cual había recibido más la influencia neoplatónica, a diferencia de la escuela de Antioquía, que se inclinaba más al estudio de la historicidad de la vida de Cristo, y era afectada por el pensamiento aristotélico. El apolinarismo fue condenado en el Concilio de Constantinopla (381), y uno de los principales argumentos contra Apolinar fue que Cristo no hubiera podido redimir a aquello que El mismo no poseyera, como la mente humana, cabe decir, si no hubiese sido, además de Dios, verdadero hombre. Los capadocios se presentaron en oposición a Apolinar. Gregorio Nacianceno sostuvo que para que Cristo pudiera salvar el todo del hombre, era necesario que tuviera todos los elementos de la naturaleza humana.

Pelagio y el pelagianismo. Pelagio, monje oriundo de Britania llegado a Roma en el año 410, sostenía que el hombre no hereda sus tendencias pecaminosas de Adán, negando que la depravación fuese innata en el hombre, sino que cada uno escoge ya sea el pecado o la justicia, añadiendo que cada voluntad humana es libre para escoger entre la virtud y el vicio y que Dios le dio al hombre la capacidad de obedecer sus mandamientos; afirmando asimismo que el corazón humano no se inclina ni al bien ni al mal, y cada cual es responsable de sus decisiones, y llegó hasta el extremo de afirmar que algunos antes de Cristo habían sido exentos de pecado, por usar su libre albedrío.

Pelagio era un laico de cierta erudición, vida austera y no exenta de ascetismo, y aparentemente escandalizado por la moral disoluta del medio social romano, los trataba de persuadir, diciéndoles que si ellos realmente quisiesen, podrían guardar los mandamientos de Dios. Entre los que ganó estaba el joven abogado Celestio, quien fue más lejos que su maestro en la expresión de sus desatinos.

De acuerdo con la doctrina pelagiana, la caída de Adán no afectó al género humano. Entonces el efecto ponzoñoso de Pelagio va dirigido a desprestigiar la obra de Jesucristo, al afirmar que la finalidad de la encarnación del Señor Jesucristo no fue sino ayudar a los hombres con su ejemplo y enseñanzas a ser buenos y a salvarse, descartando la redención por medio de Su sacrificio cruento. Asimismo Pelagio propagó la idea de que es necesario bautizarse para la salvación, añadiendo otra herejía antibíblica como las demás, de que los niños que mueren sin bautizarse no gozan del mismo grado de gloria que aquéllos que han sido bautizados, desconociendo el propósito mismo y el significado del bautismo, y la verdad bíblica de que el reino de los cielos es de los niños, pero por contraste los pelagianos negaban "el pecado original". Esta serie de herejías del pelagianismo fueron tomando fuerza en la cristiandad, tanto en el sistema católico romano como fuera de él, como en las escuelas de teología modernista.

Hay que tener en cuenta que en el año 416, varios sínodos reunidos en Cartago, Mileve (Numidia) y Roma tomaron acción contra esta herejía, pero Zósimo, obispo de Roma (se encuentra en la lista de los llamados papas) tomó partido a favor de Pelagio y Celestio, y tomó la determinación de condenarlos sólo cuando el emperador Honorio los hubo desterrado (418). El gran oponente de esta corriente doctrinal de Pelagio y su asociado Celestio, fue Agustín de Hipona, el hombre que influyó más en el cristianismo después del apóstol Pablo, quien sostuvo el punto de vista bíblico de que Adán representaba a toda la raza humana, en cuyo pecado se vio involucrada toda la humanidad, y en consecuencia todo el género humano es considerado culpable. Agustín compartía asimismo la aseveración bíblica de que el hombre por su propia elección no puede elegir la salvación, sino que ésta depende de la voluntad de Dios, quien nos ha escogido desde antes de la fundación del mundo para ser salvos. En 418, el Concilio de Cartago condenó las ideas pelagianas. La ortodoxia teológica de Agustín vino a ser normativa en la Iglesia, y no fue sino hasta alrededor del año 1600, en que con Arminio en Holanda, y más tarde con Juan Wesley, surgió otra escuela de pensamiento en relación con la salvación, alejada de la doctrina agustiniana.

Téngase en cuenta que después de la muerte de Agustín, la teología se enrumbó por una línea considerada como semi-pelagianismo, que tuvo como resultado que en el medioevo se siguiera manteniendo el énfasis en la gracia de Dios, pero mezclada con el libre albedrío y la necesidad del hombre de cooperar con la gracia, y eso se debió en parte al punto de vista agustino acerca de la libertad de la voluntad humana y su implícita responsabilidad ante la salvación, lo cual llevó a ciertos malentendidos respecto de la predestinación.

Nestorio y el nestorianismo (murió en 451). Hijo de padres persas. Presbítero y fraile de Antioquía, que en 428 fue llamado desde su monasterio por el emperador de Oriente Teodosio II a ser obispo de Constantinopla. Atacó los residuos de los arrianos y en las disputas alrededor de la cristología y en particular de la encarnación, criado en el medio teológico de Antioquía, se opuso a que la virgen María fuese llamada madre de Dios (Theotokos), prefiriendo el de madre de Cristo (Christotokos), diciendo que María había sido sólo madre del cuerpo de Jesús. Se le opuso Cirilo, obispo de Alejandría, acusándolo de rebajar el concepto de la divinidad del Señor. La controversia se manejó al principio por medio de cartas, luego llevado el caso ante el obispo de Roma, fue condenado en sínodos en Roma y Alejandría en 430, y por último en el Concilio de Efeso en 431, y desterrado por orden del emperador a su convento de Antioquía y más tarde al gran Oasis del desierto de Egipto, donde murió, derrotado, languidecido, después de sufrir a menudo gran angustia física y mental. Esta controversia cristológica fue definida en el concilio de Calcedonia.

Nestorio se opuso a la idea de que el Logos divino pudiera ser envuelto en sufrimiento y debilidad humana, pues el error cristológico del nestorianismo consistía en que ellos sostenían que Jesús no había sido sino sólo un hombre, que lo divino y lo humano en Cristo realmente formaban en Él dos seres o personas distintas; enseñando que quien fue concebido y nació de María fue sólo un hombre, al cual se unió voluntariamente otro ser, el Logos de Dios, de tal manera que Nestorio enseñaba que Cristo, el Logos era una persona, la divina, y Jesús otra persona, la humana, contrariamente a la opinión de la mayoría, que sostenían que había en Cristo dos naturalezas coexistentes, la divina en cuanto Verbo de Dios y la humana por cuanto se hizo carne, asumiendo la naturaleza humana desde el vientre de María, en una sola persona (prosopon) y una sustancia (hypostasis).

La Palabra de Dios declara con claridad que Jesús es el Cristo, una misma persona. "¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo" (1 Jn. 2:22). Nestorio enseñaba que sobre el hombre Jesús descendió el Logos; pero la Palabra de Dios afirma que "el Logos se hizo carne", y que fue "hecho semejante a los hombres", como dice Filipenses 2:7. La Biblia no dice que Cristo descendió sobre una carne, sino que se hizo carne El mismo.

El maná escondido

"17El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe".

¿Qué le está diciendo el Espíritu a las iglesias que quiere que se oiga? Él quiere que su Iglesia se arrepienta y se levante de su caída. En esta tierra tiene su trono Satanás, el príncipe de este mundo; y el Señor quiere que Su Iglesia, en vez de morar en esta tierra, se aparte del mundo, se desligue de los poderes políticos. Pero como la Iglesia le fue infiel casándose con el mundo, y no quiso dar el paso de volver a las fuentes primigenias, entonces el Señor se dirige a los creyentes individuales a que sean vencedores; que venzan y se opongan a los enredos satánicos, con su enseñanza de idolatría y fornicación; que sean vencedores sobre los que practican la doctrina de Balaam, guiando a los hijos de Dios a la contemporización con el mundo y usando los medios eclesiásticos para medrar en provecho propio; que venzan sobre los que han roto la igualdad en la Iglesia y han dividido a los hijos de Dios en clérigos y laicos con su enseñanza de la jerarquía; que venzan volviendo a Jesucristo, el Hijo de Dios, y lo conozcan y lo amen y le obedezcan y tengan plena comunión en el Cuerpo con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.

En la carta a la iglesia en Pérgamo están registradas dos promesas para los vencedores. Una de esas promesas es la del maná escondido que les dará el mismo Señor. ¿Qué es el maná escondido? El maná que los israelitas comieron en el desierto era un pan visible y gratuito que el Señor les daba de lo alto, el cual era un prototipo de Cristo, el verdadero pan que descendió del cielo. Dice Juan 6:49-51: "49Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. 50Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. 51Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo".

Y en la tipología del maná veterotestamentario, además del maná visible que comía el pueblo en el desierto, hubo un maná escondido y que permaneció en una vasija de oro dentro del arca, en el Lugar Santísimo del templo de Jerusalén, a donde sólo tenían acceso los de la familia sacerdotal (Éxodo 16:32-34; Hebreos 9:4). Si en el desierto los israelitas recogían más de un gomer por persona diario con el fin de guardar, lo que guardaban se podría, le caía gusano y se ponía hediendo; en cambio la porción que habían guardado en una vasija dentro del Arca del Testimonio, esa no se podría, era incorruptible, de manera que ese maná escondido es símbolo de Cristo (Cfr. Éxodo 16:16-36). En la Iglesia todos los creyentes han recibido la salvación y se alimentan de Cristo, pero sólo los vencedores de la degradación de la iglesia mundana tendrán el privilegio de participar en la comida de esta parte escondida del Señor Jesús, no conocida por todos. Unos buscan el mundo, pero los vencedores no se contaminan con las ofertas mundanas y buscan alimentarse de Cristo, la presencia del Señor en el Lugar Santísimo, una profunda intimidad con Él.

La otra promesa para los vencedores de la iglesia en Pérgamo y para todos los que quieran oír y vencer, es una piedrecita blanca con un nombre escrito, que ninguno conoce, sino la persona que lo recibe. Ahora somos vasos de barro usados por Dios, pues de barro fue hecho el hombre en el Edén, pero en la regeneración hemos recibido la naturaleza divina; de barro hemos sido convertidos en piedras, es decir, en material para la edificación de Dios; y de piedras podemos ser transformados en diamantes (piedras blancas), con un nombre nuevo porque eso designa que ya somos personas transformadas, nuevas. Si comemos del maná escondido, somos transformados en piedras blancas. También se debe tener en cuenta que en los tiempos en que fue escrita esta carta, en las votaciones, a manera de papeleta, solían usar una piedrecita blanca en la cual se escribía el nombre del candidato a elegir. ¿Significará esto que el Señor escoge al vencedor para algo en especial, significando con ello que está satisfecho con el vencedor?

Además de esto, Apocalipsis 19:12b-13 dice: "12...y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. 13Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: El Verbo de Dios". No es fácil salir victorioso de un medio tan contaminado, en donde la mayoría de los creyentes tienen por verdadero y bíblico el participar y comer de las cosas sacrificadas a los ídolos, el comerciar con las cosas sagradas y predicar por paga humana aun a costa de inducir al pueblo de Dios a pecar. Si te opones a todo eso, te expones a que te rechacen y te excomulguen por hereje. Pero la edificación es de Dios, y Él te convierte en una piedra blanca de ese edificio cuando tú disfrutas de Cristo como tu suministro de vida.

Transición entre Pérgamo y Tiatira

Hay quienes defienden la opinión de que aquí también Dios convirtió este mal en bien, desde el punto de vista de que la autoridad y el poder imperial sirvieron para que por medio de autoritativos concilios ecuménicos se protegiera a la Iglesia contra la desintegración por las divisiones, por la desobediencia de muchos obispos, por la amenaza de muchas herejías y la aparición de enseñanzas torcidas en cierne; pero muchas fueron las consecuencias de que la Iglesia aceptara morar en la tierra y unirse con el mundo. Se fue mezclando el paganismo con el cristianismo. Todo se fue preparando para la formación del cesaropapismo. Eusebio de Cesarea describe con alegría y aire triunfalista la construcción de lujosos templos. Pero, ¿cuáles fueron los resultados? Evolucionó la liturgia en esas grandes construcciones, se consolidó una aristocracia clerical, a la altura de la imperial y con muchas de sus costumbres y su estructuración social.

Como en su tiempo vieron en Constantino el cumplimiento de la historia y del plan de Dios, se dejó de predicar el advenimiento del Reino de Dios y empezó a divulgarse una creencia que ha sobrevivido hasta nuestros días sobre todo en el sistema católico romano y semejantes, de que lo que le espera al creyente es el de ser transferido en espíritu al reino celestial, y en la Iglesia se empezó a olvidar la esperanza del retorno del Señor para establecer en esta tierra un Reino de paz y justicia. Ese fue el punto de vista oficial, y quien regresara al verdadero punto de vista neotestamentario era condenado por hereje.

La estructura social y política que la Iglesia le imitó al Imperio iba encaminada a la exigencia de un jefe visible. El imperio era gobernado por una autocracia con poderes absolutos. Hemos explicado que es la voluntad del Señor que cada iglesia local sea supervisada por un grupo de obispos; más tarde, ya a comienzos del siglo segundo, emergió la supremacía de ciertos obispos regionales con autoridad por encima de los otros a quienes seguían llamando presbíteros. Asimismo se fue introduciendo lo de obispos de cierta categoría en determinadas ciudades a quienes llamaron metropolitanos y más tarde patriarcas, como los de Roma, Jerusalén, Antioquía, Alejandría y Constantinopla, entre los cuales se suscitaban a menudo disputas por los asuntos de la supremacía; hasta que al final se la disputaban los patriarcas de las dos capitales imperiales, Roma y Constantinopla, por las razones expuestas. El obispo de Roma tomó el título de padre, papá, y por último papa, del griego papas, y reclamaba para sí autoridad apostólica. Siricio fue el primer obispo de Roma que tomó para sí el título de papa en el siglo cuarto. Pero no fue sino hasta el siglo VII en el que definitivamente este título se convirtió en propiedad de los obispos de Roma. Indudablemente que la iglesia de Roma había ejercido gran influencia como una columna en la enseñanza doctrinaria ortodoxa, había sido poco contaminada con escuelas e ideas heréticas, y tenía en su haber el estar en la sede del principal centro del gobierno imperial. Es así como el obispo romano o papa, paulatinamente fue siendo considerado como la autoridad suprema de la iglesia en general.

Debido a la vastedad del territorio imperial, a la ambición política de muchos militares, a las guerras intestinas, a los numerosos crímenes políticos, a la descomposición de las costumbres, al ocio y progreso material y muchos otras causas, el Imperio se fue debilitando, las tribus bárbaras fueron haciendo incursiones y tomando posesión de mucha parte de su territorio, de tal modo que en últimas el Imperio Romano Occidental quedó reducido a un pequeño territorio alrededor de la capital. Fue entonces cuando el rey germánico Odoacro y su pequeña tribu de los hérulos, tomó posesión de la ciudad en el año 476, destronando a Rómulo Augusto, el niño emperador, apodado Augusto el Pequeño. En 477 Odoacro obtuvo de Zenón, emperador de Oriente, el título de patricio, que equivalía al de rey de Italia, desapareciendo así el Imperio Romano occidental, pues el oriental, cuya capital era Constantinopla, permaneció hasta el año 1453, fecha cercana al descubrimiento de América. Inversamente proporcional al debilitamiento y caída del Imperio Romano, iba aumentando la influencia y poder de la iglesia de Roma y sus papas en todo el territorio europeo, lo que en la práctica se traduce como la continuación de las mismas estructuras y poderes imperiales, bajo otro ropaje.

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